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AUTISMO.
EL DESARROLLO SOCIAL DEL NIÑO AUTISTA

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Cuando se produce cualquier situación de interacción
social (ya sea entre adultos, adulto-niño, o
niño-niño) el flujo de información
que se suscita entre los componentes de la relación
es un flujo constante, variado, rico y complejo para
cuyo "aprovechamiento" parecen estar preparadas
las personas normales. Es decir, sin necesidad de hacer
elaboraciones intelectuales las personas saben "leer"
esa información sin esfuerzo, independientemente,
al menos en parte, de sus capacidades intelectuales.
Las claves que regulan la relación y el intercambio
social se caracterizan por que son:
sutiles: expresiones
emocionales, entonaciones o expresiones corporales
que se producen de manera "suave", "difuminada"
o de "señal débil".
complejas: compuestas
de varios elementos, como entonaciones más
expresiones más actos corporales, etc.
pasajeras: esto es, de
escasa presencia en el tiempo, o, dicho de otra manera,
de rápida desaparición. Por ejemplo,
la palabra es pasajera, cuando decimos algo, después
del sonido del último fonema no queda nada
más que la representación mental de
la palabra o de su significado.
y variadas: las respuestas
o reacciones -contingencias- socioemocionales no son
idénticas de una ocasión a otra; las
personas reaccionamos ante las acciones sociales de
los demás de manera diferente en una u otra
ocasión.
Sin embargo, pese a la complejidad del procesamiento
eficaz de este tipo de estímulos, las personas
estamos preparadas para obtener la información
adecuada de ellos y para relacionarnos con los demás
aún estando inmersos en un "torrente estimular"
de estas características. Se diría que
las personas no necesitamos hacer un ejercicio cognitivo
consciente para entender el curso de la relación,
no necesitamos traducir esas claves a significados a
través de una capacidad metacognitiva (en un
sentido simple de pensar acerca de nuestros pensamientos)
sino que lo realizamos como si no nos diéramos
cuenta. Un símil podría ser el hecho de
respirar: lo realizamos pero no necesitamos pensar en
ello, ni voluntad específica de realizarlo; es
más, si lo intentamos hacer consciente e intencionado,
lo más seguro es que nos entrara una pequeña
taquicardia, pues habríamos entorpecido el propio
proceso normal de respiración.
Pues bien, podríamos decir que las personas con
autismo fallan precisamente en procesar claves estimulares
cuyas características sean las de sutileza, complejidad,
variedad y transitoriedad. Para procesar estas claves,
probablemente tengan que hacer un ejercicio consciente,
en el sentido de cognitivo. E imaginemos si en el transcurso
de una relación social tuviéramos que
pararnos cada poco tiempo porque nuestra velocidad de
procesamiento de información es menor que la
velocidad de transcurso de la estimulación (sería
como ver una película en video y cada pocos segundos
tener que repetir la escena, volviéndola a pasar,
ponerla a velocidad lenta, etc.). Claramente podemos
comprender lo invalidante que resultaría una
alteración de este tipo para el mantenimiento
de relaciones sociales en marcos naturales.
Una secuencia de interacción social se caracteriza
por el conjunto encadenado de acciones y reacciones
de cada uno de los miembros de la interacción.
Es decir, en una secuencia de interacción social,
por ejemplo entre un bebé y un adulto, la acción
realizada por uno de ellos deja abierta la posibilidad
de reacción, o respuesta, por parte del otro,
siendo esta reacción, a su vez, una acción
que origina la reacción del otro, y así
sucesivamente. En el desarrollo normal estas secuencias
de acción-reacción se producen armónicamente,
y las acciones y reacciones, tanto del bebé como
del adulto, "encajan" sin mayores problemas
en los "huecos" que cada uno de los actores
ofrece para la intervención del compañero
de interacción.
Pero, qué ocurre, sin embargo, en el caso del
autismo. En primer lugar, se puede hipotetizar que el
bebé con síndrome de autismo no viene
tan preparado, biológicamente hablando, para
la construcción del conocimiento social a través
de la relación como lo viene el bebé normal.
Si tenemos en cuenta las informaciones retrospectivas
de los padres, nos encontramos con una serie de datos
que parecen ser compartidos por una mayoría de
los niños autistas. Los padres los califican
como bebés ó excesivamente tranquilos
ó excesivamente inquietos. En general, son bebés
en los que las actuaciones de los padres no parecen
modificar (ni en un sentido ni en otro) su comportamiento.
Los padres manifiestan cierto sentimiento de indefensión
y perplejidad ante los intentos de interacción
con su hijo. Sus actuaciones no parecen encontrar, entre
las acciones del bebé, huecos en los que insertarse.
