Cuando en el curso de los acontecimientos humanos se
hace necesario para un pueblo disolver los vínculos políticos que lo
han ligado a otro y tomar entre las naciones de la tierra el puesto
separado e igual a que las leyes de la naturaleza y el Dios de esa naturaleza
le dan derecho, un justo respeto al juicio de la humanidad exige que
declare las causas que lo impulsan a la separación.
Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos
los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos
derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y
la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen
entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del
consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de
gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el
derecho a reformarla o abolirla e instituir un nuevo gobierno que se
funde en dichos principios, y a organizar sus poderes en la forma que
a su juicio ofrecerá las mayores probabilidades de alcanzar su seguridad
y felicidad. La prudencia, claro está, aconsejará que no se cambie
por motivos leves y transitorios gobiernos de antiguo establecidos;
y, en efecto, toda la experiencia ha demostrado que la humanidad está
más dispuesta a padecer, mientras los males sean tolerables, que a hacerse
justicia aboliendo las formas a que está acostumbrada. Pero cuando una
larga serie de abusos y usurpaciones, dirigida invariablemente al mismo
objetivo, demuestra el designio de someter al pueblo a un despotismo
absoluto, es su derecho, es su deber, derrocar ese gobierno y establecer
nuevos resguardos para su futura seguridad. Tal ha sido el paciente
sufrimiento de estas colonias; tal es ahora la necesidad que las obliga
a reformar su anterior sistema de gobierno La historia del actual
Rey de la Gran Bretaña es una historia de repetidos agravios y usurpaciones,
encaminados todos directamente hacia el establecimiento de una tiranía
absoluta sobre estos estados. Para probar esto, sometemos los hechos
al juicio de un mundo imparcial.
(Aquí los colonos exponen unos 25 agravios concretos
de que acusan al monarca británico. Entre otras cosas... se ha negado
a dar su asentimiento a las leyes necesarias para el bien público; [nos
ha impuesto] "contribuciones sin nuestro consentimiento",
etc.)
En cada etapa de estas opresiones, hemos pedido justicia
en los términos más humildes: a nuestras repetidas peticiones se ha
contestado solamente con repetidos agravios. Un Príncipe, cuyo carácter
está así señalado con cada uno de los actos que pueden definir a un
tirano, no es digno de ser el gobernante de un pueblo libre.
Tampoco hemos dejado de dirigirnos a nuestros hermanos
británicos. Los hemos prevenido de tiempo en tiempo de las tentativas
de su poder legislativo para englobarnos en una jurisdicción injustificable.
Les hemos recordado las circunstancias de nuestra emigración y radicación
aquí.
Hemos apelado a su innato sentido de justicia y magnanimidad,
y los hemos conjurado, por los vínculos de nuestro parentesco, a repudiar
esas usurpaciones, las cuales interrumpirían inevitablemente nuestras
relaciones y correspondencia. También ellos han sido sordos a la voz
de la justicia y de la consanguinidad. Debemos, pues, convenir en la
necesidad, que establece nuestra separación y considerarlos, como consideramos
a las demás colectividades humanas: enemigos en la guerra, en la paz,
amigos.
Por lo tanto, los Representantes de los Estados Unidos
de América, convocados en Congreso General, apelando al Juez Supremo
del mundo por la rectitud de nuestras intenciones, en nombre y por la
autoridad del buen pueblo de estas Colonias, solemnemente hacemos público
y declaramos: Que estas Colonias Unidas son, y deben serIo por derecho,
Estados Libres e Independientes; que quedan libres de toda lealtad a
la Corona Británica, y que toda vinculación política entre ellas y el
Estado de la Gran Bretaña queda y debe quedar totalmente disuelta; y
que, como Estados Libres o Independientes, tienen pleno poder para hacer
la guerra, concertar la paz, concertar alianzas, establecer el comercio
y efectuar los actos y providencias a que tienen derecho los Estados
independientes.
Y en apoyo de esta Declaración, con absoluta confianza
en la protección de la Divina Providencia, empeñamos nuestra vida, nuestra
hacienda y nuestro sagrado honor.
Texto
en inglés con edición facsímil de la Declaración.