Volver

- Documento -
( Texto en Word comprimido en ZIP)

 

La escultura en madera: Conservación y restauración

        La madera es un material fácilmente atacable por organismos vegetales como el moho, que provoca su putrefacción, y por animales como las termitas y, sobre todo, la carcoma.
        Ya en la Antigüedad se intentaban paliar estos inconvenientes escogiendo con cuidado las maderas más resistentes, acondicionándolas y sometiéndolas a determinados tratamientos, como el baño en esencias, el revestimiento de betún, etc. ...
        Las maderas más fácilmente atacables por el moho y los insectos son, naturalmente, las dulces no resinosas. Hoy día existen remedios especiales para cada uno de estos organismos y múltiples técnicas para la desinfección (baños, inyecciones, fumigaciones, etc.). Pero el enemigo número uno de la madera son los cambios de humedad: el volumen de la madera aumenta o disminuye según absorba o pierda agua y, como por otra parte, la madera no se seca de manera uniforme, pues la parte exterior seca antes que la interior, se originan en la masa lígnea diferencias de volumen que ejercen sobre las fibras una presión intensa y desigual. Se originan de esta manera unas hendiduras longitudinales en el sentido de la fibra o deformaciones características debidas a la tensión de las fibras exteriores por lo que la superficie de la madera de una tabla tiende a arquearse de manera cóncava por un lado y convexa por el otro (en lenguaje técnico se dice que la madera se abarquilla); si esta tensión se prolonga, las fibras se rompen, formándose cortes transversales al sentido de la fibra. Estos movimientos de la madera tienen graves consecuencias para el revestimiento de yeso, para el policromado y para el dorado.
        Por esto las esculturas de madera, una vez consolidado el revestimiento con inyecciones de material adhesivo e impregnadas de metacrilato, se conservan en un ambiente de humedad y temperatura constantes.
        La conservación de maderas que han estado en ambientes muy húmedos, como enterradas, o que provienen de lagos o del mar, presentan otros problemas. En estos casos hay que evitar que un secado rápido origine la deformación o incluso la destrucción del hallazgo; se siguen distintos métodos: los principales consisten en secar lentamente la madera en ambientes gradualmente menos húmedos, o sustituir el agua que hincha las fibras por un material sólido inerte (baño de alumbre disuelto en agua), o finalmente se endurece la madera mediante un baño de alcohol o de éter calentado, etc.

Guido Giubbini en Las técnicas artísticas.
Manuales Arte Cátedra. Madrid 1997 (9ª ed.). págs. 22-24


 

La escultura de bronce: Restauración y conservación

        Los bronces pueden presentarse para su restauración simplemente cubiertos de suciedad (grasa, polvo, hollín), o bien completamente incrustados de óxidos y de sales de cobre mezclados con minerales inertes —como tierra y calizas—. Dichas incrustaciones se superponen a la auténtica pátina natural o artificial que recubre el metal con un velo fino y compacto y puede alcanzar un espesor tal que llegue a esconder la forma del objeto. Sobre todo ésta es la situación de los bronces procedentes de excavaciones que han permanecido durante siglos en un ambiente húmedo o en contacto con terrenos ácidos.
        Frecuentemente, en los bronces de excavación y en los que han permanecido mucho tiempo al aire libre, el metal no ha permanecido inalterable bajo la pátina y las incrustaciones, sino que ha sufrido un proceso de alteración profunda y progresiva.
        Los casos más conocidos de esta alteración son el cáncer del bronce y la fosilización. El primero consiste en la formación, bajo la pátina superficial, de bolsas de sales de cobre solubles (cloruros, sulfatos, etc.) que al aumentar de volumen a consecuencia de la alteración producen sobre la superficie del objeto unas características hinchazones con forma de ampollas, en ocasiones rotas. En cambio el bronce fosilizado se vuelve frágil por la oxidación profunda y generalizada del cobre de la aleación.
        Las incrustaciones de polvo o poco compactas se pueden arrancar combinando la acción mecánica de un cepillo con el baño en agua o en una solución alcalina. Las incrustaciones compactas se eliminan con disolventes de diversos tipos, alcalinos o ácidos, y también con medios mecánicos. Sólo en los casos más graves, como los de la enfermedad del bronce, se recurre al baño electrolítico con la consiguiente pérdida de la pátina. Estos métodos pueden utilizarse conjuntamente para un único objeto. El fin primordial de la restauración es el de eliminar del bronce las incrustaciones que lo hacen ilegible, y a este fin se subordina el de la conservación de la pátina que es parte integrante del valor estético de la obra únicamente en los casos en que la haya previsto el escultor.
        En aquellos casos en que se ha formado naturalmente, la pátina, independientemente de su belleza, posee sólo un valor histórico, de naturaleza extraartística, que en teoría puede incluso ser incompatible con la correcta lectura de la obra. En la práctica, sin embargo, el fetichismo de la pátina es menos perjudicial que la tendencia contraria, la utilización indiscriminada y generalizada del baño electrolítico que otorga un brillo metálico a la superficie del bronce y sobre el que a continuación se aplica una nueva pátina moderna y, por lo tanto, falsa. En general, es lamentable el desconocimiento sistemático de las alteraciones del bronce, que permitirían establecer con mayor seguridad el tipo de intervención.
        El relleno de las lagunas, en los casos en que sea posible y necesaria para recobrar la unidad estética de la obra, se realiza con materiales fáciles de suprimir y de color parecido al del bronce, aunque de cerca es reconocible, según los criterios que se siguen para cualquier otro tipo de restauración. Hoy día se prefiere utilizar un estuco metálico fácilmente soluble más que yeso coloreado (o, lo que es peor, la soldadura en láminas metálicas). La conservación del bronce restaurado se puede asegurar cubriendo la superficie con una fina capa de material transparente, fácil de eliminar e inalterable, como metacrilato. Los aceites, las ceras y los barnices que con anterioridad se utilizaban con este fin pueden sufrir alteraciones orgánicas. Pero la superficie del metal puede también dejarse libre siempre que el bronce se conserve en un ambiente soco y sano. también se ha dado el caso de que objetos sanos conservados en un museo han contraído la enfermedad del bronce por la humedad.

Guido Giubbini en Las técnicas artísticas.
Manuales Arte Cátedra. Madrid 1997 (9ª ed.). págs. 66-67