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LA CABEZA DE LOS REYES

 

Cuando la diligencia tomó la senda paralela al mar con irritantes sacudidas, el señor de Welldone ordenó detenerse al cochero mediante dos golpes en la compuerta. Sin decir nada a Martín, su único compañero de viaje, Welldone alcanzó el suelo, libró su capa de la merced impetuosa del viento y se caló el tricornio. Enseguida estiró los brazos al tiempo que su pecho se expandía y el cuerpo se acuclillaba una y otra vez. Esa obstinada imitación de la rana era una costumbre del señor de Welldone tras cada viaje en diligencia, y la efectuaba sin que importasen ni las miradas atónitas o burlonas de otros pasajeros ni su categoría social. Tras esa operación, el señor de Welldone extrajo de entre sus ropas un catalejo. Divisó el mar: ni una nave, ni un signo de vida en esas aguas violentas. Enseguida, Welldone varió su campo de observación y algo le impresionó de pronto en el horizonte. Martín asomó la cabeza por la ventanilla y miró donde apuntaba el catalejo para descubrir un páramo infecundo, ciénagas, un camino como una serpiente de fango hasta el horizonte y, allí, sobre una colina, el único signo de vegetación en todo el paisaje: un árbol encorvado por la constancia del viento. Algo más que nada, pero muy poco.

Sin embargo, el señor de Welldone parecía entusiasmado. Mientras se reía del susto que a Martín le había ocasionado el gañido siniestro de una gaviota al posarse en lo alto de la diligencia, Welldone, con un ademán del brazo, pidió a su compañero que se acercara.

Ilustración de Joaquín Santamaría

En los últimos años, Martín había sentido la intemperie de la meseta castellana, el frío de los refectorios jesuíticos donde un sonido cualquiera parece una roca de hielo al caer en un pozo profundo. Martín había hollado la nieve de los Alpes y se estremeció más de una vez en un rincón de las ruinas de antiguos templos romanos. El clima inestable de Siena le hizo sufrir tanto como las goteras de los palazzos venecianos o el rigor de la estepa prusiana. Pero fue al aproximarse al acantilado de esa costa, barrida por un viento lacerante, amo y señor de cualquier existencia entre el cielo de plomo y el barro inhóspito, cuando una voz interior demasiado conocida le habló de nostalgia por primera vez. Su tierra se le antojó un paraíso, y eso era en verdad mucho antojo. Se hallaban al final de la primavera, el deshielo se había consumado, las tardes declinaban con lentitud inconcebible; sin embargo, el clima imponía a esas tierras una humedad gélida que se anclaba con dolor en cada uno de los huesos del esqueleto. Cada habitante de ese lugar, pensó Martín, sentirá hora tras hora que no somos más que eso, esqueletos quejumbrosos que simulan con pena el trabajo diario, que fingen alimentarse y procrean nuevos esqueletos que crecen entre lamentos.

-Ya estás pensando en muerte y ceniza. Se te arquean las cejas de un modo curioso cuando reflexionas sobre calamidades de esa manera tan tuya. Y se te arruga la frente sin remedio. ¡Cuánto mejor sería que le dieses buenas ocasiones a la hora presente de una vez por todas!

Como no era la primera vez que el señor de Welldone invocaba el “carpe diem” a su modo optimista, Martín siguió con su melancólico proceso. ¿Qué les había llevado hasta ese Norte temible? Cuando salieron de Italia, la idea de Welldone, el señor para el que estaba empleado, era introducir en uno de aquellos estados alemanes un nuevo proceso para teñir sedas y lanas adornadas con los dibujos que ideaba el propio Martín. La necesidad del gusto, la demanda de los pudientes, reclamaba esas mejoras. Y si ese progreso no era llevado a cabo por los príncipes, otros lo harían y se lucrarían con ello. Welldone decía conocer métodos secretos que iban a permitir la construcción de laboratorios cuyos productos maravillarían al mundo. Una vez alcanzada la gratitud de reyes, príncipes o grandes duques por la prosperidad que Welldone y Martín hubieran proporcionado a sus tierras, ellos habrían de instalarse junto a sus protectores en cómodos palacetes. Martín buscaría entre la nobleza local a la mujer que anhelaba y el señor de Welldone seguiría avanzando en sus investigaciones.

