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Care Santos
"Alrededor de Lluïsa Cunillé". El Cultural 27-6-99
Lluïsa Cunillé fue una alumna aventajada de José Sanchis
Sinisterra. El dramaturgo cuenta que cuando conoció a su pupila,
le sorprendió sobremanera encontrarse con una mujer que sin experiencia
ni relación con el mundo del teatro llevaba escritas diez obras,
prueba de su gran instinto dramático. De caracter reservado -tiene
por norma no conceder entrevistas- Cunillé ha estrenado en pequeños
y grandes teatros de Barcelona. Precisamente, pasado mañana abre
el apartado teatral del Festival Grec con La cita, pieza que
viajará al Festival de Edimburgo, el próximo 16 de agosto,
en lo que será su presentación internacionál.
Lluïsa Cunillé es una dramaturga prolífica y de las
que consigue llevar a escena sus obras, que no es poco: desde que en el
91 estrenara por primera vez uno de sus títulos, Rodeo,
ha subido a los escenartos otras 13. Y son sólo la punta del iceberg,
porque ni los que la conocen bien saben exactamente cuántos textos
terminados guarda en el cajón. Tiene una merecida fama de autora
difícil, minimalista, para un público pequeño. Y
también de persona tímida, retraída, que odia hacerse
fotos, hablar de su trabajo y que siente pavor a hablar en público.
Sus textos no están lejos de los de Pinter o de los de Beckett.
No falta quien piensa que su personalidad, en cambio, la acerca a Salinger.
Pese a tales antecedentes, en "El Cultural" nos aventuramos
a intentar un acercamiento. Nos colamos en un ensayo de La cita,
en los locales que la compañía Vol-Ras tiene en el barrio
de Poble Sec, en Barcelona. Lluïsa Cunillé abre el Grec de
Barcelona con esta obra, interpretada por un magnífico equipo de
actores -Lourdes Barba, Manel Barceló, Alfred Luchetti, Lina Lambert,
Óscar Molina y Roger Coma- y bajo la batuta de Xavier Albertí,
nada menos que el director del festival. El estreno se anticipa unas semanas
al del Festival Internacional de Edimburgo gracias a una coproducción
entre los dos certámenes. Cunillé será la única
representación española en la edición oficial del
certamen británico. Por la misma razón, también en
el escenario del Mercat y en las mismas fechas, se podrá ver L'especulador
(El especulador), de David Greig, el máximo representante
de la joven dramaturgia escocesa.
En la sala de ensayo descubrimos a la autora sentada en un banco contra
la pared, vestida de negro, parapetada tras unas gafas de concha. Sus
amigos cuentan que le gusta asistir a los ensayos, observar en silencio
el trabajo de los actores y del director. También dicen que Cunillé
siente predilección por los rincones (los etólogos opinan
que la predilección del ser humano por las esquinas es como un
resto arqueológico de nuestro instinto de defensa animal. Quién
sabe).
"No hago excepciones"
Trato de hablar con ella. Un par de conversaciones telefónicas
ya me han puesto sobre aviso de que jamás habla de su escritura.
Ahora, cara a cara, concibo falsas esperanzas y le pido que me hable del
trabajo de Xavier Albertí, quien no sólo es su amigo y el
director de la obra, sino la persona a quien está dedicada. Hemos
salido de la sala y aguardamos a que la fotógrafa tenga listo el
escenario donde Luïsa ha accedido -con la mediación de Albertí-
a dejarse fotografiar. Por un momento, quiero pensar que sopesa la posibilidad
de acceder. Pronto se disipan las esperanzas: "nunca hago excepciones",
dice. Tampoco en esta ocasión. Bien, lo entendemos (¿Lo
entendemos?).
Le pregunto por el estado de salud de la compañía L'Hongaresa,
en la que la autora lleva a escena, junto a Paco Zarzoso, algunas de sus
piezas desde 1993. Se lleva la mano a la frente, parece nerviosa. Quiere
saber si esta pregunta se la hago a título personal. ¡Pues
claro!, especifico (y es la verdad: era pura curiosidad). Responde una
frase ambigua, trisílaba y mira inmediatamente hacia otro lado.
Decido retirarme: qué absurda entrevista sin palabras es ésta.