A nivel corporal el bebé es o rígido o
especialmente 'blando', es decir, no parece haber un
amoldamiento en la expresión del cuerpo del bebé
autista al cuerpo de sus padres.
Los intentos de estimulación de los padres parecen
no encontrar eco en su hijo. Las conductas sociales
-sociales en el sentido de que los adultos pueden atribuirles
intención social- como la sonrisa, gorjeos, movimientos,
etc., son escasos, y, si existen, no se insertan en
formatos de relación de una manera significativa.
El bebé autista, según frecuentemente
cuentan los padres, no alza los brazos cuando va a ser
cogido, no anticipa.
En definitiva, podríamos decir que, aún
a pesar de la ausencia de datos sobre bebés con
autismo, éstos manifestarían severos problemas
en el transcurso de las secuencias naturales de interacción
social recíproca.
Siguiendo un esquema evolutivo, se analizan a continuación
las principales etapas que, desde el nacimiento hasta
la vida adulta, tienen lugar en cuanto al desarrollo
social de la persona autista.
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DESARROLLO SOCIAL TEMPRANO |
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El bebé posee una serie de comportamientos sin
finalidad aparente, de carácter predominantemente
fisiológico y que se dan en un medio físico
y social determinado, medio que va a reaccionar a sus
comportamientos revistiéndolos de ciertos significados.
Estas conductas se denominan expresivas, y sobre ellas
se irán construyendo las posteriores habilidades
del niño. A continuación, vamos a revisar
las principales pautas o logros interactivos que se
dan durante las primeras etapas del desarrollo.
Programas de sintonización
y armonización
En lo que al desarrollo social se refiere, tiene una
relevancia absoluta el hecho de que el bebé esté
preferentemente orientado para elegir aquellos parámetros
de estimulación de su medio que se sitúan
precisamente en torno a las características que
definen a sus congéneres. Los neonatos prefieren
estímulos fuertemente estructurados, desde el
punto de vista perceptivo, tridimensionales, móviles
y relativamente complejos, dependiendo de la edad, estímulos
de contornos curvilíneos, medianamente brillantes,
coloreados y con elementos abultados; características
que definen a la cara humana. Algo semejante se puede
decir de las preferencias sonoras de los bebés.
En lo que se refiere a la sintonización, la observación
clínica indica que estos niños no muestran
preferencia por los ojos, cara, ni una atención
especial a la voz humana en edad temprana. Pero aún
no existen estudios experimentales que midan el grado
de esta alteración.
Estos programas de "sintonización",
de orientación preferente hacia los miembros
de su propia especie, son complementados por los programas
de "armonización", que parece preparar
al bebé para dar respuestas a las estimulaciones
de sus congéneres de acuerdo a ciertos esquemas
de armonía.
Estos esquemas de armonía pueden consistir en
respuestas de grupos musculares "sincrónicas"
a los estímulos auditivos de la voz humana, donde
los niños autistas dan múltiples respuestas
al sonido como un eco, y demoran su respuesta si se
les compara con los niños normales, dando muestras
así de una alteración en la sincronía
interactiva; o en la evocación de respuestas
propias semejantes a las presentadas por el estímulo
social y que caben en la competencia del bebé,
protoimitación, característica, que aunque
no cuenta con muchos datos de neonatos autistas, es
bien sabido que su adquisición y uso es una de
las capacidades alterada en estos niños.
Percepción de contingencias
La repetición de los esquemas expresivos - conductas
del niño y respuestas del medio, diferenciadas
según sea medio físico o social- va a
posibilitar que el niño perciba el esquema como
un todo, es decir, perciba que sus propias conductas
generan unas respuestas determinadas en el medio (relación
de contingencias).
Aunque algunos autores han hipotetizado que la dificultad
para asociar respuestas propias con las contingencias
estimulares del medio social podría ser la causa
de las alteraciones interactivas de los autistas, este
supuesto no está todavía validado experimentalmente.
Sin embargo, esta hipótesis permitiría
explicar la necesidad ansiosa de que el ambiente permanezca
constante por la incomprensión de la relación
de contingencias y, por lo tanto, la impredictibilidad
del medio. También esa hipótesis explicaría
por qué los ambientes estructurados producen
mejores resultados terapéuticos que los laxos.
Por tanto, debemos valorar con especial detenimiento
los juegos de repetición que se realizan entre
niño y figura de crianza aproximadamente de los
dos a los cuatro meses. Estos juegos de repetición,
que implican el mecanismo de percepción de contingencias,
son el origen de la interacción intencional,
porque cuando el adulto presenta estímulos contingentes
y repetidos (de la misma gama) ante las distintas respuestas
del niño, está estableciendo las bases
de la predictibilidad indispensable en toda comunicación.
