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La Mandolina
Julia tenía siete años cuando entró por primera vez en la casa de Eugenia. Cruzar aquella puerta la llenó de emoción. Su amiga Eugenia tenía un padre muy guapo, una madre que parecía su abuela y varios hermanos mayores. Esta familia sorprendente vivía enfrente del colegio, y Julia no conocía ese mundo del centro, no sabía cómo eran por dentro esas casas de dos pisos, con puertas y ventanas que daban a una acera, y con un patio trasero para jugar. Por suerte, Julia nunca tendría que enseñarle su casa a Eugenia, pues la casa de Julia quedaba lejos, en un lugar apartado fuera del pueblo, un barrio de casitas pequeñas donde vivían los marineros y al que ninguna madre del centro dejaría ir a su hija. Julia no sabía si tenía derecho a entrar en la casa de Eugenia, pero se habían hecho muy amigas en los últimos meses y Eugenia quería enseñarle su guitarra nueva. Al salir del colegio sólo tenían que cruzar la acera y ya estaban allí, como una prolongación de ese mundo de pupitres y encerados. La casa por fuera era bonita. Se la imaginaba por dentro llena de lujos, con muebles de comedor y lámparas, pero cuando entró todo fue diferente. La madre de Eugenia se acercó a ella y le preguntó quiénes eran sus padres. Julia dio el nombre de su padre y su madre, pero esto no bastó y acabó dando el nombre verdadero de la familia. -...de los canarios -dijo, un poco apurada. -Claro, con el pelo blanco, cómo no me di cuenta. Ilustración de Joaquín Santamaría

Los canarios tenían el pelo rubio. El padre de Eugenia tenía un negocio de comestibles. A la niña, aquella mujer que le hacía preguntas le pareció buena, le hablaba como a una persona mayor y se disculpaba ante ella de las condiciones de la casa.

-Pasa, pasa -le dijo muy amable-, todo está un poco sucio, es que estoy enferma ¿sabes? Yo soy una mujer enferma. ¿Y no va a misa tu madre?

A los canarios la iglesia les quedaba lejos. La madre de Eugenia estuvo hablando con ella de Dios, y le preguntó si sabía rezar el rosario. No. Los canarios no sabían rezar el rosario. Muchos canarios no sabían ni leer.

-¿Y eres muy lista? Sé que sacas buenas notas, no como mi hija.

La niña se removió en el sofá, pero su amiga parecía contenta.

-Ven, que te enseño la guitarra -le dijo- ¿puedo enseñarle la guitarra, mamá?

-Sí, pero con cuidado, que no se vaya a romper.

Eugenia subió al cuarto a buscar la guitarra y Julia se quedó sola con aquella mujer enferma. Notaba sus ojos enfebrecidos clavándose en su cara, ansiosos de saber. Eran muchas las preguntas y curiosidades que la madre de Eugenia quería despejar, cuántos hermanos eran, y cómo era su casa, le preguntó si su casa era como aquella, tan oscura y tan vieja, le preguntó si su madre estaba todo el día en casa como ella, y si sabía coser y si sabía cocinar. Le preguntó si quería a sus padres y si era buena. ¿Y Eugenia? Le preguntó si Eugenia era una buena amiga, si era buena su hija. No eran preguntas difíciles de contestar, a todo Julia contestó que sí.

-¿Y tú, cuentas mentiras? -le preguntó finalmente- Dime la verdad.

Julia se quedó callada. No recordaba haber contado una mentira en su vida. No sabía lo que era mentir.

-¡No, yo no!

-Así me gusta -dijo aquella madre-, las personas que cuentan mentiras van al infierno, al infierno de los mentirosos. Yo se lo recuerdo todos los días a Eugenia. Esta casa está llena de mentirosos ¿sabes?

En ese momento Eugenia bajó por las escaleras con la guitarra en brazos. La guitarra era más grande que ella, era un instrumento enorme. En el colegio todas las niñas iban a la rondalla menos Julia. Esto no le hacía ningún daño, nada de lo que pasaba en el centro le dolía lo más mínimo. Le bastaba con que su amiga Eugenia le contase los ensayos y le enseñase su guitarra. Eugenia sacó con mucho cuidado la guitarra de la funda y se puso a tocar una canción que acababan de enseñarle. La madre la miraba con satisfacción, como si el sonido de aquellas cuerdas le recordara su juventud. Su cara se relajó por un momento, y su nariz enrojecida por la humedad pareció templarse. Durante un rato la madre de Eugenia permaneció absorta, ida, y cuando volvió en sí la hija de los canarios todavía estaba allí sentada en su sofá viejo mirándolo todo con sus ojos enormes, mirándola a ella que se había olvidado por un momento de la humedad de las paredes y del desorden de los cuartos, de la fealdad de aquella casa que podía y debía ser una casa bonita, la mejor del centro, y que no lo era. En ese momento la madre de Eugenia se despertó de su ensueño y volvió a clavar los ojos en la amiga de su hija, con insidiosidad.

-¿Y no vas a la rondalla? -le preguntó-. Eugenia va. ¿Qué instrumento tocas tú?

Julia se estremeció, y quiso esconderse en el vientre de la guitarra.

-No. Yo no voy a la rondalla -dijo finalmente.

-¿Cómo, no vas a la rondalla? -la madre se volvió a su hija, recriminándola- ¿Lo ves, Eugenia, no todo el mundo va a la rondalla, no todos tiene una guitarra como tú.

-No. No es eso -dijo Julia, y se vio de pronto en medio de una orquesta, en otro sitio, en otro pueblo-, yo toco la mandolina.

-¿La mandolina?

-Sí, y mi padre el violín.

-¡Vaya! Una familia de músicos -se rió a placer la madre de Eugenia- ¿y dónde te enseñan a tocar la mandolina, a ver?

-En Ribadeo -dijo Julia sin dudarlo, imaginándose en medio de unos músicos uniformados, y ella en el centro-, voy a Ribadeo porque allí enseñan a tocar la mandolina, en la rondalla de Ribadeo hay mandolinas, aquí no.

-Una mandolina, uhmm...¿y cómo es una mandolina? -se sonrió incrédula la mujer.

-Muy pequeña -dijo Julia, sirviéndose de sus manos para moldear la mandolina, y notó en sus brazos el peso del instrumento, una mandolina real y liviana como la prolongación de una rama en otoño, deshojada-, es muy ligera y tiene muchas cuerdas. Y el sonido es el más bonito que hay, mucho más bonito que el de la bandurria, y el de la guitarra. Está entre el laúd y el violín. Con la guitarra no tiene nada que ver.

-¿Y dices que vas a Ribadeo? Qué bien -se cruzó de brazos la madre de Eugenia.

-Sí, mi padre me lleva en el coche todos los viernes. Soy yo la única que va -improvisó.

-Bueno, bueno...que toques bien la mandolina.

Ilustración de Joaquín Santamaría

En ese momento la mujer corrió a abrir la puerta, pues su marido entraba preguntando por la cena.

Cuando la puerta se abrió afuera era de noche. Julia se apresuró y salió al anochecer. Caminó con su mandolina inventada al hombro, en la oscuridad. Cuando el pueblo empezaba a quedarse atrás, antes de entrar en su casa tiró lejos el instrumento y empezó a correr. En la cuneta del camino en medio de un matorral entre espinos aún sobresalía el mástil con sus clavijas blancas. Julia se volvió y lo enterró hasta el fondo ayudándose con el paraguas. Y entró en su casa como en el cielo, sin ningún peso.

© Ministerio de Educación y Ciencia

 

 


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