Richard Dawkins: El gen egoísta
La batalla de los sexos
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Si existe un conflicto de intereses entre padres e hijos, que comparten
el 50 % de los genes respectivos, ¿cuánto más grave no habrá de ser el
conflicto entre la pareja, cuyos miembros no están emparentados entre sí?
Todo lo que tienen en común es eI 50 % de inversión genética en los mismos
hijos. Desde el momento en que tanto el padre como la madre están
interesados en el bienestar de las diferentes mitades de los mismos niños,
podrá haber alguna ventaja para ambos si cooperan mutuamente en criar a
dichos niños. Sin embargo, si uno de los progenitores logra invertir menos
de su justa proporción de valiosos recursos en cada hijo, será quien saque
el mejor partido, ya que tendrá más para invertir en otros hijos engendrados
con otras parejas sexuales, podrá propagar más sus genes. Cabe
suponer, por lo tanto, que cada miembro de la pareja tratará de explotar
al otro, intentando forzar al compañero a invertir más en sus hijos. Idealmente, lo que a
un individuo debiera «agradarle» (no me estoy refiriendo a goce físico, aun
cuando también podría darse) sería copular con tantos seres del sexo opuesto
como fuera posible, dejando aI compañero o compañera que criase a los hijos.
Como veremos más adelante, este estado de cosas ha sido logrado por los
machos en varias especies, pero en otras los machos son obligados a
compartir, en partes iguales, el peso de criar a los hijos. Esta perspectiva
de asociación sexual como una relación de desconfianza y explotación mutua
ha sido recalcada especialmente por Trivers. Es una noción relativamente
nueva para los etólogos. Solíamos considerar el comportamiento sexual, la
copulación y el
cortejo que la precede, como una aventura esencialmente cooperativa asumida
en beneficio mutuo, ¡e incluso por el bien de las especies! Retrocedamos hasta los primeros
orígenes e investiguemos la naturaleza
fundamental de la masculinidad y la femineidad. En el capítulo III tratamos
la sexualidad sin subrayar su asimetría básica. Aceptamos, simplemente, que
algunos animales son denominados machos y otros hembras, sin interrogarnos
sobre el significado de estas palabras. Pero ¿cuál es la esencia de la
masculinidad? ¿Qué define, en el fondo, a una hembra? Nosotros, como
mamíferos vemos que los sexos están definidos por conjuntos globales de
características: posesión de un pene, el hecho de parir a los hijos, el
amamantamiento por medio de unas glándulas lactíferas especiales, ciertos
rasgos cromosómicos, etc. Este criterio para juzgar el sexo de un
individuo está muy bien para los mamíferos, pero para los animales y
plantas en general, no es más fiable que la tendencia a usar pantalones
como un criterio para juzgar el sexo humano. En las ranas, por ejemplo,
ningún sexo posee un pene. Quizás, entonces, las palabras macho y hembra
no tengan un significado general. Son, después de todo, solamente
palabras y si no las encontramos útiles para describir a las ranas
estamos en total libertad para abandonarlas. Podríamos, arbitrariamente,
dividir a las ranas en Sexo 1 y Sexo 2 si así lo deseásemos. Sin
embargo, existe un rasgo fundamental en los sexos que puede ser
utilizado para catalogar a los machos como machos y a las hembras como
tales, a través de los animales y las plantas. Y es que las células
sexuales o «gametos» de los machos son mucho más pequeños y numerosos
que los gametos de las hembras. Esta aseveración es válida tanto si nos
referimos a los animales como a las plantas. Un grupo de individuos
posee grandes células sexuales y es conveniente emplear la palabra
hembra para ellos. El otro grupo, que por conveniencia denominamos
macho, posee células sexuales pequeñas. La diferencia es especialmente pronunciada en los
reptiles y en las
aves, en los cuales una única célula es bastante grande y nutritiva para
alimentar a una criatura en desarrollo durante varias semanas. Aun en los
humanos, donde el óvulo es microscópico, supera varias veces en tamaño al
espermatozoide. Como podremos apreciar más adelante, es posible interpretar
todas las
demás diferencias que existen entre los sexos como derivados de esta
diferencia básica. En ciertos organismos primitivos —por ejemplo, en algunos hongos— no se
presenta esta diferenciación entre machos y hembras, aun cuando tiene lugar