Predictibilidad
Una vez que el niño es capaz de predecir que,
frente a estimulaciones del medio, él ejecuta
unas conductas que, a su vez, van seguidas de respuestas
de su entorno, está en disposición de
anticipar, por una parte, esas respuestas del medio;
y por otra, de prever los pasos de los que consta la
estimulación antecedente. Por ejemplo, el niño
prevé que su lloro va seguido normalmente de
proximidad física del adulto, comienza a relacionar
en cadena ciertos movimientos de los adultos, y esto
le permite anticipar cuál será su respuesta;
por ejemplo, levanta los brazos para que le cojan cuando
se acerca el adulto.
En esta etapa, de los dos a los cuatro meses, tiene
lugar lo que Trevarthen denominó intersubjetividad
primaria. La intersubjetividad es el acceso a las representaciones
de otras personas, y es el proceso de compartir el significado.
A este nivel, el significado que se comparte es un significado
emocional: el bebé da respuestas de complemento
a las expresiones emocionales de los adultos. Cuando
el niño responde con respuestas expresivas a
las respuestas expresivas de los demás, en cierta
medida las reconoce y, además, las está
diferenciando claramente de las que da a estímulos
no humanos.
El hecho de que los niños autistas no levanten
los brazos cuando van a ser cogidos no es simplemente
una expresión de desinterés o falta de
motivación, sino el resultado de su dificultad
para anticipar acontecimientos e interpretar señales.
Es muy relevante la consideración de la conducta
autista a este nivel porque si algo caracteriza precisamente
el síndrome es su impredictibilidad.
Impredictibilidad en sus dos posibilidades; en primer
lugar hacia el adulto, padre o profesor, porque producen
perplejidad y desconcierto cuando uno trata de entender
sus señales. En segundo lugar, las graves dificultades
que parecen tener para prever el curso sucesivo de las
acciones compartidas, por ejemplo, no levantar los brazos
cuando van a ser cogidos. Por esta razón tampoco
son capaces de preparar las manos para recibir una pelota
cuando se la lanzan.
La emisión de respuestas sociales a la percepción
de contingencias es el comienzo de un esquema evolutivo
que se puede describir con los conceptos de predictibilidad,
anticipación e intención, y que parece
estar alterado en autismo. Esta alteración se
mostraría en tres clases de perturbaciones muy
características del autismo infantil:
La falta de respuestas anticipatorias.
La emisión de conductas ritualistas y obsesivas,
y el deseo de que el ambiente no cambie.
Las deficiencias en el desarrollo de la acción
intencional.
Apego
Siguiendo con el análisis del primer año,
son dos los procesos que aparecen entre los cuatro y
los ocho meses, y que son fundamentales para el logro
de la relación social primaria: el desarrollo
de la vinculación y del apego.
A pesar de la ausencia de estudios precoces con niños
autistas podemos recomponer etapas muy tempranas de
su vida en base a historias clínicas, en las
cuales se revela que los autistas cuando menos no adquirieron
el apego específico a una edad normal, sino que
en los mejores casos tuvo un desarrollo posterior. Sin
embargo, también podemos suponer que existe una
seria alteración en su vinculación o apego
inespecífico, mucho más primario y adaptativo.
Conducta Intencional
De los ocho a los doce meses aparecen las conductas
intencionales. Si en el estadio anterior la madre debía
iniciar la interacción y entonces el niño
podía insertar su repertorio, ahora es el niño
el que trata de producir ciertos efectos en los demás.
Los comienzos de una auténtica comunicación
intencional pueden observarse hacia los nueve meses,
cuando el niño puede coordinar esquemas de interacción
(orientados a personas) y esquemas de acción
(orientados a objetos).
Así, las primeras conductas intencionales comunicativas
tienen por meta el logro del objeto mediante una persona.
En este contexto, los dos sistemas comunicativos que
van a surgir son los protoimperativos y los protodeclarativos.
El protoimperativo surge cuando el niño se sirve
del adulto para conseguir el objeto.
Hacia el final del año, aparecen los protodeclarativos.
En este caso, el objeto de la comunicación es
compartir la experiencia con otra persona y el instrumento
es el objeto. Los protodeclarativos implican un nivel
de identidad mucho más alto a partir de una necesidad
de compartir la experiencia con los otros.
En general, los niños autistas no suelen servirse
de los objetos para evocar la atención de los
que les rodean, y conductas como señalar con
el índice o tratar de dirigir la atención
del otro por cualquier medio constituyen una carencia
muy habitual.
La aparición de los protodeclarativos indica
el comienzo de la verdadera intención comunicativa
y de la capacidad de relacionarse con las personas como
personas, diferentes del "yo". En opinión
de Trevarthen, el niño manifiesta una intersubjetividad
secundaria, es decir, una motivación deliberada
por compartir los intereses y las experiencias con otras
personas.
