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A mediados del siglo XVI se publica La vida de Lazarillo de Tormes y de sus Fortunas y Adversidades, obra anónima con la que se inicia uno de los subgéneros más importantes de la Literatura Española: la novela picaresca.
El Lazarillo consta de siete capítulos, denominados tratados, escritos en orden lineal y de extensión muy desigual, en los que un pícaro, Lázaro, natural de una aldea salamantina a orillas de río Tormes cuenta su miserable vida desde que nació y malvivió con varios amos hasta que se casó, de modo poco honorable, en Toledo.
Es la obra que culmina el proceso de creación literaria de la lengua popular, ya iniciado con La Celestina.
Su importancia es tal que, aparte de las imitaciones y las obras de su mismo estilo (Vida y hechos de Estebanillo González, anónimo; El Buscón, de Quevedo; Vida del pícaro Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán) en el siglo XX se han escrito segundas partes de El Lazarillo, una de ellas por Camilo José Cela.
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El Lazarillo, como casi todas las novelas picarescas, tiene las siguientes características:
-Autobiografía: el protagonista cuenta su propia vida.
-El protagonista no es un héroe con las cualidades típicas de valor, grandeza de ánimo, sentido del deber y del honor... El pícaro es una mezcla de vagabundo, criado y ladronzuelo perteneciente a la clase baja y que sobrevive por sus propios medios.
-Crítica social: la obra refleja la miseria social y las formas de vida de los marginados.
-Todas las acciones del pícaro están impulsadas por el hambre.
-Un especial sentido del humor.
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I
Lázaro entra al servicio del ciego
En este tiempo vino a posar al mesón un ciego, el cual me pidió a mi madre, y ella me encomendó a él diciéndole que le rogaba me tratase bien y mirase por mí, pues era huérfano. Él respondió que así lo haría y que me recibía no por mozo, sino por hijo. Y así le comencé a servir y adiestrar a mi nuevo y viejo amo.
Cuando nos hubímos de partir, yo fui a ver a mi madre, y ambos llorando, me dio su bendición y dijo:
-Hijo, ya sé que no te veré más; procura ser bueno, y Dios te guíe; criado te he con buen amo te he puesto válete por ti.
Y así, me fui para mi amo, que esperándome estaba.
II
El racimo de uvas
Para que se vea el ingenio de este astuto ciego, contaré un caso de los muchos que con él me acaecieron, en el cual me parece dio bien a entender su gran astucia. Cuando salimos de Salamanca, decidió venir a tierra de Toledo. Porque decía que la gente era más rica, aunque no muy limosnera. Se acogía a este refrán: "Más da el duro que el desnudo (...)"
Acaeció que, llegando a un lugar que llaman Almorox al tiempo que cogían las uvas, un vendimiador le dio un racimo de ellas en limosna. Y como suelen ir los cestos maltratados, y también porque la uva en aquel tiempo está muy madura, se le desgranaba el racimo en la mano y si lo echaba en el fardel se tornaba mosto.
Acordó hacer un banquete, así por no poder llevarlo como por contentarme: que aquel día me había dado muchos rodillazos y golpes. Sentámonos en un valladar y dijo:
- Agora quiero yo usar contigo de una libertad, y es que ambos comamos este racimo de uvas y que hayas de él tanta parte como yo. Partirlo hemos de esta manera: tú picarás una vez y yo otra, con tal que me prometas no tomar ada vez más de una uva. Yo haré lo mismo hasta que lo acabemos, y de esta suerte no habrá engaño.
Hecho así el concierto, comenzamos; mas luego el segundo lance, el traidor mudó propósito y comenzó a tomar de dos en dos, considerando que yo debería hacer lo mismo. Como vi que él quebraba la postura, no me contenté ir a la par con él; más aún pasaba y adelante; dos a dos y tres a tres, y como podía las comía. Acabado el racimo, estuvo un poco con el escobajo en la mano, y meneando la cabeza, dijo:
- Lázaro: engañado me has. Juraré yo a Dios que has tú comido las uvas de a tres.
- No comí -dije yo-; mas, ¿por qué sospecháis eso?
Respondió el sagacísimo ciego:
- ¿Sabes en qué veo que las comiste tres a tres? En que comía yo dos a dos y callabas.
III
El jarro de vino
Usaba (el ciego) poner cabe sí un jarrillo de vino, comíamos, y yo, muy de presto, le asía y daba un par de besos callados, y tornábale a su lugar. Mas duróme poco, que en los tragos, conocía la falta, y por reservar su vino a salvo, nunca desamparaba el jarro, antes lo tenía por el asa asido, mas no había piedra imán que así atrajese a sí como yo con una pajas larga de centeno que para aquel menester tenía hecha, la cual, metiéndola en la boca del jarro, chupando el vino, lo dejaba a buenas noches. Mas como fuese el traidor tan astuto, pienso que me sintió, y dende en adelante mudó propósito, y asentaba su jarro entre las piernas, y tapábale con la mano, y así bebías seguro. Yo, que estaba hecho al vino, moría por él, y viendo que aquel remedio de la paja no me aprovechaba ni valía, acordé en el suelo del jarro hacerle una fuentecilla y agujero sutil, y delicadamente, con una muy delgada tortilla de cera, taparlo. Y, al tiempo de comer, fingiendo haber frío, entrábame entre las piernas del triste ciego a calentarme en la pobrecilla lumbre que teníamos, y, al calor de ella, luego derretida la cera, por ser muy poca, comenzaba la fuentecilla a destilarme en la boca, la cual yo de tal manera ponía, que maldita la gota se perdía. Cuando el pobreto iba a beber, no hallaba nada. Espantábase, maldecíase, daba al diablo el jarro y el vino, no sabiendo qué podía ser.
-No diréis, tío, que os lo bebo yo -decía-, pues no le quitáis de la mano.
Tantas vueltas y tientos dio al jarro, que halló la fuente y cayó en la burla; mas así lo disimuló como si no lo hubiese sentido.
Y luego otro día, teniendo yo rezumando mi jarro como solía, no pensando el daño que me estaba aparejado ni que el mal ciego me sentía, sentéme como solía. Estando recibiendo aquellos dulces tragos, mi cara puesta hacia el cielo, un poco cerrados los ojos por mejor gustar el sabroso licor, sintió el desesperado ciego que ahora tenía tiempo de tomar de mí venganza, y, con todas sus fuerzas, alzando con dos manos aquel dulce y amargo jarro, lo dejó caer sobre mi boca, ayudándose, como digo, con todo su poder, de manera que el pobre Lázaro, que de nada de esto se guardaba, antes, como a otras veces, estaba descuidado y gozoso, verdaderamente me pareció que el cielo, con todo lo que en él hay, me había caído encima.
Fue tal el golpecillo que me desatinó y sacó de sentido.