cierto tipo de reproducción sexual. En el sistema conocido como isogamia los
individuos no están divididos en dos sexos. Cualquiera de ellos puede
acoplarse con cualquier otro. No existen dos tipos diferentes de gametos
—espermatozoides y óvulos— sino que todas las células son iguales, llamadas
isogametos. Los nuevos individuos se forman por la fusión de dos isogametos,
cada uno de ellos producido por división meiótica. Si tenemos tres
isogametos, A, B y C, A podría fusionarse con B o C, y B podría fusionarse
con A o C. Ello no podría suceder en sistemas sexuales normales. Si A es un
espermatozoide y puede fusionarse con B o C, luego B y C deben ser células
sexuales femeninas y B no podría fusionarse con C. Cuando dos isogametos se fusionan, ambos contribuyen con igual
número de
genes para formar el nuevo individuo, y también aportan la misma cantidad de
reservas alimenticias. Los espermatozoides y los óvulos contribuyen, de
forma equitativa, en el número de genes, pero los óvulos otorgan mucho más
en cuanto a reservas alimenticias: en realidad, los espermatozoides no
cooperan en absoluto y sólo están interesados en transportar sus genes, lo
más rápido posible, al óvulo. En el momento de la concepción, por lo tanto,
el padre ha invertido menos de la cuota que le corresponde (es decir, el 50
%) de sus recursos en su descendiente. Ya que cada espermatozoide es tan
pequeño, un macho puede permitirse fabricar millones de ellos cada día. Ello
significa que es, potencialmente, capaz de engendrar un número considerable
de hijos en un período de tiempo muy breve, empleando con este fin a
diferentes hembras; hecho sólo posible porque cada nuevo embrión es dotado
por la madre, en cada caso, del alimento adecuado. Este último factor
establece un límite al número de hijos que pueda tener una hembra, pero el
número de hijos que pueda tener un
macho es, virtualmente, ilimitado. Es aquí donde empieza la explotación
femenina. Packer y otros han demostrado que esta asimetría pudo evolucionar a partir de un
estado originalmente isógamo. En los días en
que todas las células eran intercambiables y aproximadamente del mismo
tamaño, habría algunas que, por casualidad, eran levemente mayores que
otras. En ciertos aspectos, un isogameto grande tendría alguna ventaja sobre
los de tamaño medio, quizá debido a que podía darle a su embrión un buen
comienzo al otorgarle una mayor cuota inicial de alimento. Por lo tanto,
puede que hubiera una tendencia evolutiva favorable a los grandes gametos.
Pero había una trampa. La evolución de los isogametos de tamaño más grande
que el estrictamente necesario pudo abrir la puerta a la explotación
egoísta. Los individuos que producían gametos más pequeños que los usuales
podían morir, a menos que se asegurasen de que sus pequeños gametos se
fusionaran con los más grandes. Ello podía lograrse haciendo que los
pequeños fuesen más móviles y capaces de buscar activamente a los más
grandes. Para un individuo, la ventaja de producir pequeños y ágiles gametos
radicaría en que podía permitirse fabricar un mayor número de ellos y, por
lo tanto, potencialmente era capaz de tener más hijos. La selección natural
favorecería la producción de células sexuales pequeñas que buscaban
activamente a las grandes para fusionarse con ellas. Así, podemos suponer
que evolucionaron dos «estrategias» sexuales divergentes. Hubo la estrategia
de gran inversión u «honesta». Ésta, automáticamente, abrió el camino a la
estrategia de pequeña inversión, explotadora o «mezquina». Una vez iniciada
la divergencia entre las dos estrategias, continuaría de forma incontrolada.
Las células de tamaño intermedio, o medianas, habrían sido penalizadas, ya
que no gozaban de las ventajas de ninguna de las dos estrategias extremas.
Las «mezquinas» evolucionarían hasta reducir cada vez más su tamaño e
incrementar su movilidad. Las honestas evolucionarían aumentando
progresivamente su tamaño con el fin de compensar la inversión cada vez más
pequeña que aportaban las mezquinas, y se tornarían inmóviles porque siempre
serían activamente buscadas por las mezquinas. Cada una de las honestas
habría «preferido» fusionarse con otra del mismo tipo. Pero la presión
ejercida por la selección para rechazar a las mezquinas sería menor que la
presión ejercida sobre las mezquinas para deslizarse bajo la barrera: las
mezquinas tenían más que perder, y por esto ganaron la batalla evolutiva.
