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El Cantar del Cid o Poema de Mio Cid es el primer documento conservado de la literatura española. Es un poema épico escrito, según Menéndez Pidal, hacia el año 1140, y, según otros autores más modernos, hacia 1200, es decir, bastante tiempo después de la muerte del Cid y cuando su imagen estaba ya muy mitificada.
Aunque se desconoce su autor, Menéndez Pidal sostuvo la existencia de dos juglares autores: uno más próximo a los hechos, con una visión realista de los mismos, y otro que reformó el poema posteriormente añadiéndole los pocos episodios fantásticos que aparecen en él.
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Consta de 3.730 versos divididos en tres partes denominadas cantares: Cantar del destierro del Cid, Cantar de las bodas de las hijas del Cid y Cantar de la afrenta de Corpes.
Los 3.730 versos se distribuyen en series asonantadas monorrimas de metro largo divididos en dos hemistiquios por una cesura. La medida es variable y dominan los de catorce sílabas, pero abundan los de nueve, diez, quince y veinte sílabas.
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Uso del estilo directo.
Lenguaje sobrio, llano y precioso.
Realismo.
Alto valor histórico.
Gran fidelidad geográfica.
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El autor, anónimo, nos presenta un Cid humano de carne y hueso, portador de los siguientes valores:
Capaz de hazañas extraordinarias, aunque éstas nunca se salen de las fuerzas humanas.
El Cid está siempre dentro de lo real.
Lealtad al soberano.
Hondo espíritu religioso.
Justicia en los vencidos.
Aprecio a los suyos.
Transcripción del comienzo en castellano antiguo:
"De los sos oios tan fuertemientre llorando,
tornava la cabeça e estábalos catando;
vio puertas abiertas e uços sin cañados,
alcándaras vazías sin pielles e sin mantos
e sin falcones e sin adtores mudados.
Sospiró Mío Cid, ca mucho avíe grandes cuidados;
fabló Mío Cid bien e tan mesurado:
"(Grado a ti, Señor, Padre que estás en alto!"
"Esto me an buelto mios enemigos malos".
Versión moderna:
(Gracias a ti, Señor, Padre que estás en lo alto!""De los sus ojos tan fuertementre llorando,
volvíaa la cabeza y estábalos mirando;
vio puertas abiertas y cerrojos sin candados,
alcándaras vazías sin pieles y sin mantos
y sin halcones e sin azores mudados.
Suspiró Mío Cid, pues tenía grandes cuidados.
Habló mio Cid bien y tan mesurado:
"
"Esto me han ptrparado mis enemigos malos".
II
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(Ay, que ya no veré Carrión!"En Valencia con los suyos vivía el Campeador:
con él estaban sus yernos los infantes de Carrión.
En un escaño dormía tendido el Campeador.
Un mal sobresalto entonces, sabed, les aconteció:
escapóse de una jaula, saliendo fuera, un león.
Los que estaban en la corte tuvieron un tumor:
recogiéronse sus mantos, los del buen Campeador,
y rodean el escaño en guarda de su señor.
Allí Fernando Gónzalez un infante de Carrión,
ni en las salas ni en la torre ningún refugio encontró;
metióse bajo el escaño: tan grande fue su pavor.
Diego González, el otro, por la puerta se salió
diciendo con grandes gritos: "
Tras la viga de un lagar metióse con gran temor;
todo el manto y el brial sucios de allí los sacó.
En esto que se despierta el que en buen hora nació;
de sus mejores guerreros cercado el escaño vio:
-
)Qué es esto, varones míos? )Qué queréis? )Qué aconteció?-Es que, mi señor honrado, un susto nos dio el león.
Apoyándose en el codo, en pie el Cid se levantó.
El manto se pone al cuello y encaminóse al león.
La fiera cuando vio al Cid al punto se avergonzó;
allí bajó la cabeza y ante él su faz humilló.
Mio Cid Rodrigo Díaz por el cuello lo tomó,
y lo lleva de la mano y en la jaula lo metió.
A maravilla lo tiene el que lo contempló.
Por sus dos yernos Rodrigo preguntó y no los halló;
aunque a gritos los llamaban, ninguno les respondió,
y cuando lo encontraron aún estaban sin color.
Veríais allí qué burlas corrían por la reunión;
mandó que ésto no se hiciese Mio Cid Campeador.
Sintiéronse avergonzados los infantes de Carrión;
bien pesarosos están de lo que les ocurrió.
Anónimo
Cantar del Cid
III
Ya por la ciudad de Burgos el Cid Ruy Díaz entró.
Sesenta pendones lleva detrás el campeador.
Todos salían a verle, niño, mujer y varón,
a las ventanas de Burgos mucha gente se asomó.
(Cuantos ojos que lloraban de grande que era el dolor!
Y de los labios de todos sale la misma razón:
"(Qué buen vasallo sería si tuviese buen señor("
De grado le albergarían, pero ninguno lo osaba,
que a Ruy Díaz de Vivar le tiene el rey mucha saña.
La noche pasada a Burgos llevaron una real carta
con severas prevenciones y fuertemente sellada
mandando que a Mío Cid nadie le diese posada,
que si alguno se la da sepa lo que le esperaba:
sus haberes perdería, más los ojos de la cara,
y además se perdería salvación de cuerpo y alma.
Gran dolor tienen en Burgos todas la gentes cristianas
de Mío Cid se escondían: no pueden decirle nada.
Se dirige Mío Cid adonde siempre paraba;
cuando a la puerta llegó se la encuentra bien cerrada.
Por miedo al rey Alfonso acordaron los de casa
que como el Cid no la rompa no se la abrirán por nada.
La gente de Mío Cid a grandes voces llamaba,
los de dentro no querían contestar una palabra.
Mío Cid picó el caballo, a la puerta se acercaba,
el pie sacó del estribo y con él gran golpe daba,
pero no se abrió la puerta, que estaba muy bien cerrada.
La niña de nueve años muy cerca del Cid se para:
"Campeador que en bendita hora ceñiste la espada,
el rey lo ha vedado, anoche a Burgos llegó su carta,
con severas prevenciones y fuertemente sellada.
No nos atrevemos, Cid, a darte asilo por nada,
por que sino perderíamos los haberes y las casas,
perderíamos también los ojos de nuestras caras.
Cid, en el mal de vosotros vos no vais ganando nada.
Seguid y que os proteja Dios con sus virtudes santas."
Esto le dijo la niña y se volvió hacia su casa.
Anónimo
Cantar del Cid
(Manuel Machado, en el siglo XX, rememora este hecho en su poema "Castilla")