Así que mejor pensar en otra fórmula para hablar de Cunillé
y de su extensa producción. ¿Por qué no a través
de las miradas ajenas, de las palabras de quienes mejor la conocen? Después
de todo, no somos sino lo que los demás ven en nosotros.
A José Sanchis Sinisterra debe la autora gran parte de sus influencias
literarias. Gracias a los seminarios de Dramaturgia que el autor impartió
en la Sala Beckett, el dramaturgo pulió su natural talento dramático
y leyó por vez primera a autores como David Mamet, Samuel Beckett,
Harold Pinter o Raymond Carver. En definitiva, compartió las deudas
literarias de Sanchis y se contagió de sus mismas pasiones. Y otro
hombre muy cercano al dramaturgo, Luis Miguel Climent -alma, corazón
y vida de la Sala Beckett durante años- fue el primero en montar
un texto suyo: Rodeo, que se estrenó en el Mercat de las
Flors en la temporada 1991-92.
Ambigüedad
Sorpresa: cuando escarbamos en las hemerotecas descubrimos que, en octubre
del 92, Cunillé se pronunció ante los periodistas acerca
de su texto. "Es una obra intuitiva y cotidiana, en la que me apetecía
hablar del paso del tiempo y de la ambigüedad", comentaba en
aquella ocasión, refiriéndose a Rodeo. Parca declaración
que, sin embargo, explicaba dos constantes de su teatro posterior: la
ambigüedad y la preocupación por el paso del tiempo. Pero
también unas palabras que le decidieron, a partir de entonces,
a adoptar el posicionamiento de no hablar públicamente de su trabajo.
Pero, ¿hasta dónde lleva esta postura? ¿Tampoco en
los ensayos se pronuncia? Sanchis Sinisterra cuenta que "jamás
comentaba sus ejercicios en las clases de dramaturgia pero los hacía
todos, era muy disciplinada".
"Lluïsa tiene unos ojos que lo observan todo", añade
Doménech Reixach, director del Teatro Nacional de Cataluña,
"están constantemente retratando su entorno. Por eso habla
poco". El de Reixach es otro nombre clave en la carrera dramática
de Cunillé. En su anterior etapa profesional, como director del
Centre Dramátic de la Generalitat, Reixach estrenó en el
teatro Romea La festa (La fiesta). Y añade:
"Lluïsa establece una enorme complicidad con el director. Asiste
a los ensayos, no con la voluntad de supervisar, ni corregir, sino de
apoyar y aprender. Opina si se lo piden. Pero, sobre todo, lo que ella
hace es trabajar, trabajar mucho".
Talento y rigor
Y es que, de tener que destacar dos características del trabajo
de Cunillé, todas las voces coinciden en el talento innato y el
rigor. El primero sorprendió a todos en una joven que escribía
de forma compulsiva, en coautoría con su hermana María Rosa
-fallecida el pasado año- y sin apenas conocimientos de teatro
-alguna vez estudió cine en una escuela privada, pero al parecer
no pisó universidad alguna-.
El segundo sigue asombrando a sus íntimos: "Lluïsa escribe
ocho horas diarias durante todo el año", explica Xavier Albertí,
"la escritura es, hoy por hoy, su actividad profesional básica.
Aunque de todo lo que escribe, sólo da por buena una pequeña
parte. El resto lo guarda, lo tira o lo recupera parcialmente. Yo calculo
que si no tirara nada tendría escritas unas 40 obras. Pero de esas,
tal vez habrá dado por buenas 20".
Es fácil intuir la pasión que late en la relación
de esta mujer con la escritura. No sólo disfruta concibiendo textos
por encargo, sino que escribe indistintamente en catalán y en castellano,
en un caso notable de bilingüiismo que surgio cuando Sinisterra la
instó a escribir en catalán después de observar que,
pese a expresarse principalmente en catalán, escribía siempre
en castellano.
De vez en cuando escribe con Paco Zarzoso, quien además de autor
es fundador, director y actor de la compañía L'Hongaresa.
Las puestas en escena del grupo se alimentan, desde su nacimiento, de
textos de Cunillé (Vacantes, L'afer) y han estrenado
dos obras escritas a cuatro manos: Intempèrie y Vigilia.