Las honestas se convirtieron en óvulos, y las mezquinas, en espermatozoides. Luego, los
machos parecen ser individuos sin mucho valor y, por simples
consideraciones basadas en el «bien de las especies», cabía esperar que se
tornaran menos numerosos que las hembras. Desde el momento en que un macho,
teóricamente, produce bastantes espermatozoides para atender un harén de 100
hembras, podríamos suponer que en las poblaciones animales las hembras
superarían en número a los machos en una proporción de 100 a 1. Otra forma
de expresar lo mismo sería decir que el macho es más «consumidor» y la
hembra más «valiosa» para las especies. Por supuesto, desde el punto de
vista de las especies consideradas en su conjunto, ello es perfectamente
cierto. Para tomar un ejemplo extremo, en un estudio realizado sobre
elefantes marinos, el 4%
de los machos eran los protagonistas del 88 % de las cópulas observadas. En
este caso, como en muchos otros, existe un gran excedente de machos
célibes, los cuales probablemente nunca tuvieron una oportunidad de copular
en toda su vida y comen las reservas de alimentos de una población con igual
apetito que los demás adultos. Desde el punto de vista del «bien de las
especies», esto constituye un horrible derroche; los machos «extra» podrían
ser considerados como parásitos sociales. Éste es un ejemplo más de las
dificultades con que se enfrenta la teoría de la selección de grupos. La
teoría del gen egoísta, por otra parte, no tiene dificultad en explicar el
hecho de que el número de hembras y de machos tiende a ser igual, aun cuando
los machos que realmente participan en la reproducción sólo constituyen una
pequeña fracción de la cantidad total. La explicación fue dada, por primera
vez, por R. A. Fisher. El problema de cuántos nacen machos y cuántos nacen
hembras constituye un
caso especial de un problema de estrategia en los progenitores. Así como
tratamos la cuestión del tamaño óptimo familiar para uno de los progenitores
que intenta potenciar al máximo la supervivencia de sus genes, también
podemos considerar la proporción óptima sexual. ¿Es mejor confiar nuestros
preciosos genes a hijos o a hijas? Supongamos que una madre invierte todos
sus recursos en hijos y, por lo tanto, nada le resta para invertir en hijas:
¿contribuiría más, como promedio, al acervo génico del futuro que una madre
rival que invirtió en hijas? ¿Acaso los genes para preferir hijos se tornan
más o menos numerosos que
los genes para preferir hijas? Lo que Fisher demostró fue que, en
circunstancias normales, la proporción sexual óptima es de 50 : 50. Con el
fin de comprender esta aseveración debemos conocer primero algo sobre el
mecanismo de determinación de los sexos. En los mamíferos, el sexo se determina genéticamente de la siguiente manera:
todos los óvulos son capaces de desarrollarse hasta convertirse en un macho
o una hembra; los espermatozoides son los que portan los cromosomas que
determinan el sexo. La mitad de los espermatozoides producidos por un hombre
determinan el sexo femenino —son los espermatozoides X—, y la otra mitad
—los espermatozoides Y— determinan el masculino. Los dos tipos de
espermatozoides tienen el mismo aspecto. Se diferencian sólo respecto a un
cromosoma. Un gen para hacer que un padre tenga únicamente hijas puede
lograr su objetivo haciendo que sólo produzca espermatozoides X. Un gen para
hacer qué una madre tenga sólo hijas puede operar haciendo que segregue un
espermicida selectivo o haciendo que aborte los embriones machos. Lo que
buscamos es algo equivalente a una estrategia evolutivamente estable (EEE),
si bien en este caso, aún más que en el capítulo sobre la agresión,
estrategia es meramente una forma de expresión. Un individuo no puede
escoger, deliberadamente, el sexo de sus hijos. Pero los genes que tiendan a
que los hijos tengan un sexo u otro son posibles. Si suponemos que tales
genes que favorecen las desiguales proporciones entre los sexos existen, en
el acervo génico cualquiera de ellos tiene posibilidades de llegar a ser más
numeroso que sus rivales alelos. Ahora bien, ¿podrían prevalecer sobre
aquellos que favorecen una proporción equitativa entre los sexos? Supongamos que entre los
elefantes marinos, mencionados anteriormente,
surgiera un gen mutante que tendiera a hacer que los progenitores tuviesen,
en su mayoría, hijas. Puesto que no existe escasez de machos en la
población, las hijas no encontrarían dificultad en encontrar compañeros y el
gen para fabricar hijas se expandiría. La proporción entre los sexos de
dicha población podría entonces empezar a modificarse, tendiendo a que
hubiese un excedente de hembras. Desde el punto de vista del bien de las
especies, ello estaría muy bien, ya que unos cuantos machos son sin duda
capaces de proporcionar todos los espermatozoides necesarios, incluso para un considerable excedente de hembras, como ya hemos
visto. Superficialmente, por lo tanto, podemos suponer que el gen para
producir hijas continuaría expandiéndose hasta que la proporción entre los
sexos estaría tan desequilibrada que los pocos machos restantes, trabajando
hasta la extenuación, apenas podrían arreglárselas. Pues bien, imagínese la
enorme ventaja genética que gozarían los escasos padres que tuvieran hijos.
