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El retraso mental es un término que se usa cuando
una persona tiene ciertas limitaciones en su funcionamiento
mental y en destrezas tales como aquéllas de
la comunicación, cuidado personal, y destrezas
sociales. Estas limitaciones causan que el niño
aprenda y se desarrolle más lentamente que un
niño típico.
De esta primera aproximación se deduce que el
término retraso mental se asocia a dos importantes
características: las limitaciones intelectuales
o mentales y los problemas de adaptación. La
American Academy of Child and Adolescent Psychiatry
defiende esta postura y advierte sobre el hecho de que
algunos piensan que el retraso mental sólo es
diagnosticable cuando el sujeto presenta bajos niveles
de cociente intelectual, cuando además de éstos,
debe presentar problemas considerables en su adaptación
a la vida diaria.
Siguiendo esta línea, es ya a comienzos del
siglo XX cuando se aborda la definición del retraso
mental sobre la base de dos criterios independientes:
el nivel intelectual y la adaptación social.
En cuanto al primer criterio, son numerosos los autores
que ofrecen definiciones sobre la debilidad mental o
la insuficiencia mental que van a caracterizar al alumno
o sujeto con retraso mental. En definitiva, una deficiencia
intelectual que supone un déficit en el desarrollo
de las funciones intelectuales, es decir, un déficit
en las capacidades de conocimiento, juicio y raciocinio
como afirman Vial, Paisancel y Beaovais.
El segundo aspecto se refiere a las dificultades que
van a presentar los alumnos con retraso mental en todo
aquello que tiene que ver con la competencia social.
Este término se puede traducir en un espectro
que abarca desde la consideración que el deficiente
mental es incompetente para vivir de forma autónoma
hasta el hecho de que no va a poder integrarse plenamente
en la comunidad humana, viéndose afectada por
ello, el desarrollo de su personalidad.
Se constata, pues, un cambio en el concepto de retraso
mental. Así, durante la primera mitad del siglo
XX, el retraso mental se consideraba un rasgo absoluto
del individuo, imperando en su explicación y
tratamiento concepciones biologicistas y psicométricas
que ofrecían una evaluación centrada casi
exclusivamente en la puntuación de CI, criterio
que servía no sólo para hacer el diagnóstico,
sino también para establecer la categoría
dentro de la cual se encontraba el individuo.
Entre los años 60 y 80, tienen lugar una serie
de cambios en la definición del retraso mental
que van a sentar las bases de la nueva concepción,
ya en 1992. Estos cambios son dos, fundamentalmente:
La incorporación del concepto de conducta adaptativa
como parte de la definición, y su peso cada vez
mayor en el diagnóstico.
Desechar la noción de permanencia a lo largo
de toda la vida como parte del concepto, valorando así
su carácter relativo.
En 1992, la Asociación Americana sobre retraso
mental adopta una definición de retraso mental
ampliamente aceptada y extendida en los últimos
años. Supone modificaciones tan sustanciales
respecto a anteriores concepciones que se la puede calificar
de cambio de paradigma. Entre sus principales características
se encuentran las siguientes:
1. El retraso mental ya
no se considera un rasgo absoluto del individuo, sino
una expresión de la interacción entre
la persona con un funcionamiento intelectual limitado
y el entorno en el que se encuentra, evidenciando así
un marcado carácter interactivo.
2. La tarea de los profesionales
no va a ser diagnosticar y clasificar a los individuos
con retraso mental en virtud de su CI, sino evaluar
multidimensionalmente individuo y contexto y a partir
de esta evaluación, determinar los apoyos que
necesita.
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