| Ninguno de los dos sabía
qué era una patente de corso, pero, si durante
la guerra civil española alguien se hubiera molestado
en explicárselo, los dos habrían respondido
al unísono: “¡Pues, lo nuestro! ¡Lo
que nos han dado a nosotros!”. No les habría
faltado razón. Aquellos dos amigos, famosos por
sus robos y por las correrías que hacían
por las fiestas de los pueblos recogiendo campesinos
en un camión y llevándolos a los cabarets
de la ciudad, podían matar a cualquiera sin otro
motivo que el haber sido señalado por un Don
o una Doña. En realidad, ellos mataban todo lo
que podían, porque eran asesinos y porque, al
fin a cabo, siempre había alguien que les daba
un buen motivo.
Pirpo tenía la figura de un bailarín,
era muy esbelto. Chanberlán se asemejaba más
a una domador de leones. Cuando en el camino se les
juntaba algún payaso, los tres formaban un bonito
grupo circense, cuyo lema era: “Función
única. Si vienes, no lo contarás”.
Se decía que entre los que habían asistido
a aquellas funciones se encontraba Portaburu, un campesino
de Obaba secuestrado en San Sebastián, así
como el viejo Goena y el joven Goena, asesinados en
el mismo Obaba, cerca de la casa donde vivían.
Y que fue Chanberlán el que les pegó un
tiro en la cabeza mientras Pirpo, no muy lejos, ensayaba
unos pasos de vals.
Ocurrió, sin embargo, que, a partir de 1940,
los Dones y las Doñas quisieron actuar con más
discreción. El circo de Pirpo y Chanberlán
estaba ya muy visto, llevaba demasiadas sesiones, y
además no parecía tener buena acogida
en otros países. “Ya basta de bailes y
de juegos de leones –dijeron los Dones y las Doñas–.
Ha llegado el turno de los juicios, que tampoco son
un espectáculo cualquiera.” A partir de
ese momento, la situación de Pirpo y Chanberlán
cambió de forma considerable, y llegaron a sentirse
preocupados, como quien ha perdido algo. “Hemos
perdido la patente de corso”, quiso decirle un
día Pirpo a Chanberlán. Pero, al no conocer
la expresión, tuvo que callarse, y el gusano
–el malestar– se le quedó dentro.
Durante una época ni siquiera tuvo ganas de bailar.
A Pirpo le encantaba el champán, y servirse langosta,
bogavante y otros frutos de mar en mesas engalanadas
con manteles de hilo; Chanberlán, en cambio,
se dejaba casi todo su dinero en oscuros cabarets y
en los prostíbulos. Al contrario que a Pirpo,
las mujeres no se le rendían por su cara bonita.
Porque, en realidad, de bonita no tenía nada.
En la nueva situación, la falta de dinero pronto
se convirtió en un serio problema. No tenían
talento para los negocios, ni para los sucios ni para
los limpios; no podían ocupar, por falta de preparación,
puestos de cierto nivel en las empresas gubernamentales;
para acabar de complicarlo, les costaba verse a sí
mismos en una estanco o conduciendo un taxi, y rechazaron
sin titubeos la oferta que un Don les hizo en ese sentido.
Volvieron a montar su circo, y se dedicaron a pasar
a Francia emigrantes clandestinos portugueses. Recogían
a diez o doce en la frontera, generalmente por la zona
de Salamanca, y, después de traerlos ocultos
en un camión hasta los Pirineos, los dejaban
en lugares como el valle de Ansó o el valle de
Echo. “Ya estamos en Francia –les decían–.
Seguid por este camino, y dentro de dos horas estaréis
en la ville de Tarbes.” Al cabo de dos horas,
adonde llegaban los portugueses era a un cuartel de
guardias españoles; al cabo de tres días,
ya estaban de nuevo en Tras os Montes o el Alentexo.
En el mismo sitio que antes, pero sin el dinero.
A veces ocurría que surgían problemas
en la representación circense, y los portugueses
manifestaban sus dudas, protestaban, exigían
una prueba de encontrarse realmente en Francia. Pirpo
–él era el más comunicativo de los
dos–, protestaba tanto o más que ellos,
y se lamentaba por la falta de confianza. Luego, acudía
a Chanberlán. “Si no me creeis, preguntádselo
a éste”, decía a los portugueses.
Y éstos veían una pistola en la mano de
aquel hombre que se asemejaba a un domador de leones,
y, no sólo se callaban, sino que bajaban la vista
y pedían perdón.
Pasó el tiempo, llegó 1944, y Pirpo empezó
a cansarse, a sentir nostalgia de los tiempos en los
que, sin tanta zozobra, la suerte les sonreía,
y tenían a su disposición comodidades,
riquezas y facilidades para hacer las cosas —“una
patente de corso”, habría dicho de conocer
la expresión—. Él no quería
pasarse toda la vida yendo de Portugal a los Pirineos
y de los Pirineos a Portugal. Les urgía hacer
algo. Si no, cerrarían el circo. Pero en ese
caso, ¿cómo pagarían el champán,
la langosta, el bogavante, los frutos de mar? ¿Cómo
pagaría Chanberlán el amor de las mujeres?
Un Don o una Doña les envió de improviso
un mensaje. Un matrimonio de ancianos se encontraba
en Francia, concretamente en Lourdes, a la espera de
un guía. Deseaban cruzar cuanto antes los Pirineos
para entrar en España, y pagarían generosamente
a quien les prestara ayuda. Apenas recibió el
mensaje, Pirpo se puso a bailar: tenía el pálpito
de que se trataba de un buen encargo. Día y medio
después, cuando se desplazó a Lourdes
y conoció los detalles, no sólo bailó,
sino que cantó y saltó. De haber podido,
se habría echado a volar.
Los detalles se los contó a Chanberlán
en un hotelucho de la ciudad bendita: “¿Sabes
cómo le llaman a ese viejo que quiere pasar a
España? ¡Le Roi du Champagne! ¡El
rey del champán! Dicen que es riquísimo.
Si es verdad lo que me ha contado su criada, llevan
un maleta repleta de piedras preciosas y dinero…
A Chanberlán no le gustaba precipitarse. “¿Por
qué quiere escapar de Francia si es tan rico?”,
preguntó. Pirpo le explicó que Francia
estaba ahora en manos de un militar llamado De Gaulle,
y que le Roi du Champagne había colaborado con
los nazis y con el general Pétain, enemigo de
De Gaulle; colaboración que ahora podía
llevarle a la horca o al paredón. “Y ¿por
qué te ha dicho la criada lo de la maleta?”
Chanberlán también quiso saber aquello.
“Por mi cara bonita”, le respondió
Pirpo ejecutando unos pasos de vals. Chanberlán
se encogió de hombros. Siempre era igual con
las mujeres. A él le pedían dinero, mientras
que a Pirpo se lo daban, o le informaban de dónde
lo podía encontrar. “¡Qué
bien! ¡Está nevando!”, exclamó
Pirpo mirando por la ventana. “¡Qué
quieres, a finales de noviembre!”, exclamó
Chanberlán de mal humor. “Te das cuenta
de que es una buena noticia, ¿no?”, le
dijo Pirpo. “Claro que me doy cuenta. Les quitaremos
la maleta y luergo les mataremos”. Llevaban ya
mucho tiempo en aquel circo, se conocían perfectamente.
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