Cualquiera que invirtiera en un hijo tendría una excelente oportunidad de
ser abuelo de cientos de elefantes marinos. Aquellos que producen nada más
que hijas se aseguran unos pocos nietos, cantidad insignificante comparada
con las gloriosas posibilidades genéticas que se abren ante cualquiera que
se especialice en hijos. Por lo tanto, los genes para producir hijos
tenderán a hacerse más numerosos y el péndulo volverá a su posición
anterior. Con el fin de simplificar el planteamiento me he referido al movimiento del
péndulo. En la práctica nunca se habría permitido que el péndulo oscilara
hasta ese extremo en el sentido de la dominación femenina, porque la presión
para tener hijos habría empezado a empujarlo hacia atrás tan pronto como la
proporción se hubiese tornado desigual. La estrategia de producir un número
igual de hijos e hijas es una estrategia evolutivamente estable, en el
sentido de que cualquier gen que se aparte de ella sufrirá pérdida segura.
(...) |
Consideremos nuevamente a la pareja con la que empezamos el presente
capítulo. Ambos miembros, como máquinas egoístas que son, «desean» hijos e
hijas en igual número. Hasta este punto los dos concuerdan. En lo que no
están de acuerdo es sobre quién va a soportar lo más arduo del costo de
criar a cada uno de los hijos. Ambos desean que sobrevivan tantos hijos como
sea posible. Cuantos menos recursos se vean obligados a invertir, tanto él
como ella, en cualquiera de estos hijos, más hijos podrán tener cada uno de
ellos. La forma obvia de alcanzar este deseable estado de cosas es
inducir al otro —a él o a ella— a invertir más de lo que a él o a ella
les corresponda, en justicia, de sus recursos en cada hijo, quedando así
uno de los dos en libertad para tener otros hijos con otros compañeros
sexuales. Esta sería una estrategia deseable para cada sexo, pero es más
difícil de lograr para la hembra. Puesto que ella empieza a invertir más que el macho,
en la forma de su óvulo grande y rico en alimentos, una madre se encuentra,
a partir del instante mismo de la concepción, más «comprometida», de manera
más profunda, con cada hijo que el padre. Se arriesga a perder más si el
hijo muere; tendrá que hacer en el futuro una inversión mayor con el fin de
conseguir que un nuevo hijo, sustituto del que perdió, alcance el mismo
nivel de desarrollo que ya había logrado el anterior. Si intentara la
táctica de dejar al padre con la criatura e irse con otro macho, el padre
podría, a un costo relativamente bajo para él, vengarse y abandonar también
a la criatura. Por lo tanto, al menos en las primeras etapas del desarrollo
del hijo, es probable que sea el padre quien abandone a la madre en lugar de
provocarse la situación inversa. De manera similar, se puede esperar que las
hembras inviertan más en los hijos que los machos, no solamente al principio
sino durante todo el desarrollo. Es así como en los mamíferos, por ejemplo,
la hembra es la que incuba al feto en su propio cuerpo, ella es quien
fabrica la leche para amamantarlo cuando nace y la que carga con el peso de
criarlo y protegerlo. El sexo femenino es explotado, y la base evolutiva
fundamental para dicha explotación radica en el hecho de que los óvulos son
más grandes que los espermatozoides. En muchas especies, por supuesto, el padre trabaja ardua y fielmente para
cuidar a los jóvenes. Pero aun así, podemos esperar que, normalmente, habrá
cierta presión evolutiva sobre los machos para que inviertan un poco menos
en cada hijo y para que intenten tener más hijos de diferentes compañeras
sexuales. Quiero decir con ello que en los genes existirá una tendencia a
indicar: «Cuerpo, si eres un macho deja a tu compañera un poco antes de que
mi alelo rival te lo pida y busca a otra hembra», con el fin de tener éxito
en el acervo génico. En la práctica, la extensión en que esta presión
evolutiva prevalece varía, considerablemente, de una especie a otra. En
muchas —por ejemplo, en las aves del paraíso—, la hembra no recibe ayuda, en absoluto, del macho y cría a sus hijos
sola. Otras especies, tales como las gaviotas, forman parejas monógamas de