Este esquema será en el que se inserte la adquisición
de las primeras palabras, y participará en el
desarrollo de la función simbólica. Es
precisamente en este punto en donde los niños
autistas fracasan, incluso en niveles de inteligencia
altos, y presentan graves dificultades, que no consiguen
superar a lo largo de su desarrollo. Este fallo en el
desarrollo de los primeros esquemas intencionales y
de la intersubjetividad es lo que nos explicaría
la incapacidad del niño autista para conocer
las emociones de los otros, reconstruirlas, aprender
los patrones adecuados de la expresión de los
sentimientos, comprender la naturaleza de la relación
con los demás, entre ellos y con él, entender
las creencias del otro...
La comunicación afectiva
y la expresión de emociones
A lo largo del primer semestre de vida, el niño
va emergiendo como un ser humano social ayudado por
un fuerte bagaje biológico. El niño va
a contar con unas capacidades perceptivo-motoras y afectivo-emocionales
que le permitirán establecer intercambios sociales.
La sonrisa y el llanto evolucionan pasando de ser una
actividad refleja a constituir una respuesta social,
que hacia los seis meses se convertirá en un
comportamiento instrumental producido para provocar
respuestas sociales.
Estudios clínicos y experimentales coinciden
en que las expresiones faciales, gestos y vocalizaciones
expresivas de emociones son, a menudo, anormales e idiosincrásicas
en los niños autistas de todas las edades y cocientes
intelectuales; a los niños autistas parece que
les falta la coordinación intraindividual de
la expresión y conducta afectiva del niño
normal. Esta coordinación es sumamente importante
para la obtención de patrones de conducta entre
niños y adultos, especialmente si van a compartir
sentimientos.
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DESARROLLO SOCIAL A PARTIR DE
LOS DOS AÑOS |
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Antes del año y medio o los dos años,
la relación entre el niño y las figuras
adultas de apego es básicamente diádica
(niño-madre; niño-padre). Estas interacciones
didácticas se caracterizan por ser muy absorbentes
(gran dedicación), asimétricas (el adulto
organiza y controla la interacción) y permisivas
(el niño no es considerado aún como alguien
que puede obedecer).
A partir del año y medio, aproximadamente, se
producen ciertos cambios en el niño, el entorno
y en la propia relación entre ambos.
El niño adquiere competencias motoras nuevas
(mayor control y precisión manipulativa), mentales
(simbolismo) y lingüísticas (adquisición
del lenguaje) que le permitirán una mayor autonomía
y una representación de la realidad (no sólo
experimentación). Pero el niño aún
no ha interiorizado la moral, ni sabe ponerse en el
lugar de los demás.
Los cambios que se refieren al medio giran en torno
a exigir del niño más autonomía,
control e independencia.
A partir de esta situación tienen lugar los conflictos
de rivalidad afectiva (celos fraternales), conflictos
en las relaciones con los iguales y conflictos con la
autoridad que los adultos intentan imponer.
Con todo, existen algunos procesos que por su importancia
merecen ser analizados con mayor profundidad.
Desarrollo del simbolismo
Si admitimos que el niño comienza a simbolizar
a través de un proceso que es esencialmente interpersonal
en su naturaleza: el proceso de inferir y comprender
los estados mentales de los demás y ponerse en
su punto de vista, tal y como defiende la Teoría
de la Mente, podemos imaginar cómo una alteración
de los mecanismos de identidad y de reconocimiento afectivo
que están en la base de la interacción
puede dar lugar a una fuerte alteración de la
función simbólica.
Desde un punto de vista simple, el simbolismo es la
función que permite almacenar, crear o compartir
referentes abstractos sobre los objetos o experiencias
no presentes. El desarrollo del simbolismo es el proceso
de "trascender" de la realidad concreta hacia
referentes abstractos compartidos. El simbolismo es
favorecido por el hecho de que no sólo los niños
refieren diferentes objetos de la misma forma, sino
también porque pueden referirse a un mismo objeto
de diferentes formas.
En un sentido evolutivo, el mundo simbólico permite
desdoblar la realidad, y permite al niño jugar
y "simular" con el mundo emocional sin sufrir
las condiciones que en el mundo real harían muy
peligroso su desarrollo.
En la actualidad, la mayor parte de los autores coinciden
en señalar que es a partir de los dieciocho meses
cuando se desarrolla esta capacidad meta-representacional
(simbólica), aunque no se coincide en cuanto
al origen de la misma.
En los autistas encontramos serias alteraciones en todas
las áreas que definen el mundo simbólico:
lenguaje, juego simbólico, engaño, conducta
cooperativa o competitiva, etc. Estas alteraciones simbólicas
en autistas sólo pueden entenderse en el contexto
de su origen interactivo y de las dificultades para
percibir contingencias y, por lo tanto, para anticipar
y predecir las conductas de los demás.
