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La deficiencia visual, en cualquiera de sus manifestaciones,
además de las limitaciones visuales que conlleva,
trae aparejadas otras alteraciones cuya gravedad dependerá
de factores tan importantes como el momento de adquisición,
el grado de pérdida o los restos visuales que
mantenga. La falta de visión y las alteraciones
asociadas influyen decisivamente en el desarrollo evolutivo
del niño, afectando en grado diferente a las
distintas áreas de desarrollo.
Desarrollo perceptivo
Las limitaciones visuales características del
niño deficiente visual repercuten notoriamente
en su experiencia sensorial. El niño ciego, al
carecer de visión, desarrolla otros sistemas
perceptivos como las sensaciones auditivas, el tacto
o sistema háptico, el sentido térmico
de la piel o las sensaciones olfativas.
La información del entorno la recibe a través
del sistema somatosensorial, que aúna sensaciones
relativas al tacto, la presión, el dolor y la
temperatura, el sistema propioceptor, que recoge información
de las articulaciones, el sistema vestibular, el sistema
auditivo y de los sentidos químicos del olfato
y el gusto.
El sistema háptico se convierte en elemento
indispensable y se define como un tacto activo e intencional
que implica al niño en el movimiento de la búsqueda,
diferente en concepto del tacto pasivo o capacidad de
buscar información sin intención. Sus
receptores son músculos y tendones que, junto
con el sistema propioceptor, proporcionan al niño
información sobre el movimiento, equilibrio e
información articulatoria.
Este sistema háptico permite al ciego obtener
un conocimiento espacial que sólo puede limitarse
al espacio cercano, es decir, aquel que puede abarcar
con los brazos y al que tiene acceso mediante el tacto
activo.
El sistema auditivo, por otro lado, permite al invidente
discriminar sonidos, localizar y detectar obstáculos
e identificar personas y objetos.
Ahora bien, mientras que el niño vidente pronto
se hace consciente de su entorno, estableciendo experiencias
directas con él, el niño ciego, percibe
el ambiente como fragmentos limitados, inconsistentes
y discontinuos y no tienen para él ni el mismo
valor ni la misma función estimuladora que para
el niño visualmente normal. Mientras que los
ojos son estimulados por el mero hecho de estar abiertos,
las manos, como órgano táctil, tienen
que ser activadas intencionalmente y además su
campo de acción se limita al espacio comprendido
entre los brazos y la punta de los dedos.
Por otra parte, las experiencias táctiles tienen
las limitaciones derivadas de la necesidad de contacto
directo con el objeto y muchos objetos son por sí
mismos inaccesibles al tacto, como el sol o las nubes,
o son demasiado grandes (montañas, edificios)
o demasiado pequeños y frágiles (hormigas,
pompas de jabón), por lo que su conocimiento
es imposible a través de una vía directa.
En algunas ocasiones, el objeto sólo posee unas
partes accesibles al tacto, mientras que otras permanecen
inalcanzables (árboles, animales muy grandes
como el elefante), lo que provoca que las personas ciegas
posean sólo un conocimiento parcial de los objetos
(de aquella parte que pueden tocar). Esta dificultad
sensorial se extrema cuando tiene que realizarse el
proceso de integración perceptiva pues la percepción
táctil precisa un periodo de exposición
estimular lo bastante prolongado para realizar primero
un proceso secuenciado de diferenciación (a través
de la palpación activa) para una posterior integración
del objeto como un todo (cognición).
Desarrollo motor
La deficiencia visual aparece asociada a un claro retraso
en la consecución de destrezas de la movilidad,
más por factores motivacionales que por inmadurez
o incapacidad para realizarlas, pero que provocan falta
de desarrollo muscular e hipotonía.
Las dificultades y retrasos mencionados con relación
al desarrollo perceptivo influyen en la evolución
del desarrollo motor. El sistema háptico se convierte,
tal y como ya se ha dicho, en el conocimiento sensorial
del niño, por lo que será necesario trabajar
la motricidad fina y la coordinación bimanual
y oído-mano.
Los rasgos y expresiones faciales también son
reducidos. Su cara no expresa atención, intriga,
indecisión, etc., ya que no tiene ningún
objeto de fijación visual que pueda provocar
estas expresiones. Para el niño ciego el principal
factor determinante de la sonrisa es la voz conocida
y las sensaciones táctiles que le son familiares.
Desarrollo comunicativo-lingüístico
El lenguaje en los niños ciegos presenta importantes
retrasos en su adquisición. Hasta los 7 meses
el desarrollo es normal, pero poco a poco las vocalizaciones
disminuyen por la ausencia de estímulos visuales,
estímulos que en un niño normal son desencadenantes.
La diferencia surge porque el niño normal cuando
nombra un objeto dispone previamente de su imagen en
el cerebro, pero el niño ciego sólo tiene
experiencias audio-táctiles que en muchas ocasiones
son inaccesibles para el sentido de la palabra.
Esto sucede con frecuencia con palabras relativas a
conceptos visuales como los colores, sensaciones de
luz o aquellas palabras que designan objetos inabarcables.
Esta tendencia, que supone que el deficiente visual
utilice palabras aunque desconozca su significado, se
conoce como verbalismo y genera que el niño ciego
acabe por crear una imagen incorrecta o confusa del
mundo que le rodea.
Desarrollo cognitivo
El desarrollo intelectual no tiene por qué verse
disminuido. La pérdida de información
visual tiene que suplirse potenciando otros canales,
sobre todo el auditivo y el táctil. Un planteamiento
educativo adecuado y la dotación humana y material
necesaria consiguen obtener el máximo desarrollo
de las capacidades que el niño posea.
La representación del conocimiento en los niños
ciegos se realiza a través del sistema háptico.
Construyen imágenes a través del código
háptico, permitiéndoles acceder directamente
al léxico interno sin pasar por el código
fonológico.
La función simbólica, que en el niño
vidente aparece a los 18 meses, en un niño con
deficiencia visual aparece con retraso, siendo la imitación
una de sus más severas limitaciones. Sin embargo,
este retraso suele igualarse alrededor de los 6 años.
Una de las mayores dificultades del niño ciego
es el conocimiento del espacio lejano, dificultades
que afectan al desarrollo de su esquema corporal y la
comprensión de conceptos espaciales.
Desarrollo socioafectivo
El niño ciego tiene un reducido repertorio de
conductas que le sirvan para identificar un intercambio
social, debido fundamentalmente a que sus signos faciales
son reducidos y que tienen que producirse situaciones
familiares, como una voz o sensaciones táctiles
conocidas, para que discrimine la situación como
propia de intercambio o relación entre iguales
o con los demás.
Estos signos afectivos son una señal clara de
que existen procesos cognitivos que se traducen en conductas
preferenciales por unas u otras personas y que se realizan
a través de una discriminación táctil
y/o auditiva.
Por otro lado, la sensación de no dominar el
entorno y sus interrelaciones puede provocar actitudes
de inseguridad, aislamiento y degradación del
autoconcepto. Igualmente, pueden darse situaciones de
pasividad, pues no sienten la necesidad de tomar la
iniciativa.
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