Estado del cine Europeo (Entrevista a Méndez- Leite)

A la hora de estudiar la historia del cine europeo, resulta llamativo la cantidad de movimientos estéticos, iniciativas industriales, diferentes directores y métodos de interpretación que se han sucedido a lo largo de poco más de cien años. Sin duda, es algo que el lector no iniciado no espera encontrar. Como mucho se pensará que si sabe algo peculiar del cine europeo, es que hay unos daneses que ruedan cámara en mano, pero poco más. Este trabajo le invita a descubrir de la manera más amena posible qué se ha estado haciendo en cine durante el siglo veinte.

La realidad del cine europeo es demasiado rica para condensarla en pocas páginas. Apenas hablar del status que tiene ahora, nos llevaría horas. Pues a nadie se le escapa que después de una relativa sequía de ideas durante los años ochenta del siglo veinte, en los últimos años, el cine europeo ha sabido ganarse a su público, haciendo lo que mejor sabe hacer: presentándole historias creíbles y cercanas como la vida misma, con personajes a los que pareciera que se les puede oler el aliento.

Así, es patente que desde mediados de los noventa, el cine europeo ha vuelto a reformular antiguas maneras de hacer cine para venir a dar con el tipo de cine social realista y costumbrista que de tanto en tanto inunda nuestras pantallas. Y, por otra parte, cortadas por una serie de extravagantes reglas, han ido apareciendo en nuestra cartelera películas de varias partes del mundo con el sello Dogma; historias que procuran también acercarse al espectador hasta donde le sea posible y que, vista la reacción del público, debe decirse que ha funcionado.

Actualmente, hay en funcionamiento en Europa cuatro Festivales Internacionales de Cine de categoría A (Cannes, Berlin, Venecia y San Sebastián) que sirven de plataforma para acuerdos de distribución, promoción y exhibición. Que, en las últimas ediciones, hayan cobrado en ellos más protagonismo que la europea otras cinematografías, puede ser un detalle que nos deba llevar a conocer y valorar mejor nuestro cine antes de ignorarle. Y, por parte de productores y directores, a no desaprovechar el éxito de algunos títulos recientes, para consolidar cada vez más una industria del cine europea que sólo funciona con regularidad en Francia.

Este y otros retos son los que deberían vertebrar el discurso sobre el Séptimo Arte en Europa.