Leandro Fernández Moratín, hijo del también escritor Nicolás Fernández de Moratín y en cuyo círculo literario se formó, nació en Madrid en 1760. Tras la guerra de la Independencia se exiló en París por sus ideas afrancesadas. Viajó mucho por el extranjero y adquirió una amplia cultura, además del dominio de varias lenguas que le permitió traducir algunas obras teatrales al castellano. En 1828 murió en París a donde había ido huyendo de una epidemia.

Su producción dramática se limita a cinco comedias entre las que destacan El sí de las niñas y La comedia nueva o el café. En la primera se satiriza el matrimonio concertado entre un viejo y una adolescente a la vez que defiende la libertad de la mujer a la hora de aceptar marido; en la segunda ataca las comedias populacheras de la época.

Moratín cultivó un tipo de comedia de finalidad didáctica en la que ridiculiza los comportamientos ignorantes y las malas costumbres. Como buen representante del Neoclasicismo respetó estrictamente sus reglas, en especial la de las tres unidades: unidad de tiempo, unidad de lugar y unidad de acción.

I

 

¿Casarse para complacer a la madre?

DON DIEGO: ¿Está usted desazonada?

DOÑA FRANCISCA: Alguna cosa.

DON DIEGO: ¿Qué siente usted? (Siéntase junto a doña Francisca)

DOÑA FRANCISCA: No es nada... Así, un poco de... Nada..., no tengo nada.

DON DIEGO: Algo será, porque la veo a usted muy abatida, llorosa, inquieta. ¿Qué tiene usted, Paquita? ¿No sabe que la quiero tanto?

DOÑA FRANCISCA: Sí, señor.

DON DIEGO: Pues ¿por qué no hace usted más confianza de mí? ¿Piensa usted que no tendré yo mucho gusto en hallar ocasiones de complacerla?

DOÑA FRANCISCA: Ya lo sé.

DON DIEGO: ¿Pues cómo sabiendo que tiene usted un amigo no desahoga con él su corazón?

DOÑA FRANCISCA: Porque eso mismo me obliga a callar.

DON DIEGO: Eso quiere decir que tal vez soy yo la causa de su pesadumbre de usted.

DOÑA FRANCISCA: No, señor; usted en nada me ha ofendido... No es de usted de quien yo me debo quejar.

DON DIEGO: Pues ¿de quién, hija mía?... Venga usted acá... (Acércase más). Hablemos siquiera una vez sin rodeos ni disimulación. Dígame usted: ¿no es cierto que usted mira con algo de repugnancia este casamiento que se la propone? ¿Cuánto va que si la dejasen a usted verdadera libertad para la elección no se casaría conmigo?

DOÑA FRANCISCA: Ni con otro.

DON DIEGO: ¿Será posible que usted no conozca otro más amable que yo, que la quiera bien y que la corresponda como usted merece?

DOÑA FRANCISCA: No, señor; no, señor.

DON DIEGO: Mírelo usted bien.

DOÑA FRANCISCA: ¿No le digo a usted que no?

DON DIEGO: ¿Y he de creer, por dicha, que conserva usted tal inclinación al retiro en que se ha criado, que prefiera la austeridad del convento a una vida más...?

DOÑA FRANCISCA: Tampoco; no, señor... Nunca he pensado así.

DON DIEGO: No tengo empeño de saber más... Pero de todo lo que acabo de oír resulta una gravísima contradicción. Usted no se halla inclinada al estado religioso, según parece. Usted me asegura que no tiene queja alguna de mí, que está persuadida de lo mucho que la estimo, que no piensa casarse con otro ni debo recelar que naide me dispute de su mano... Pues, ¿qué llanto es ése? ¿De dónde nace esa tristeza profunda que en tan poco tiempo ha alterado su semblante de usted en términos que apenas la reconozco? ¿Son éstas señales de quererme exclusivamente a mí, de casarse gustosa conmigo dentro de unos pocos días? ¿Se anuncia así la alegría y el amor? (Vase iluminando lentamente la escena, suponiendo que viene la luz del día).

DOÑA FRANCISCA: ¿Y qué motivos le he dado a usted para tales desconfianzas?

DON DIEGO: ¿Pues qué? Si yo prescindo de estas consideraciones, si apresuro las diligencias de nuestra unión, si su madre de usted sigue aprobándola, y llega el caso de...

DOÑA FRANCISCA: Haré lo que mi madre me manda, y me casaré con usted.

DON DIEGO: ¿Y después, Paquita?

DOÑA FRANCISCA: Después... y mientras me dure la vida, seré mujer de bien.

DON DIEGO: Eso no lo puedo yo dudar. Pero si usted me considera como el que ha de ser hasta la muerte su compañero y su amigo, dígame usted: estos títulos ¿no me dan algún derecho para merecer de usted mayor confianza? ¿No he de lograr que usted me diga la causa de su dolor? Y no para satisfacer una impertinente curiosidad, sino para emplearme todo en su consuelo, en mejorar su suerte, en hacerla dichosa, si mi conato y mis diligencias pudiesen tanto.

DOÑA FRANCISCA: ¡Dichas para mí!... Ya se acabaron.

DON DIEGO: ¿Por qué?

DOÑA FRANCISCA: Nunca diré por qué.

DON DIEGO: Pero ¡qué obstinado, qué imprudente silencio!... Cuando usted misma debe presumir que no estoy ignorante de lo que hay.

DOÑA FRANCISCA: Si usted lo ignora, señor don Diego, por Dios no finja que lo sabe y si en efecto lo sabe usted, no me lo pregunte.

DON DIEGO: Bien está. Una vez que no hay nada que decir, que esa aflicción y esas lágrimas son voluntarias, hoy llegaremos a Madrid, y dentro de ocho días será usted mi mujer.

DOÑA FRANCISCA: Y daré gusto a mi madre.

DON DIEGO: Ved aquí los frutos de la educación. Esto es lo que se llama criar bien a una niña: enseñarla a que desmienta y oculte las pasiones más inocentes con una pérfida disimulación. las juzgan honestas luego que las ven instruidas en el arte de callar y mentir. Se obstinan en que el temperamento, la edad ni el genio no han de tener influencia alguna en sus inclinacioens, o en que su voluntad ha de torcerse al capricho de quien las gobierna. Todo se las permite menos la sinceridad. Con tal de que no digan lo que siente, con tal de que finjan aborrecer lo que más desean, con tal de que se presten a pronunciar, cuando se lo manden, un sí perjuro, sacrílego, origen de tantos escándalos, ya están bien criadas, y se llama excelente educación la que inspira en ellas el temor, la astucia y el silencio de un esclavo.

DOÑA FRANCISCA: Es verdad... Todo eso es cierto... Eso exigen de nosotras, eso aprendemos en la escuela que se nos da...