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  Desde la instauración, en 1985, del Premio Marqués de Bradomín para Jóvenes Autores se ha venido hablando de una denominada "Generación Bradomín". Este hipotético grupo estaría formado por todos aquellos que lo ganaron en las sucesivas ediciones o que sólo pudieron lograr algún accésit. Es muy poco probable que salvo, las coincidencias en la edad, podieran proponerse rasgos comunes a la escritura de estos jóvenes. Bien es cierto que, al menos en una larga fase del premio, los jurados optaron por premiar textos que se apartaran decididamente de las propuestas dramáticas tradicionales, es decir, simplificando mucho, de aquellas propuestas que siguen una estructura tradicional realista. Quizá éste sea el único aspecto común a todos los bradomines, pero que apenas sirve para caracterizarlos porque esa ruptura, en el caso en que verdaderamente la hubiera, tenía orígenes y cristalizaciones teatrales muy diversas.

Antonio Álamo fue uno de los primeros galardonados con el premio y, efectivamente, La oreja izquierda de Van Gogh respondía a los estereotipos vanguardistas de finales de los ochenta: fragmentarismo narrativo, climas densos y obsesivos, discurso poético, seudodiálogos que esconden una larga proliferación de monólogos, texto absolutamente abierto a cualquier tratamiento escénico... Artaud, Heiner Müller, Genet, Kantor...

La marcha posterior de Álamo, siempre desde posiciones contraculturales políticas y filosóficas, fue decantando hacia modos más dramáticos -en el sentido tradicional-, hacia un escritura más teatral en sí misma, menos dependiente de su formalización escénica concreta. "He evolucionado mucho desde La oreja izquierda de Van Gogh. He explorado muchísimas formas distintas, he experimentado. Aquella era una obra muy literaria y ésta [Caos] tiene una mayor conciencia dramática."

Directo e irónico a la vez, simbólico y cotidiano, Álamo recurre a los pequeños pliegues de la Historia para destruir la propia Historia y, de rechazo, cuestionar las fundamentos mismo de la civilización contemporánea. Los informes médicos reales de algunos de los líderes políticos del siglo XX le dan pie a una visión tremebunda del siglo, el cual se vislumbra a merced de una irracional dialéctica entre la enfermedad y el azar (Los enfermos). La cena de los científicos y militares norteamericanos relacionados con la bomba atómica, el día que explotó sobre Hirosima, provoca en el lector un escalofrío semejante al de la obra anterior (Los borrachos).

En sus últimas producciones, especialmente en Caos, a partir incentivos autobiográficos concretos, parece explorar submundos marginales, siempre referidos a sus propios hitos contraculturales y sin abandonarse en las simples coordenadas del realismo.

 

 

Los enfermos