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La comparación del desarrollo autista con el
de los niños normales constituye una fuente muy
rica de ideas que pueden ser útiles para comprender
la naturaleza última del autismo y para tratarlo
con más eficacia. Pero además es una de
las vías más útiles para comprender
con profundidad algunos aspectos sumamente importantes
del desarrollo normal del niño, de su proceso
de humanización, que tienden a pasar desapercibidos
en muchas explicaciones evolutivas.
Con arreglo a los criterios diagnósticos actuales,
el autismo -y la gran mayoría de los trastornos
profundos del desarrollo- se manifiesta siempre antes
de los tres años de edad. Las investigaciones
recientes demuestran además con claridad que
el autismo tiene un curso evolutivo típico, que
se da en la mayoría de los casos. Ese esquema
ontogenético característico se refleja
en un desarrollo aparentemente normal en los nueve primeros
meses de vida; se manifiesta luego sutilmente en insidiosas
carencias evolutivas (que afectan especialmente a las
capacidades comunicativas) en los nueve meses siguientes,
y se despliega, por fin, en una clara distorsión
cualitativa alrededor de los 18 meses.
Es una idea universalmente aceptada en Psicología
Evolutiva la de que el momento en que suele manifestarse
claramente el autismo, el centro del segundo año,
constituye un momento crítico en el desarrollo:
coincide con el comienzo de la inteligencia representativa
y propiamente simbólica; los niños desarrollan
su autoconciencia e interiorizan estándares sociales;
se hacen capaces de evaluar la experiencia y tienden
a inferir relaciones causales; aparecen las primeras
estructuras combinatorias que implican alguna clase
de sintaxis y formas iniciales de conversación;
desarrollan el juego de ficción y de patrones
que implican formas de representación llamadas
metarrepresentaciones, etc.
Desde las primeras observaciones sobre autismo que implicaban
un seguimiento inicial del cuadro, se sabe que la fase
que se extiende entre los 18 meses y los 5 o 6 años,
aquella en que el número de sinapsis cerebrales
es máximo, es especialmente crítica. Se
trata del momento en que es mayor la soledad, más
marcados los síntomas perceptivos paradójicos,
más intensas las alteraciones de conducta, menores
las posibilidades comunicativas y simbólicas.
De este modo, se encuentra una correlación clara
entre el desarrollo normal y el autista. Una cierta
fase crítica de aquel también lo es de
éste. El autismo es la sombra que deja en el
desarrollo una dificultad o imposibilidad para constituir
ciertas funciones psicológicas cuyo momento crítico
de adquisición se extiende entre el año
y medio y los 5 o 6 años.
Entre los 12 meses y los 5 o 6 años, los niños
normales desarrollan capacidades de una enorme complejidad,
y lo más formidable es que lo hacen aparentemente
sin ningún esfuerzo y a través de interacciones
naturales y espontáneas con las personas que
los rodean. Adquieren el lenguaje, que implica la capacidad
de construir un número infinito de estructuras
simbólicas muy complejas con el objetivo de compartir
estados mentales, o de modificar las situaciones a través
de las personas. Se hacen mentalistas cada vez más
sagaces, de forma que a los 5 años poseen una
teoría de la mente que les permite comprender
el mundo mental de las otras personas aunque no coincida
con el propio. Elaboran rápidamente competencias
de ficción, que les capacitan para alejarse de
las realidades adaptativas inmediatas, definiendo mundos
simulados. Se hacen cada vez más diestros en
el manejo de pautas de interacción cooperativas
y competitivas. Desarrollan capacidades de autoconciencia
que, al ser elaboradas de forma lingüística
o simbólica, van a permitir posteriormente crear
una conciencia reflexiva. Organizan la experiencia de
forma narrativa, constituyendo la capacidad de hacer
de su vida una biografía con sentido y significado.
Penetran, en fin, en el mundo humano y se convierten
en partícipes muy activos de una vida social.
Todas estas funciones psicológicas poseen una
serie de características que las hacen muy peculiares,
en comparación con capacidades tales como caminar
o destrezas como leer o multiplicar. En una caracterización
muy rápida, estas funciones propias de la fase
crítica:
1. Se adquieren por
aprendizaje incidental y a través de las interacciones
naturales con las personas. No requieren de enseñanza
explícita.
2. Son universales y
al mismo tiempo están culturalmente especificadas.
Es decir, se dan en las mismas fases, y sin diferencias
interculturales.
3. Implican una fuerte
preparación biológica. Plantean problemas
importantes para cualquier intento de explicación
de su desarrollo por meros proceso asociativos, de
imitación o de aprendizaje empírico.
4. Son funciones cognitivas,
pero con una fuerte implicación afectiva y
emocional.
5. Constituyen puntos
de juntura entre la biología y la cultura.
6. Se derivan de procesos
de adquisición que no requieren de un aprendizaje
declarativo.
7. Implican, para su
desarrollo pleno, competencias de metarrepresentación,
asignando a los objetos y a las situaciones funciones
y sentidos que no se derivan de datos perceptivos.
8. Son funciones muy
eficientes. Su realización exige pocos recursos
conscientes y poco esfuerzo cognitivo, al tiempo que
es normalmente muy rápida y compleja.
