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La pintura acrílica

 Si los muralistas mexicanos tuvieron el mérito de ser los pioneros en la utilización de los acrílicos en los muros exteriores de grandes dimensiones, los estadounidenses han llevado su utilización a todo tipo de soportes.

 En Nueva York, un gigante empobrecido por la grave crisis de 1929, el inmigrante mexicano Darío Siqueiros empezó a realizar murales con pistolas pulverizadoras para coches y pinturas de secado rápido. Era una forma extraordinaria de manipular el color hasta entonces no utilizada. La aparición de la pintura acrílica está indisolublemente ligada al episodio más emocionante de la pintura americana, el momento en que América le tomó el relevo a la vanguardia europea.

En realidad, los materiales que empleaba Siqueiros existían en la industria desde hacía tiempo, pero hasta entonces no habían sido comercializados aún con fines artísticos, Los pintores no habían sentido la necesidad de sustituir los tradicionales métodos de la pintura de caballete. Fueron los grandes murales mexicanos los que hicieron pensar que el óleo no resistiría al exterior las inclemencias del tiempo, y que el fresco, la técnica habitual para sortear estas dificultades, resultaría demasiado artesanal y lenta.

El arte nuevo requería una pintura inalterable, de secado rápido, aplicación sencilla y precio asequible, condiciones todas ellas que parecía reunir la pintura acrílica industrial, una mezcla de pigmentos y resinas sintéticas (acrílicas y, posteriormente, también vinílicas) producidas con medios químicos cómodamente solubles en agua.

Algunos artistas persistieron en adaptar a duras penas la fórmula acrílica a sus necesidades, hasta que el neoyorkino Bocour, un fabricante industrial, empezó a elaborar productos exclusivos, emulsiones acrílicas hechas para artistas que, desde 1956, se comercializaron en grandes cantidades. En Europa habría que esperar casi diez años para encontrarlos en las tiendas. Su éxito dentro de los círculos de pintores fue fulgurante. Además de las ventajas señaladas, se podían obtener todos los tonos imaginables y aplicarse capa sobre capa sin miedo a que el color se desprendiese o exfoliase. En definitiva, la pintura acrílica tenía prestaciones casi idénticas al óleo pero era, además, resistente a la oxidación, más económica, y apta para todo tipo de soportes.

En América, este descubrimiento sirvió a muchísimos artistas de la Escuela de Nueva York e incluso alentó la realización de nuevos experimentos técnicos en la búsqueda de caminos alternativos para la pintura abstracta. Pero, al igual que en tiempos de Leonardo, los experimentos tenían su riesgo. Un ejemplo de esto fueron los grandes lienzos que, en 1961, el pintor Mark Rothko hizo para la Universidad de Harvard y que resultaron técnicamente un completo desastre, debido a la rápida descomposición de los materiales, esmaltes que no eran apropiados para exteriores y grandes dimensiones. Éstas y otras investigaciones similares no hicieron sino ratificar lo evidente: la muerte de la pintura de caballete y con ella de los ma­teriales tradicionales.

A partir de este momento surgieron los grandes formatos ‑los "murales"‑ y la preocupación por el color como pura materia o, tal y como dijera Clement Greenberg, un tipo "de pintura que, sin identificarse realmente con la pared (entiéndase el soporte), se extienda sobre ella y reconozca su realidad física". Esta "realidad física", que se pretendía destacar de la obra de arte, era un signo más de libertad respecto a la pintura europea y, como tal, no debía emplear los materiales de los que ésta se habla servido.

Si los muralistas mexicanos tuvieron el mérito de ser los pioneros en la utilización de los acrílicos y descubrir su utilidad en los muros exteriores de grandes dimensiones, corresponde a los estadounidenses haberse dado cuenta de que las posibilidades M nuevo medio superaban con mucho las necesidades del mural exterior.

El taller de Siqueiros en Nueva York fue un verdadero foco iniciático en técnicas artísticas, en el que bebieron gente como Jackson Pollock y otros protagonistas de la gran revolución pictórica en la manipulación del color. En su estudio se trabajaba con pistolas pulverizadoras y aerógrafas llenos de las últimas pinturas y lacas sintéticas, aplicando el color de forma espontánea. El impacto de estas técnicas fue tal que el acrílico ha llegado a convertirse en el medio más utilizado por los pintores contemporáneos. Su versatilidad nos ha permitido asistir perplejos a creaciones tan dispares y técnicas tan diversas como los lla­mados goteos, o dripping del mismo Pollock, las áreas definidas de color de Noland, los "lavados" de Rothko o los "velos" de Louis, todas ellas "sucesos en el lienzo" que nos han descubierto el arte como proceso y la materia como sujeto.

 

Cristina Morilla, Descubrir el Arte.
Año 1, nº 7; Septbre. 1999. Pág. 102‑103