El papel del juego en el desarrollo
del niño
Aunque se considera que lo "social" inunda
todas las actividades del niño, no se puede cerrar
este apartado sin hacer una mención especial
al juego que es, quizá, la actividad social más
pura.
El juego no es, fundamentalmente, una actividad placentera,
sino que más bien el niño satisface ciertas
necesidades a través del juego. El niño
en edad preescolar entra en un mundo ilusorio e imaginario,
en el que los deseos irrealizables encuentran cabida:
este mundo es lo que llamamos juego. La imaginación
constituye un nuevo proceso psicológico para
el niño.
Para Piaget, las diversas formas que va cobrando el
juego, son consecuencia directa de las estructuras mentales
del niño. Al mismo tiempo, el juego contribuye
al establecimiento de nuevas estructuras mentales, que
determinan a su vez, otros cambios en las formas del
juego.
Durante el período sensoriomotor el juego consiste
en la repetición de las habilidades motoras por
el mero placer de ejecutarlas. Esta deformación
de la realidad (asimilación) en beneficio de
los esquemas de acción (acomodación) cumple
una función importante: la consolidación
de las acciones que previamente habían tenido
que acomodarse a la realidad. En otras palabras, el
juego surge cuando la conducta ha perdido su objetivo
o función y se continúa o repite por el
mero placer de su ejecución.
Del ejercicio de estos esquemas motores surge el símbolo.
Repitiendo el esquema de acción fuera del contexto,
el niño adquiere una rudimentaria conciencia
de "hacer como si", de sustitución
de la situación por el gesto que la representa.
El juego, de dos a siete años, consiste en el
ejercicio de que cualquier cosa puede representar a
cualquier otra. Se trata también de compartir
una experiencia más o menos lúdica entre
al menos dos personas.
Pero además, el juego es un método para
la elaboración de normas sociales, para el control
recíproco, para la justificación moral.
Así se desarrolla el juego de reglas, de la regla
sagrada que proviene de los adultos a la codificación
de las reglas y la discusión de cada aplicación.
En autistas, el juego es una de las actividades más
deterioradas que podemos encontrar. Y esto es así,
porque tal y como se viene exponiendo, las dificultades
de anticipación, relación con iguales
y simbolismo van a influir en buena parte en el desarrollo
del juego.
Aunque, en cada niño el nivel de juego dependerá
del su capacidad intelectual, simbólica y comprensión
lingüística, la mayor parte de los autistas
mantienen juegos muy motores, de estimulación
física y repetitivos.
La inferencia social
A los dieciocho meses, el niño posee un concepto
de persona caracterizado principalmente por la idea
de que el mundo experiencial de los demás y el
de sí mismo es, fundamentalmente, semejante.
Los procesos de identidad han trabajado garantizando
los suficientes formatos de interacción básica
como para provocar que la madre le trate como un organismo
humano.
A partir de este momento, comenzarán a desarrollarse
los mecanismos que posibilitarán el conocimiento
de los demás como mentes coyunturalmente distintas.
La reconstrucción de los estados de conocimiento
de los demás se desarrollan en el período
preoperatorio, y van consolidándose a lo largo
de la vida. Mentir, el juego de representación
y las reglas sociales son pasos hacia el perfeccionamiento
de la capacidad de saber cómo son los demás.
Adoptar la perspectiva de una persona, es decir, ponerse
simbólicamente en su lugar, es un método
para obtener información de lo que esa persona
está viendo, de lo que piensa o de lo que siente.
El método, como tal, puede aplicarse a numerosas
situaciones y en relación con distintos sistemas
conceptuales (espaciales, psicológicos, sociales,
etc.).
La importancia del desarrollo de esta capacidad para
ponerse en el lugar del otro para conocer o predecir
sus estados de conocimiento, consiste en que nuestra
vida social está continuamente plagada de este
tipo de inferencias sociales; cualquier conversión,
por ejemplo, requiere de un conocimiento previo del
estado mental del otro, por lo menos para saber qué
idioma comprende.
La teoría de la mente
En los últimos años se viene desarrollando
una serie de estudios bajo el nombre de "teoría
de la mente" que pretenden atribuir al autismo
un déficit específico a la hora de realizar
inferencias sociales.
En 1985, Baron-Cohen, Leslie y Frith afirman haber descubierto
un déficit cognitivo específico del autismo,
un déficit que permitiría explicar los
retrasos y alteraciones de la comunicación y
de la comprensión del mundo social que presentan
los niños autistas. Estos investigadores proponen
que los autistas carecen de la capacidad meta-representacional
básica que permite atribuir a otras personas
estados mentales diferentes de los propios, inferir
sus intenciones, creencias y conocimientos, y anticipar
su conducta en función de tales interferencias.