Lo cierto es que no habían conseguido que nadie les recibiese. Junto al acantilado que tanto invitaba a precipitarse en él y acabar de una vez con todo, Martín recordaba que ni siquiera recibieron negativas a su plan. El silencio era la respuesta común a las largas misivas de Welldone. Y ese silencio no sólo llegó de príncipes y reyes, un hecho que desalentaba, pero era razonable. Hubo también silencios de ministros y validos; silencios de favoritas que hubieran podido entretener con el asunto a su amante, mientras éste se vestía. Era un silencio definitivo que alcanzaba también a los cortesanos que, aun creyéndoles farsantes, hubieran podido recomendar maliciosamente la innovación que presentaba Welldone a alguno de sus rivales en la corte para que éste cayera en el ridículo por proteger tales delirios. Habían sido muchos los vividores que habían recibido en los últimos tiempos la cordialidad de la aristocracia. Esos viajeros se decían sabios en filosofía arcana, alquimia, astrología, hipnotismo y otros conocimientos aprendidos en lejanas regiones o en escuelas reservadas para unos cuantos elegidos. Lo único que en verdad conocían eran los resortes de la vanidad que mueve el mundo, la intrincada burocracia que abría puertas y salones y, sobre todo, la traición, el deshonor, el robo, la estafa y la impostura. En todas las cortes europeas se habían dado casos de máximo bochorno entre los nobles más crédulos. Algunos habían llegado a perder un buen pedazo de sus rentas y se habían ganado un sobrenombre de por vida: el imbécil.

Si uno miraba las cosas de frente, ellos mismos, Welldone y Martín, parecían otra pareja de charlatanes. Los dibujos perfectos de máquinas y edificios que Martín diseñaba, la fastuosa retórica de Welldone, aunque fuesen verdaderos y bien intencionados, despedirían ese aroma conocido de farsa ante las narices escarmentadas de los antiguos protectores. De ahí el silencio.

Sin embargo, por causas desconocidas para Martín, Welldone era otro desde que recibiera noticia de la muerte de François-Marie Arouet, uno más de aquellos gorrones con sobrenombre que iban de corte en corte, y que decía llamarse Voltaire. ¿Era el posible final de un competidor lo que despertaba su ánimo? Martín sólo sabía que la suma de cada uno de los silencios ajenos en un silencio total renovaba las energías de Welldone. ¿Se había vuelto loco? Era muy posible. Sin embargo, aquella antigua tristeza del maestro había abandonado su cuerpo para instalarse en el de Martín. Ahora, Welldone, limpio de negros pensamientos, era un dechado de euforia. Aseguraba estar convencido de que las buenas causas obtienen a la larga buenos resultados y, si los poderosos no veían con sus propios ojos las maravillas que iba a proporcionarles, era necesario que viajara hasta sus feudos para intentar convencerles. Welldone pensaba que no iba a ser muy bien recibido en las grandes cortes. Por eso, habían salido de Italia con la idea de cruzar Europa hasta llegar a esa península de Jutlandia, a ese principado de Schleswig-Holstein olvidado de Dios. Y Dios no le habría dado la espalda sólo por ser nido de luteranos, sino porque al hacer esas tierras no logró, desde luego, ninguna proeza. Nada y un árbol corcovado.

-Mira por el catalejo, Martín. Ahí, en aquello que parece un punto de humo más allá de la colina, está la ciudad de Schleswig, y en ella el palacio del príncipe Carlos y la posada “El oso feliz”.- Al mirar por el catalejo y no ver nada, Martín se preguntó si algo era verdad. Al menos, lo de la posada. Necesitaba comer y descansar. El señor de Welldone seguía exponiendo sus planes:- Tras un tiempo de preparación, unos detalles que necesito culminar, iniciaremos el asalto al palacio. Como dijo el inglés: “Si vivimos, vivimos para pisar la cabeza de los reyes. Si morimos, hermosa muerte si con nosotros mueren príncipes”. Como podrás imaginar, utilizo las palabras del inglés en sentido figurado. Déjame hacer a mí. Una vez, Julio César me confesó que era mucho mejor estratega que él.

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