Según Zarzoso, "no premeditamos escribir para la compañía
L'Hongaresa, cada proyecto surge de un impulso diferente. En Intemperie
yo tenía un monólogo y ella decidió sumar otro suyo.
En Vigilia, en cambio, hay diálogos que funden las dos
escrituras. En realidad, sólo hay un impulso: el querer escribir
juntos. A partir de ahí buscamos fórmulas para hacerlo".
El joven dramaturgo se atreve a valorar su evolución, que ha vivido
muy de cerca: "Creo que la forma va desapareciendo de sus textos.
Y eso hace que surja una voz más propia, que tiene más que
ver con el ingenio, con la poesía. Pero sus temas se mantienen".
Silencios y ambigüedades
Xavier Alberti, que ya ha dirigido cuatro obras de la autora, opina
que La cita "es uno de sus mejores textos. En él,
Lluïsa traza unos personajes muy profundos y demuestra una capacidad
de inmersión en sus mundos extraordinaria". Pero, ¿qué
es La cita? En primer lugar, un teatro que no se lo pone fácil
al espectador, donde lo que no se dice es más importante que lo
explícito, plagado de silencios y ambigüedades. Un teatro
que, según Reixach, "no se basa en la anécdota sino
que profundiza en el alma de las personas y que no envejece, sino que
gana con el tiempo, como los buenos vinos". Pero, a la vez, un teatro
que pone fácil al espectador "identificarse con los personajes,
que genera enorme tensión dramática a través de pequeñas
tragedias, no de grandes conflictos. Son las palabras las que generan
su propio paisaje escénico", añade Albertí.
¿Cuál es, entonces, el concreto paisaje escénico
de esta obra? Un empresario que viaja vive diferentes citas a lo largo
de cinco escenas que suceden en espacios tan diversos como un parque público,
una relojería, un fotomatón, un cine antiguo o una estación
de metro. Pero, en realidad, la verdadera cita es consigo mismo.
Para ubicarlo escenográficamente, Roy ha diseñado un espacio
blanco poblado por módulos polivalentes. A la vez, un compositor
electroacústico -Albert Llanes- y un sonidista -Albert Toda- han
confeccionado una banda sonora en base a las grabaciones efectuadas en
escenarios reales. Al hablar del resultado final, Alberti afirma, sin
complejos: "Creo que es mi mejor trabajo".
Otros directores que también han representado sus textos lo ratifican:
"Desde luego", afirma Joan Ollé -actual director del
Sitges Teatre Internacional- "si alguno de nosotros ha entendido
y explicado a Lluïsa Cunillé, es Xavier Alberti". Ollé,
que llevó a escena Accident y Apocalipsi, habla
de "complicidad", "contemporaneidad" al referirse
a la autora. Sin embargo, para Ollé, La cita es "un
texto más dentro de un camino de insistencia y evolución,
con la diferencia de que puede llegar a un público más ampilo
que otros". Considera que la autora "no ha aprendido a escribir
su teatro yendo al teatro, precisamente, sino leyendo novela, pensamiento,
o yendo al cine".
Personaje misterioso
Y por último, rompe el encanto del personaje misterioso que parecía
ya construido: "Eso de la cerrazón de Lluïsa es un mito.
Es una persona normal, agradable, que viene a todos los ensayos y se pronuncia.
Yo, en lugar de mirar a la escena, la miro a ella. Cuando sonríe,
sé que todo va bien".
Ahora bajemos la voz y cedamos la palabra a esta reservada mujer que se
ha negado, incluso, a escribir algo para el programa de mano de La
cita. En 1993, en cambio, se pronunciaba con estas esclarecedoras
palabras en el programa de La festa: "Siempre me ha parecido
que la persona menos indicada para explicar una obra es quien la ha escrito
-por lo menos es lo que me pasa a mí, no sé qué decir
que no haya dicho en la misma obra a través de la escenografía,
los diálogos, los ruidos, los silencios... Aunque sólo sea
sobre un papel. Y ahora, tan cerca del estreno, soy consciente de que
esta obra se ha ido haciendo poco a poco entre todos los que, de un modo
u otro, estamos implicados en ella. Ya no es sólo mía, aunque
yo la empezara".
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