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La gran mayoría
de los estudiantes se pregunta por la forma de atajar las manifestaciones
de comportamiento antisocial que tanto les perjudica directamente
en el desarrollo normal de sus clases y estudios. Gran parte del
tiempo y el esfuerzo se esfuma tratando de conseguir un mínimo
de condiciones para que la actividad escolar se realice con normalidad.
Hoy por hoy el profesorado, la comunidad escolar en general no
cuenta con mecanismos eficaces que permitan combatir con éxito
los episodios de indisciplina y de violencia. Es más, muchas
de las medidas que se proponen son ineficaces y en muchas ocasiones
objeto de mofa y burla por parte de los mismos infractores de
las normas.
Desde los propios alumnos/as surgen a veces deseos de implicarse
para recuperar la normalidad que necesitan pero sucumben ante
la falta de apoyos y al miedo a ser objeto de los actos de violencia.
Parece claro que la respuesta al comportamiento antisocial en
los centros educativos tiene que ser una respuesta global, que
implique a toda la comunidad educativa, incluidos los alumnos/as,
apoyada en las normas legales. Antes de iniciar cualquier procedimiento
de prevención o tratamiento, todos deberíamos estar
de acuerdo en las siguientes consideraciones:
1. La violencia en los centros escolares
no es una novedad. Los fenómenos de violencia han ocurrido
siempre, y quizás con la misma intensidad (ejemplo de las
novatadas). Ahora son más visibles y afectan a un mayor
número de personas y la sociedad está sensibilizada
ante el tema.
2. Los fenómenos de violencia en
las escuelas no son casos aislados, ni accidentales, ni afectan
a una minoría. Estos fenómenos están interrelacionados
entre si y relacionados con otras variables del entorno de la
escuela, familiar y social de los alumnos/as. La violencia en
la escuela tiene la forma de un auténtico iceberg donde
lo más grave es lo que no se ve pero se sabe.
3. La violencia en los centros es la amenaza
más grande que tiene nuestro sistema escolar por lo que
hacen falta medidas. Medidas que no pueden reducirse a la vía
represiva porque corremos el riesgo de multiplicar la gravedad
de los problemas. Es preciso buscar una respuesta esencialmente
educativa a estos sucesos.
Los estudiantes saben que en los centros se dan muchos
conflictos y de muchos tipos pero no hay tanta violencia extrema
como los medios de comunicación podrían estar dando
a entender. Los jóvenes tienen tendencia a afrontar los
conflictos de una forma extrema (para entendernos, o tuya o mía),
raramente se dan procesos de acercamiento de posturas más
allá de la que realiza el propio paso del tiempo.
Es muy importante que los adolescentes comprendan que la existencia
de conflictos no debería ni asustarles, ni preocuparles
más allá de lo razonable. Si lo toman como algo
natural que ocurre en cualquier contexto de convivencia entre
personas se van a dar ellos mismos oportunidades de aprendizaje
y de desarrollo personal para todos los miembros de la comunidad
escolar.
Desde el centro escolar, la respuesta educativa ante el comportamiento
antisocial debe ser global donde la convivencia se va a convertir
y se va a abordar como una “cuestión de centro”
y conviene dar a los propios alumnos/as su parcela de
responsabilidad.
Defender la convivencia va más allá de
la resolución de un problema concreto o de conflictos más
o menos esporádicos. Se trata de introducirla
en
el propio programa de aprendizaje,
en
el desarrollo de las relaciones interpersonales de colaboración
en
la práctica de hábitos democráticos fundamentales.
Coincidimos con el profesor Martínez Otero cuando afirma
que la solución a estos problemas exige una profunda reflexión,
proporcionar formación psicológica e intercultural
a los profesores, contemplar en las programaciones los cambios
sociales y escolares, favorecer la participación de toda
la comunidad educativa. Hay que transitar de la medidas prohibitivas
al establecimiento compartido de normas que regulan la convivencia
y, fomentar la figura del mediador escolar en cuanto persona imparcial
que permite llegar a acuerdos entre grupos o personas enfrentados.
Puede ser positivo saber en que se diferencian las personas que
tienen actitudes violentas o intolerantes de las que no para llegar
a comprenderlas mejor e intentar ayudarles si se diera el caso:
Su
inferior capacidad para detectar y valorar los problemas de convivencia
y generar explicaciones alternativas.
La
tendencia a percibir la realidad social de forma absolutista y
dicotómica (solo hay dos posiblidades, SI NO, BLANCO NEGRO;
TUYO MIO).
El
sentimiento de haber sido injustamente tratado lo que le provoca
una fuerte hostilidad hacia otros colectivos especialmente a aquellos
que consideran inferiores.
Para favorecer esquemas contrarios a la violencia conviene incluir
su estudio como materia de enseñanza-aprendizaje, de manera
que se desarrollen en los jóvenes habilidades que les permitan
entender y detectar la violencia por un lado y conocerse a sí
mismo por otro. Es necesario ayudarles a:
1. Conceptuar la violencia como problema que afecta a todos, que
la violencia tiene naturaleza destructiva tanto para la víctima
como para el agresor y que contra ella se puede y se debe luchar.
2. Identificar los estereotipos y distorsiones que conducen a
la violencia.
3. Favorecer una adecuada comprensión y aceptación
de uno mismo
La violencia no es algo que se aprende de un día para
otro, sino que va introduciendo su germen poco a poco, como si
de un virus se tratase. Por lo tanto es necesario una prevención,
un tratamiento y una resolución sin temor a ser tratados
ni de represivos, ni de autoritarios, ni de antidemócratas,
aspectos estos que están detrás de muchas inhibiciones
para devolver la normalidad a la convivencia escolar.
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