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José
Sanchis Sinisterra, "Una poética de la sustracción",
El Cultural 27-6-99
El "caso Cunillé" se empieza a convertir en síntoma
alarmante de la actual situación del teatro catalán (y del
español, dado el bilingüismo de su producción). Mientras
nuestros mejores directores despliegan su talento sazonando de modernidad
Shakespeare, Moliére, Goldoni... y los teatros públicos
se inventan dramaturgos autóctonos e importan musicales extranjeros,
los textos de Lluïsa Cunillé se acumulan implacablemente,
salvo esporádicas excepciones, como testigos de una impresionante
vocación dramatúrgica que ninguna indiferencia ambiental
podrá apagar.
Quiero empezar insistiendo en esta tozuda fecundidad (...) porque dice
mucho del rigor, del compromiso y de la honestidad de esta autora que,
como todos los verdaderos creadores, escribe empujada por una profunda,
perentoria necesidad interior. Escribe porque no puede evitarlo, porque
no puede dejar de hacerlo: escritura y vida se reclaman, se exigen mutuamente.
Así como ella no necesita reconocimientos exteriores, tampoco su
escritura depende de ellos. Mana inconteniblemente del mismo centro que
la hace vivir. Veámoslo.
Cuando conocí a Lluïsa Cunillé, en 1989, ya había
escrito "unas diez obras" además de otras diez en colaboración
con su hermana María Rosa. De todas estas obras, la única
que pude conocer por haber sido presentada infructuosamente al Premio
Calderón de la Barca -yo formaba parte del jurado- fue El hermano
menor del señor K. Un texto complejo, enigmático, quizá
también confuso, pero que revelaba un sentido de la teatralidad
bien alejada del esquematismo, de la obviedad y los convencionalismos
y/o rupturistas ingenuos que caracterizan al dramaturgo incipiente.
Que dos jóvenes de Badalona, sin conexiones con ningún
ambiente teatral o amateur, con escasas lecturas dramáticas contemporáneas
y, parece ser, muy poco familiarizadas con la brillante cartelera teatral
barcelonesa de aquellos años, hubieran escrito una obra tan insólita,
resultaba, al menos, desconcertante.
Invitadas las dos a participar en el seminario de Dramaturgia de la sala
Beckett que en aquellos momentos iniciaba su segunda convocatoria, sólo
Lluïsa se presentó, y en los tres años siguientes realizó
unos cuarenta ejercicios de escritura dramática, algunos de ellos
con extensión de verdaderas piezas breves. Pese a que aquellos
ejercicios se caracterizaban por someter la creatividad a una serie de
pautas y "contraintes" dramatúrgicas a menudo irritantes
-en las antípodas de la libertad expresiva-, los escritos por Cunillé
siempre conseguían mantener una especificidad no menos "irritante",
una personalidad invulnerable, inconfundible. Respetando y al mismo tiempo
esquivando las "contraintes", su particular poética se
mantenía incólume e incluso se consolidaba en aquellos pequeños
mundos dramáticos pasando por el humor y el misterio. Humor a menudo
imperceptible, misterio a menudo intrascendente, pero dotados de un innegable
poder de sugestión. La austeridad y el laconismo característicos
de su talante personal se transmutaban en rasgos estilísticos de
su teatralidad.
Y lo más paradójico: si en los planteamientos teóricos
y técnicos del seminario se instaba a los jóvenes dramaturgos
a dosificar la información verbal, a velar por lo explícito
de los personajes y situaciones, a permitir la actividad descifradora
del receptor mediante la alusión, lo implícito, lo que no
se dice..., con Lluïsa el "discurso didáctico" debía
ir en dirección contraria: "¿No podrías dar
alguna pista más?".
Hoy en día, ésta continúa siendo la cuestión
central que define el "estilo Cunillé" y que polariza
la reacción de lectores y espectadores delante de sus obras. De
una manera bastante notoria, se produce una división entre la aceptación
incondicional y el rotundo rechazo: entre aquellos que se sienten cautivados
por el mundo de sugerencias que late bajo sus leves intríngulis
dramatúrgicos, y aquellos que, bloqueados ante la parquedad de
sus mundos escénicos, sentencian: "No pasa nada. Esto no es
teatro". [...]
En las 22 obras (iveintidós!) escritas por Lluïsa Cunillé
desde 1991 hasta hoy que redacto estas páginas, "su poética
de la sustracción", como propongo llamarla, ha sido aplicada
a diferentes zonas de la teatralidad con resultados también diversos.
Desde la oclusión total del referente y/o del contexto situacional,
que vuelve francamente crípticos algunos textos -pero no por eso
faltos de humor, de lirismo, de dramaticidad, de intriga...-, hasta la
renuncia a desvelar, en otros textos, los antecedentes o la motivación
de los personajes, la conexión entre las diversas escenas que constituyen
una obra, el grado de realidad de una situación, el destinatario
de la palabra, la veracidad de una información o de una confesión
y, sobre todo, la naturaleza de los vínculos afectivos y la intensidad
subterránea de las emociones y sentimientos, su producción
realiza una sutil e implacable exploración de los límites
de la opacidad. A todo esto hay que añadir la renuncie a lo espectacular
y la extremada economía dramatúrgica, que caracterizan también
su poética "sustractiva". [...]
Velar para revelar, para que el espectáculo de la vida humana no
sea exhibido, ostentado desde la escena, sino al contrario, descubierto
gradualmente desde la sala [...]. De aquí viene que los conflictos
permanezcan enterrados, los deseos retenidos y los estallidos contenidos
justo al lado de su desencadenamiento. De aquí que la banalidad
cotidiana discurra sin aspavientos, sin permitir apenas adivinar el sordo
respirar de la tragedia "escondida".
Es, no lo olvidemos, un teatro femenino, una escritura de mujer.
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