Esta capacidad meta-representacional está definida
como "Teoría de la Mente".
Conviene insistir en que esta atribución de estados
mentales de otros constituye una habilidad meta-representacional
y no sólo representacional, porque la conducta
está determinada no sólo por el hecho
de que el niño se represente una situación
de cierto modo, sino también por su capacidad
de representar la relación de representación
misma. En otras palabras, tenemos que atribuir al niño
creencias acerca de las creencias de los demás,
una representación sobre las representaciones
de los demás.
Diversos autores coinciden en que el niño desarrolla
hacia los dos años la capacidad de construir
representaciones de segundo orden. Manifestaciones de
este desarrollo son, por ejemplo, el juego de roles,
el juego simbólico, el empleo de verbos psicológicos
referidos a estados mentales y el desarrollo de la capacidad
de engañar.
Sin embargo, el niño autista no puede atribuir
estados mentales, de conocimiento o creencias a otras
personas, independientemente de su capacidad intelectual.
El autista sería incapaz de ponerse en el papel
del otro o interpretar su estado mental.
El valor de las hipótesis de Baron-Cohen y su
grupo es que nadie antes había sugerido que los
niños autistas tenían dificultades en
atribuir intenciones, creencias y deseos, e incluso
había otras muchas explicaciones del retraso
social de los autistas. Sin embargo, es muy discutible
que la capacidad meta-representacional sea esencialmente
de naturaleza cognitiva y que esté biológicamente
determinada.
La construcción del concepto
de persona
De alguna manera, el proceso de construcción
de las inferencias sociales que se ha descrito no sería
más que una parte -seguramente la más
importante- de las posibles expresiones de una idea
de persona más básica. Esto es, la comunicación,
las conductas sociales parten de la aceptación
de un esquema de persona ya elaborado: persona es alguien
fundamentalmente equivalente a mí, cuyo comportamiento
en cierta medida puedo predecir en base a índices
y del que reconozco una buena serie de señales
de identidad como sexo, edad, etc.
Sin embargo, el estudio del origen de este concepto
puede ofrecer buenas explicaciones de cómo los
autistas perciben el mundo social y, por lo tanto, una
explicación de su comportamiento.
A la hora de considerar cómo pueden los niños
autistas comprender la naturaleza de otra gente y examinar
si han construido o no ese conocimiento, es necesario
tener en cuenta tres factores. En primer lugar, la ambigüedad
del mismo concepto de persona; en segundo lugar, que
es muy posible que la construcción de ese conocimiento
pueda realizarse por diferentes vías; y en tercer
lugar, la gran variabilidad que encontramos entre unos
niños autistas y otros.
La investigación, hasta el momento, y la experiencia
clínica parecen reflejar la restringida experiencia
de las relaciones personales que tienen los autistas.
Parece que les falta la relación corporal, especialmente
afectiva sobre la que basar un conocimiento de las personas.
Este déficit puede extenderse a un reconocimiento
limitado de los demás como agentes, de forma
que adquieren un conocimiento de personas altamente
impersonal.
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EL MUNDO SOCIAL DEL AUTISTA ADULTO
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En general, el autista adulto sólo muy recientemente
ha comenzado a recibir atención de los investigadores.
Y, sin embargo, qué duda cabe que el autista
adulto requiere una atención especial por dos
razones: en primer lugar, porque se suele reconocer
que el síndrome evoluciona, es decir que, conductualmente,
el sujeto autista muestra cambios, aunque éstos
no siempre estén bien definidos; y en segundo
lugar, porque las necesidades educativas de los adultos
autistas pueden ser diferentes de los de la etapa escolar.
Una correcta comprensión de la problemática
del autista adulto es fundamental para implementar servicios
y centros educativos adecuados.
Por lo general, con la edad mejora el contacto con el
medio y pierde parte de su indiferencia hacia las personas,
pero persiste su marcada ineptitud social cuando tratan
de relacionarse con los demás.
Evidentemente, la respuesta social del niño autista
está mediatizada por el desarrollo simbólico
lingüístico del sujeto y por la enseñanza
recibida. Así, los niños autistas que
no poseen lenguaje hablado tienden a tener un pronóstico
social pobre, siendo muy pocos los que se ajustan bien
socialmente.
Los niños autistas con un leve retraso desarrollan
un conocimiento de sus propias limitaciones en la adolescencia.
A menudo están angustiados por la falta de conexión
entre sus deseos de hacer amistades y su incompetencia
para las relaciones sociales; por ello, es útil
un enfoque psicoterapéutico que les ayude a comprender
y asumir sus emociones y a encontrar la manera de enfrentarse
a sus incapacidades.