ejemplar fidelidad, y ambos progenitores cooperan en el trabajo de criar a
sus hijos. Debemos suponer, en este caso, que ha operado alguna
contrapresión evolutiva: debe haber una penalización unida a la estrategia
de la egoísta explotación por parte del macho, así como un beneficio, y en
las gaviotas la penalización es mayor que el beneficio. En todo caso, sólo
compensará al padre abandonar a su compañera y a su hijo si la compañera
tiene unas probabilidades razonables de criar sola a sus hijos. Trivers ha considerado los posibles cursos de acción que puede seguir una
madre que ha sido abandonada por su compañero. Lo mejor sería que intentase
engañar a otro macho para que adoptase a su
hijo, e inducirlo a «pensar» que era suyo. Ello no será demasiado difícil si
aún es un feto, si aún no ha nacido, Por supuesto, la criatura porta la
mitad de sus genes y ninguno en absoluto del crédulo padre adoptivo. La
selección natural penalizará severamente tal credulidad en los machos y
favorecerá, en realidad, a aquellos que tomen medidas para matar a cualquier
potencial hijo adoptivo tan pronto como se una a su nueva pare. Ésta es,
probablemente, la explicación del así llamado efecto Bruce: el ratón
macho segrega un producto químico que, al ser o o por una hembra preñada,
puede causarle el aborto. Sólo aborta si el olor es diferente del de su
antiguo compañero. De esta manera, el ratón macho destruye a sus
potenciales hijos adoptivos y deja a su nueva compañera en actitud
receptiva ante sus propios requerimientos sexuales. Un ejemplo similar es
el ofrecido por los leones machos, los cuales, cuando recién se integran a
una manada matan, en ocasiones, a los cachorros que en ella se encuentren,
presumiblemente porque no son sus propios hijos. Un macho puede lograr el mismo resultado sin matar, necesariamente, a sus
hijos adoptivos. Puede imponer un periodo de prolongado cortejo antes de
copular con una hembra, impidiendo que se escape aI mismo tiempo que aleja a
todos los otros machos que a ella se acercan. De esta manera puede esperar y
observar si ella está albergando en su seno a algunos hijos adoptivos y, si así fuese,
puede abandonarla. Más adelante veremos una razón por la cual una hembra
podría desear un largo período de compromisos antes de la copulación.
Acabamos de presentar una razón por la cual un macho podría desear, también,
aguardar. Siempre que él pueda mantenerla aislada de todo contacto con otros
machos, evitará ser el inconsciente benefactor de Ios hijos de otro macho. Asumiendo que una hembra abandonada no pueda engañar a un nuevo macho para
que adopte a sus hijos, ¿qué otra alternativa le resta? Mucho puede depender
de la edad que tenga el hijo. Si acaba de ser concebido, es cierto que ella
ha invertido un óvulo completo y quizás algo más, pero aún puede compensarle
abortar y encontrar a un nuevo compañero tan pronto como le sea posible. En
estas circunstancias será de ventaja mutua, tanto para ella como para su
nuevo compañero, que ella aborte: estamos suponiendo que no tiene esperanza
alguna de engañarlo para que adopte al hijo por nacer. Esto podría explicar
por qué el efecto Bruce sirve desde el punto de vista de la hembra. La
otra opción que le queda a la hembra abandonada es soportar su situación
y criar el hijo ella sola. Esta medida le compensará especialmente si el
hijo ya es bastante grande. Cuanto mayor sea, más habrá invertido en él y
menos le restará para finalizar el trabajo de criarlo. Aun si es bastante
pequeño, podría todavía compensarle el tratar de salvar algo de su inversión
inicial, aun cuando tenga que trabajar el doble para alimentarlo después que
el macho la ha abandonado. A ella no le sirve de consuelo el saber que la
criatura contiene la mitad de los genes del padre y que podría vengarse de
él abandonándola. No sirve un acto de venganza por la venganza misma. La
criatura porta la mitad de los genes de la madre, y ahora el dilema la
afecta sólo a ella. Paradójicamente, una política razonable a seguir por una hembra
que se encuentre en peligro de ser abandonada, podría ser la de