Esas funciones mentales, que se adquieren en interacciones
naturales en una fase crítica, sin necesidad
de implicación consciente y que constituyen la
juntura entre la biología y la cultura, tienen
un aspecto en común que es enormemente significativo
para comprender por qué los autistas tienen tantos
problemas para adquirirlas: las funciones superiores
básicas exigen que el niño analice las
interacciones humanas para llegar a constituirse. Podemos
decir que la adquisición de las funciones de
simulación, lenguaje, atribución mentalista,
representación simbólica, narración,
etc., piden que el niño posea lo que Colwin Trevarthen
ha llamado “intersubjetividad secundaria”.
Lo que se expresa y comparte en el lenguaje, lo que
se simula en la ficción, lo que se articula narrativamente,
lo que se modifica y manipula en el engaño, son
intenciones y estados mentales humanos. A través
de sus conversaciones, juegos, interacciones cooperativas
o competitivas, intercambios simbólicos, los
niños reflejan, al tiempo que desarrollan, capacidades
cada vez más refinadas de penetración
intersubjetiva en el mundo humano.
Las observaciones realizadas sobre filmaciones familiares
de casos en que aparecen y se desarrollan cuadros de
autismo indican que generalmente no hay alteraciones
claras antes de los 8 o 9 meses, pero que desde esta
edad no se suelen adquirir las competencias de comunicación
intencionada (protoimperativos y protodeclarativos)
que suelen tener los niños normales de alrededor
de un año. Por esa edad, los niños piden
cosas y situaciones, mediante gestos significantes,
y señalan objetos y situaciones del mundo con
el fin de compartir con los adultos su experiencia sobre
ellos. Esta última es una expresión clara
de intersubjetividad secundaria que no suele aparecer
en los niños autistas.
Los datos sobre desarrollo del autismo sugieren que
el proceso de reorganización intersubjetiva,
que tiene que realizarse en el periodo que transcurre
entre los 9 y los 18 meses, se ve limitado o impedido
por alguna clase de factores biológicos, impidiendo
así la incorporación posterior de las
funciones críticas de humanización.
La razón de ello es que la adquisición
de esas funciones a las que hemos denominado funciones
críticas de humanización o también
funciones superiores básicas implica la existencia
de competencias intersubjetivas secundarias y las destrezas,
más o menos complejas, de atribución de
mente, cuya ausencia produce una distorsión muy
severa en la posibilidad de adquirir la cultura y descifrar
el sentido de interacciones tan complejas como lo son
las propiamente humanas. En la medida en que los niños
autistas se ven obligados por la naturaleza a observar
las interacciones desde fuera, en vez de ser cómplices
y copartícipes de su significación interna,
sus posibilidades de aprendizaje de las funciones críticas
están limitadas. No cuentan con aquellos recursos
que permiten a los otros niños aprender de forma
natural a compartir el mundo humano a través
de sus interacciones espontáneas.
Como consecuencia de ello, los procesos de adquisición
y desarrollo de ciertas capacidades esenciales se ven
muy perturbados. Esas competencias son las que permiten:
compartir comunicativamente la experiencia, desarrollar
sistemas simbólicos en general, y en concreto
el lenguaje, que es el sistema simbólico por
excelencia de comunicación humana, crear ficciones,
incorporando al juego características complejas
que desarrollan y permiten comprender pautas sociales
y aspectos funcionales de los objetos y las situaciones,
desarrollar un sistema complejo de conceptos e inferencias
adecuado para comprender a las personas y predecir su
conducta (teoría de la mente), y comprender la
experiencia y organización de forma narrativa.
Entre los 18 meses y los 5 años, los niños
normales construyen rápidamente sistemas funcionales
de conducta y actividad mental, que permiten definir
un mundo de experiencia característicamente humano.
Un mundo simbólico que se caracteriza por poseer
dimensiones mentales y no sólo físicas,
compuesto en gran medida de representaciones lingüísticas,
y que se vive experiencialmente como articulado en torno
a una conciencia subjetiva y, en último término,
auto-reflexiva.
Los recursos de comunicación ostensiva, intersubjetividad,
lenguaje, proyección intersubjetiva, habilidad
de ficción, competencia simbólica, imitación,
subjetividad consciente y articulación narrativa
que llegan a desarrollar los niños hacia los
5 años son muy complejos. Les permiten aprender
luego técnicas, símbolos y conocimientos
que tienen un origen cultural.
Los niños autistas al no poder desarrollar las
competencias intersubjetivas secundarias, tienen limitaciones
para adquirir las llamadas funciones críticas
de humanización y, como consecuencia, para aprender
pautas culturales. Si no se interviene en ese proceso,
las personas autistas están decididamente condenadas
a la soledad profunda que suelen mostrar en las primeras
fases del trastorno. Es imprescindible el uso de procedimientos
específicos que ayuden a que se disminuya en
lo posible esa distancia enajenada de las personas autistas
con respecto a las otras personas. Solo así será,
a su vez, posible el logro de los objetivos de bienestar
emocional, espontánea libertad de las conducta,
autonomía personal, desarrollo comunicativo y
cognitivo, etc.
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