En la medida en que el nivel cognitivo simbólico
lo permite, van desarrollando conductas sociales más
complejas, como juegos muy simples de interacción,
conductas de cooperación o competencia, desarrollo
de la habilidad de engaño, chistes..., pero siempre
bajo el común factor de la ingenuidad.
En muchos casos, la correcta enseñanza durante
los años escolares ha contribuido, en buena medida,
a corregir la magnitud de las alteraciones sociales
que el sujeto podía mostrar. Así, aun
en los niños más gravemente retrasados,
es posible conseguir la eliminación de conductas
sociales patológicas y alcanzar una tasa aceptable
de contacto ocular e, incluso, una aceptación
del contacto corporal.
En todos los casos, la conducta social estará
determinada por cierta rigidez o ritualismo, que hace
que no exista uno de los principales rasgos distintivos
de lo social: su espontaneidad, su flexibilidad, su
capacidad de nuevas interacciones.
El autista, invariablemente, sigue percibiendo la relación
social como un esfuerzo, un trabajo para el que puede
estar entrenado, pero que no le reporta ninguna satisfacción.
Así, no iniciarán ellos una conversación
y, a menos que se le pregunte, no participará,
y lo hará de una manera obsesiva haciendo inagotables
variaciones sobre el tema.
La transición de la etapa escolar al trabajo
es normalmente difícil hasta para un autista
que ha hecho muchos progresos. En casi todos los casos,
sus logros educacionales y sus trabajos han tenido que
ser menos exigentes de lo que indicaba su cociente intelectual.
Esto es debido a que si bien, pueden hacer el trabajo,
les falta la flexibilidad e iniciativa requeridas para
trabajos de alto nivel. El éxito en el trabajo
depende de una rutina regular.
La experiencia clínica con autistas inteligentes
proporciona constantes referencias a las dificultades
de adaptación social, no consiguen entender los
motivos o intenciones de la gente y son incapaces de
anticipar conductas en los demás.
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INTERVENCIÓN
SOCIAL EN AUTISMO INFANTIL |
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Aunque los déficits sociales son los síntomas
que dan nombre al síndrome de autismo y aunque
originan unas discapacidades persistentes y fundamentales
para la implantación de cualquier nuevo aprendizaje,
este tipo de objetivo terapéutico ha sido menos
estudiado.
Entre otras, existen dos poderosas razones para este
desconocimiento y también para situar exactamente
la importancia de esta área terapéutica:
En primer lugar, los autistas no son un grupo homogéneo,
ni en cuanto a resultados, ni por sintomatología
presente. Aunque todos tienen alteraciones sociales,
éstas varían de un niño a otro
y su evaluación es importante de cara al pronóstico.
Factores como edad, inteligencia no verbal, nivel lingüístico,
etc., mediatizan los resultados en conducta social.
En segundo lugar, es bien conocido por aquellos que
trabajan con niños autistas, como la mayor parte
de las técnicas terapéuticas de modificación
de conducta, lúdicas, logopédicas, etc.,
requieren una adecuación especial a esos niños.
El problema para los niños autistas reside, por
un lado, en su falta de acercamiento social, y por el
otro, en su falta de respuesta a las iniciativas de
los demás hacia ellos. La solución está
en que los padres o terapeutas tienen que hacer una
intrusión deliberada en las actividades solitarias
del niño autista, de manera que al niño
se le debe implicar con otras personas para que haga
sus actividades preferidas. Por supuesto, esto debe
ser hecho de manera que haga la interacción social
agradable al niño. Pero el objetivo es estructurar
interacciones, de manera que sean recíprocas
y sociales en vez de solitarias.
Hasta ahora, el trabajo sobre las incapacidades sociales
que se refieren a las dificultades para experimentar
empatía, en reconocer claves socio-emocionales
o responder a iniciativas sociales es muy limitado y
disperso. Sin embargo, hay evidencia de que la estructuración
activa de experiencias sociales puede llevar a una mejora
significativa en las interacciones sociales de los niños
autistas.
Se obtienen más y mejores respuestas sociales
de los autistas cuando las otras personas son directivas
y persistentes en su juego con ellos. En general, es
más probable que los adultos, en vez de los niños,
tomen los pasos necesarios para implicar a los autistas
en las interacciones sociales, y esto, por la falta
de respuesta social del niño autista a las interacciones
de los demás.
A continuación se reflejan algunas claves que
pueden ser determinantes para la intervención
social en niños autistas:
El entorno
La observación clínica y estudios experimentales
coinciden en que la enseñanza sistemática
en un entorno ordenado es más eficaz que los
enfoques permisivos y más libres. Los ambientes
ordenados aumentan las posibilidades de aprendizaje,
disminuyen el aislamiento y las estereotipias.