abandonar al macho antes de que éste lo haga. Ello podría compensarla,
aun si ella ha invertido más en la criatura que el padre. La
desagradable verdad es que, en ciertas circunstancias, la ventaja favorece al miembro de la pareja que abandona
primero, ya se trate del padre o de la madre. Según Trivers lo expone, el
compañero que queda atrás se ve enfrentado a un duro aprieto. Es un
argumento bastante horrible pero muy sutil. Se podría esperar que un padre o madre
desertara en el momento en que es posible para él o para ella decir lo
siguiente: «Esta criatura está bastante desarrollada para que cualquiera de
nosotros pueda terminar de criarla. Por lo tanto, me compensaría hacer
abandono en este momento, siempre que esté seguro de que mi compañero no
lo abandonará también. Si yo me voy ahora, mi compañero hará lo que sea
mejor para sus genes. Se verá forzado a tomar una decisión mucho más
drástica que la que estoy tomando yo ahora, porque yo ya no estaré
presente. Mi compañero "sabrá" que si él (o ella) también lo abandona,
la criatura seguramente morirá. Por lo tanto, suponiendo que mi compañero tome la decisión que le
convenga más a sus genes egoístas, llego a la conclusión de que mi mejor
curso de acción es abandonarlo primero. Ello es especialmente cierto, ya que
mi compañero puede estar "pensando" lo mismo que yo y puede tomar la
iniciativa de abandonarme en cualquier instante.» Al igual que en las otras
ocasiones, el soliloquio subjetivo tiene sólo la intención de ilustrar el
tema tratado. El punto importante radica en que los genes para abandonar
primero podrían ser seleccionados favorablemente, sólo por la razón de que
los genes para abandonar después no lo serían. Hemos considerado algunas de las posibilidades que
tendría una hembra que ha
sido abandonada por el macho. Pero todas ellas tienen el aspecto de buscar
la mejor solución a un mal asunto. ¿Hay algo que la hembra pueda hacer para
reducir, en primer lugar, el grado de su explotación por parte del macho?
Tiene una poderosa carta en su mano. Puede negarse a copular. Ella se
encuentra en demanda, en el mercado del vendedor. Ello se debe a que trae la
dote de un óvulo grande y nutritivo. Un macho que copula con éxito gana una
valiosa reserva de alimento para su descendiente. La hembra se encuentra,
potencialmente, en condiciones de regatear duro antes de copular. Una vez
que lo ha hecho ya ha jugado su as: su óvulo ha sido confiado al macho. No
está mal hablar de duros regateos, pero sabemos muy bien que no es así. ¿Hay
alguna forma realista en la cual algo equivalente a un duro regateo pueda desarrollarse en la selección natural? Consideraré dos posibilidades principales, denominadas la
estrategia de la felicidad
conyugal y la estrategia del macho viril. La versión más simple de la estrategia de la felicidad conyugal es la
siguiente: la hembra examina a los machos y trata de descubrir signos de
fidelidad y de domesticidad por adelantado. Tiende a haber variaciones en
la población de machos en cuanto a su predisposición a ser maridos fieles.
Si las hembras pudieran detectar tales cualidades de antemano, se podrían
beneficiar escogiendo a aquellos machos que poseyesen tales características.
Una manera que tiene la hembra de probar al macho es no ceder a los
requerimientos de este último durante un largo periodo, ser esquiva.
Cualquier macho que no tenga bastante paciencia para esperar hasta que la
hembra, al fin, consienta en copular, no tiene muchas posibilidades de
resultar una buena apuesta en lo referente a que sea un marido fiel. Al
insistir en un prolongado período de compromiso, una hembra elimina a los
aspirantes informales y finalmente sólo copula con un macho que ha
demostrado de antemano sus cualidades de fidelidad y perseverancia. Entre
los animales es un hecho muy frecuente que las hembras se muestren esquivas
y que se den prolongados periodos de cortejo o de compromiso. Como ya hemos
visto, un compromiso de larga duración puede también beneficiar al macho en
las situaciones en que existe el peligro de ser engañado para que cuide a
los hijos de otro macho. |