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AUTISMO. EL ESPECTRO AUTISTA

 

El concepto de espectro autista, la consideración del autismo como un continuo de diferentes dimensiones, y no como una categoría única, permite reconocer a la vez lo que hay de común entre las personas autistas y lo que hay de diferente en ellas.

El concepto de espectro autista puede ayudarnos a comprender que, cuando hablamos de autismo y de otros trastornos profundos del desarrollo, empleamos términos comunes para referirnos a personas muy diferentes.

H, con un diagnóstico de trastorno autista (síndrome de Kanner), tiene tres años y medio. Suele ignorar por completo a las personas que le rodean, y evita de forma sistemática cualquier intento de acercamiento. No realiza ninguna actividad intencionada de relación con las personas para conseguir deseos o compartir experiencias. No atiende a llamadas ni a otros intentos de interacción lingüística. No habla. Si no se interviene de forma muy directiva sobre su conducta, dedica la mayor parte de su tiempo a sus extrañas estereotipias. Cuando se intenta evitar una conducta suya que se considera peligrosa, se golpea repetidamente la cabeza contra el suelo. No hace juegos de ficción. Presenta importantes alteraciones de sueño.

P, un chico de doce años, también tiene un diagnóstico de trastorno autista. Ha mejorado mucho desde la mitad del segundo año de vida, en que empezó a mostrar síntomas de aislamiento intenso, rígida adherencia a rutinas disfuncionales, ausencia de simbolización y lenguaje. Ahora tiene un lenguaje funcional, ocasionalmente ecolálico, con el que pide cosas y puede hacer comentarios muy lacónicos, aunque no llegue a conversar. Asiste a un colegio normal, en el que realiza actividades propias de cuarto curso de primaria, integrado en un grupo de sexto curso. No es necesario que su profesor de apoyo esté continuamente presente para que realice las actividades que se le piden en clase. Tiende a permanecer aislado en los recreos, pero no se opone a los intentos de compañeros y profesores de hacerle participar en las interacciones. Los episodios de ansiedad y gritos ante pequeños cambios ambientales, que fueron muy frecuentes anteriormente, son ahora escasos. No presenta pautas agresivas ni sabe defenderse. No se interesa por muchos asuntos de interés general, pero tiene un interés obsesivo y restrictivo por un área en el que ha acumulado muchos conocimientos: el cuerpo humano.

D es un joven de 17 años, con diagnóstico de trastorno de Asperger. Ha terminado con éxito sus estudios de enseñanza secundaria, dando comienzo a estudios profesionales de informática. Llama la atención el paradójico desequilibrio que existe entre sus altas capacidades cognitivas en muchas áreas de inteligencia impersonal y su incapacidad para asimilar las sutilezas de las situaciones sociales. Cosas tan simples como saludar pueden ser para él problemas desconcertantes. Tiene un lenguaje complejo, con el que puede conversar y realizar actividad discursiva, pero que resulta pedante y poco natural. En ocasiones emplea palabras rebuscadas y poco frecuentes, con un significado muy exacto. La entonación de su lenguaje es extraña: parece como si no existiera relación entre lo que dice y cómo lo dice. Ofrece una imagen desmañada e ingenua, como de alguien ajeno a los cursos de intenciones que se manejan subrepticiamente por debajo de las interacciones. Cada vez es más consciente de su enajenada soledad.

F es una mujer autista de treinta años. Vive en una residencia para adultos autistas. Resulta difícil realizar con ella actividades funcionales, que la motivan poco. Carece de lenguaje y de competencias simbólicas. Cuando desea algo, lleva a la persona con la que está de la mano hasta el objeto deseado. Presenta episodios de ansiedad cuya motivación es difícil de detectar. Su afición principal es comer, por lo que su peso ha aumentado mucho y la obesidad contribuye a aumentar los problemas de motricidad gruesa y fina que siempre ha tenido. Tiende a rechazar con un empujón a cualquier persona nueva que trate de establecer relación con ella. Ha tenido algunos brotes agresivos importantes con terapeutas y compañeros. En algunas temporadas, presenta episodios de insomnio.

Obviamente, estas personas, son muy distintas unas de otras. La etiqueta autismo parece remitir a un conjunto enormemente heterogéneo de individualidades, cuyos niveles evolutivos, necesidades educativas y terapéuticas, y perspectivas vitales son enormemente diferentes. El problema de la subclasificación adecuada en uno de los desafíos pendientes en la investigación del autismo. Sin embargo, hay un modo de enfocar el concepto de autismo que resulta útil para comprender la caótica heterogeneidad de los cuadros, y que es mucho más funcional que la categoría clásica del autismo y es la noción de "espectro autista".

La idea de considerar el autismo como un continuo más que como una categoría, nos ayuda a comprender que, a pesar de las diferencias que puedan existir entre H, P, D y F, todos ellos presentan alteraciones, en mayor o menor grado, en una serie de aspectos o "dimensiones", cuya afectación se produce siempre en los casos de trastorno profundo del desarrollo.

La idea de un "espectro autista", de que los rasgos autistas pueden situarse en un conjunto de continuos o dimensiones que no sólo se alteran en el autismo sino también en otros cuadros que afectan al desarrollo, tuvo su origen en un estudio muy importante realizado por Lorna Wing y Judit Gould en 1979.

Lorna Wing, en 1988, diferenció cuatro dimensiones principales de variación del espectro autista: trastorno en las capacidades de reconocimiento social, en las capacidades de comunicación social, en las destrezas e imaginación y comprensión social y la existencia de patrones repetitivos de actividad.

Sin embargo, Ángel Rivière amplió el conjunto a doce dimensiones, que se alteran sistemáticamente en los cuadros de autismo y en todos aquellos que implican espectro autista. Para cada dimensión ha establecido cuatro niveles: el primero es el que caracteriza a las personas con un trastorno mayor, un cuadro más severo, niveles cognitivos más bajos y frecuentemente a los niños más pequeños. También a aquellos casos que no han recibido un tratamiento adecuado. El nivel cuarto es característico de los trastornos menos severos, y define muy característicamente a las personas que presentan el síndrome de Asperger.

Las doce dimensiones que se encuentran alteradas en todas las personas con espectro autista son las siguientes:

1. Trastornos cualitativos de la relación social
2. Trastornos de las capacidades de referencia conjunta (acción, atención y preocupación conjuntas)
3. Trastornos de las capacidades intersubjetivas y mentalistas
4. Trastornos de las funciones comunicativas
5. Trastornos cualitativos del lenguaje expresivo
6. Trastornos cualitativos del lenguaje receptivo
7. Trastornos de las competencias de anticipación
8. Trastornos de la flexibilidad mental y comportamental
9. Trastornos del sentido de la actividad propia
10.Trastornos de la imaginación y de las capacidades de ficción
11.Trastornos de la imitación
12.Trastornos de la suspensión (la capacidad de hacer significantes)

La descripción pormenorizada de cada una de las dimensiones, en sus diferentes niveles, y el análisis de las consecuencias prácticas exigiría mucho espacio, por ello reduciremos su desarrollo a una descripción sucinta y esquemática de los ejes principales alrededor de los cuales se articula cada una de las dimensiones, los niveles de ellas y los objetivos educativos y terapéuticos para los diferentes niveles.

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