Programas de intervención
social
El objetivo de los programas de intervención
social en autismo infantil es estructurar y fomentar
interacciones, de manera que sean recíprocas
y sociales en vez de solitarias. El tratamiento de
las pautas de interacción, la construcción
de programas específicos diseñados para
que el niño aprenda a desarrollar índices
en situaciones de relación, a coordinar esquemas
de interacción entre sí y con esquemas
de acción, a anticipar procesos interactivos
y, desde luego, a preferir a las personas y armonizar
sus respuestas con las de ellos, puede acercarnos
a una intervención terapéutica más
eficaz con los niños autistas.
El ambiente familiar
Hay que tener presente que el niño se mueve
en un entorno familiar que no siempre es el idóneo
para su desarrollo, por lo que se debería orientar
a la familia en su relación con el niño,
así como establecer programas en el aula que
favorezcan la relación en el hogar.
Relación niño-terapeuta
En el aprendizaje va a jugar un papel decisivo la
motivación que tengan el niño y el terapeuta
de establecer una relación, siendo muy importante
de cara al niño, tanto la claridad de los objetivos
que se pretenden conseguir, como el contar con información
detallada de los gustos del niño en cuanto
a actividades, juegos e intereses sociales en general.
Analizadas las principales claves de intervención,
se incluyen, a continuación, algunos ejemplos
de técnicas de tratamiento y su descripción:
Técnicas de DRO y DRI
Llamamos técnicas DRO o refuerzo diferencial
de otras conductas, a aquellos refuerzos que otorgamos
a las conductas cuya tasa queremos incrementar, para
así disminuir otras que no son adecuadas y
que se relacionan con éstas. Ejemplo: para
disminuir conductas agresivas se pueden reforzar los
acercamientos adecuados hacia las personas.
Las técnicas DRI o de refuerzo diferencial
de conductas incompatibles consisten en reforzar conductas
que son físicamente incompatibles con la conducta
que queremos disminuir. Ejemplo: si queremos disminuir
la excitación, podemos reforzar al niño
en aquellos momentos que esté relajado, teniendo
de antemano unos criterios de lo que puede ser la
conducta de relajación como la postura de brazos
y piernas, gestos de la cara, etc.
Técnicas de reforzamiento positivo
Para lograr una interacción social adecuada
debemos reforzar aquellas conductas que impliquen
intercambio social, como son: contacto ocular, sonrisa
social, acercamiento, contacto físico, verbalizaciones
o sonidos con intencionalidad dirigida a personas.
También podemos atribuir intención de
relación a conductas que en un principio no
la tienen y de esta manera convertirlas en intencionales.
Ejemplo: si un niño tiende a golpear de forma
estereotipado el brazo del adulto, éste puede
comportarse "como si" realmente el niño
le tocase para pedirle algo concreto (ejemplo, jugar
con él) y de esta manera siempre que se dé
esta conducta, el adulto responderá consistentemente
y jugará con el niño, convirtiendo el
golpeteo en el brazo en una petición de acción.
Técnicas de control de
estímulos
Son todos aquellos mecanismos que empleamos para que
el niño, a través de una estimulación
sensorial (visual, auditiva, táctil...), perciba
el ambiente como algo estructurado y pueda tener conocimiento
de lo que ocurre en su entorno, en la medida de sus
capacidades. También se utilizan para que el
niño tenga una predisposición hacia
la actividad que se va a realizar. Ejemplo: si utilizamos
la música como mecanismo de control estimular,
podemos emplear música suave si queremos producir
un efecto relajante en el ambiente y una música
alegre (ejemplo: canciones infantiles) si lo que queremos
es un ambiente para una sesión de juegos en
grupo. De esta misma manera podemos emplear las luces,
los colores, e incluso, los olores.
Técnicas de encadenamiento hacia atrás
Estas técnicas son utilizadas, sobre todo,
para conseguir un aprendizaje sin error, junto con
el desvanecimiento de la ayuda otorgada. Consiste
en realizar toda la acción que quieres enseñar
con el propio cuerpo del niño, mediante instigación,
como si él mismo fuera el que lo realizase
solo. Poco a poco se le deja al niño que realice
la última parte de la acción y se van
desvaneciendo las ayudas a medida que el niño
va realizándolo solo, siempre del final hacia
el principio.
Técnicas de role playing
Consistentes en ensayos de conducta fuera de su situación
real, se actúa "como si...". Para
ello es conveniente contar con un magnetófono
o un vídeo para que el niño, además
de haber ensayado la conducta que tiene que realizar,
tenga posibilidades de oírse o verse según
el caso. También puede aprovecharse el refuerzo
positivo ante la visión (video) de su propia
conducta adecuada. Ejemplo: antes de que el niño
salga del aula para realizar un recado, puede ensayarlo
con un compañero, verse después en el
vídeo y después ir a ejecutar la acción
real.
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