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La marcha de Radetzky

Recuerdo a Carmelo Sanjulián, que tenía piernas alámbricas de mosquito y cara de mala leche y estaba siempre adulándome o acorralándome a empujones en un rincón, para que le diera la mortadela de mi bocadillo y, si no lo hacía, le decía a los otros, en voz alta, que mi abuelo estaba sansirolé, lelo, tontolaba, legumbre, gilivaina, lirio o cebollo. Acabé contándoselo al señor Salcedo y el matasiete le puso al maestro tal cara de inocencia y le exhibió tales maneras de monaguillo servil que el señor Salcedo le quitó importancia a la cosa y nos ordenó que nos diéramos la mano delante de él, a lo que Carmelo se apresuró como si le fuera la vida en ello.

Pero lo del bocadillo y el abuelo siguió coleando y no quería decirlo en casa, porque el abuelo Luciano, padre de mi madre, había sido una personalidad, o eso decía su hija y, por si fuera poco, un gran melómano que no se perdía un concierto cuando en España no le interesaba a nadie la música clásica y el público deliraba con las canciones folkloricas. Yo siempre le había conocido como estaba, es decir, sin personalidad, con aquella parálisis progresiva que le originó una embolia cerebral, pero era mi abuelo y, cuando regresaba del colegio, me gustaba darle un beso para sentir su cara blandita y como indefensa. Una enfermera alemana, alta y rubia, Frau Erna, le atendía a diario durante varias horas, menos los sábados y domingos, y mi padre insistía en mantenerla en casa porque a él le parecía imprescindible y raro era el día que no le echaba una mano para trasladar al abuelo del sillón al lecho. Mi madre, en cambio, veía algo en ella que no le gustaba y le parecía muy costosa.

Además de las medicinas, nos recomendaron los médicos, como terapia de prueba, que pusiéramos en el tocadiscos algunas de las piezas clásicas favoritas del abuelo y observáramos si se operaba en él alguna reacción motriz por mínima que fuera. Así que me aprendí de memoria la Sinfonía número 40 de Mozart, de la que él, en sus tiempos, decía que tenía humor y una especie de alegre resignación y que le parecía la música ideal para despedirse de este mundo, la Obertura de 1812 de Tchaikovsky, que era la que me gustaba a mí más por La Marsellesa y los cañonazos, la Sinfonía Heroica y la quinta de Beethoven, y la multitudinaria Marcha de Radetzky, de Johann Strauss padre, entre otras que, según mi madre, eran sus preferidas.

El experimento fue controvertido y dio mucho de sí, porque, cada dos por tres, entrábamos en el cuarto del viejo, poníamos música en el pick-up y nos quedábamos allí observándole o sin hacerle ni caso y cuando, por fin, ocurrió aquello, que el abuelo empezó a insinuar torpemente el ritmo de la Marcha de Radetzky con la pierna izquierda, mi madre, en vez de alegrarse, se echó a llorar, porque no podía creer que el abuelo, con lo que él había sido, no se hubiera conmovido en absoluto con Mozart, Beethoven o Tchaikovsky y, sin embargo, lo hiciera con Strauss, pero mi padre trataba de convencerla de que los Strauss calaban más hondo en el espíritu juvenil y de que en aquella pierna izquierda del abuelo se habían concentrado todos los recuerdos de su juventud, aunque lo demás estuviera ya muerto. Y, en vez de llorar, se reía y exclamaba “¡Menudo punto filipino tuvo que ser el viejo!” Y como el viejo había reaccionado con la música más alegre y ligera, su yerno, con la intención de ver si mejoraba algo más, se marcaba pasodobles con Frau Erna cuando mi madre se iba de compras o de visita, porque, en su presencia, podía darle por pensar lo que no era.

Cuando ocurrió aquello, me llevé a casa después del cole a Carmelo Sanjulián engatusándole con un trueque que le convenía: yo le daba un sacapuntas metálico en forma de gorila a cambio de una goma de borrar que parecía un huevo frito. Hicimos el canje y no me importó perder porque, acto seguido, le metí en el cuarto del abuelo y, sin hablar más, puse la cinta de Radetzky y el viejo empezó a mover la pierna, incluso con más brío, como si supiera por qué había entrado allí aquel tipejo. “Ahora –le espeté con rabia-, no le vas a ir diciendo a Vázquez, y a Marín, y a Domiciano, y a Perea, y a Ibáñez, y a todos los demás, que mi abuelo es una legumbre. Mira, mira cómo se mueve, y así todos los días; no es solo hoy” Se quedó en silencio observándole y luego se sonrió y me dijo: “Parece un afilador”. Y eso fue lo que, a partir de entonces, les contaba a los otros en el cole.


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