| - ¿Y qué
es lo que vamos a hacer con tanta cosa? ¿Cómo
se puede guardar tanto vestido, tanta ropa de cama,
servilletas y manteles, y tanto cacharrito? –
decía Lidia, de vez en cuando.
Tenían abiertas de par en par las puertas del
viejo armario empotrado que había en la habitación
de adentro como siempre se la había llamado;
y así, con todo aquello que el armario contenía,
y lo que ya habían colocado por la estancia,
ésta les parecía un almacén y como
si hubiera ensanchado a pesar de que, puestas las cosas
dentro del ropero, y cerrado éste, la habitación
era poco más que una celda de monja o mechinal
de estudiante. Una cama, una mesita de noche, y, adosado
a una pared un pequeño comodín con un
espejo de marco muy ancho sobre él eran todo
el mobiliario, y no podría colocarse ninguna
cosa más allí; pero lo cierto era que
las ropas y los objetos se iban amontonando en aquella
estancia, y siempre había un lugar para ellos.
Podían perfectamente pasarse allí bastante
tiempo para acabar lo que ella y María se habían
propuesto.
María, que era la que había vivido los
últimos años en la casa con mamá,
era la que había tenido mayor familiaridad con
las dos, y sabía muy bien lo que había
en aquel armario como en cada rincón, por lo
demás, así que, desde que lo habían
abierto, había comenzado a detallar lo que más
o menos creía ella que había o debía
haber en cada uno de los vasares, aunque nunca se sabía
lo que mamá podía haber guardado entre
la ropa, sin saberlo ella; y, algunas veces, cuando
sacaban los membrillos y las manzanas de allí,
antes de que comenzaran a malearse, ella misma encontraba
algo por lo que había estado dando muchas vueltas
por la casa, y no había aparecido.
Seguía dando la espalda a Lidia, a cuyo comentario
tan repetido no había contestado más que
volviendo la cabeza y sonriendo, y Lidia concluyó
por resumir su impresión diciendo que, al fin
y al cabo, había que alegrarse de que las casas
de hoy, y, sobre todo en la ciudad, fueran mucho más
pequeñas, y no permitieran guardar tantas cosas.
¿Para qué? Aunque enseguida añadió
que otra cosa, sin embargo, era que no se pudiera guardar
nada, olvidar que se tenía, y luego encontrárselo
un día. Eso debía de dar mucha alegría.
- ¡Ya ves! ¡Hasta una simple cinta! - dijo,
señalando la cajita de cartón azul que
se había abierto al caer del tercer vasar, y
en la que había una ancha y bastante larga cinta
de seda blanca, que había rodado por el suelo
al desenrollarse. En uno de sus cabos, tenía
una especie de corchete, y en el otro un fleco.
María se agachó para recogerla, y volver
a ponerla en la caja, y Lidia bromeó:
- ¡No me digas que llevamos puesta esta preciosidad
cuando hicimos la primera comunión, o que la
llevó mamá en la suya! ¿Y dónde?
¿Cómo una banda? ¿A la cintura?
No me hago idea.
- ¡No, no!. Es una cinta de cuando mamá
era muy joven.
María abrió, a seguido, un cajón
del comodín, y colocó allí la cajita
con la cinta, pero luego optó por dejarla sobre
el comodín mismo junto al plato de Talavera que
estaba allí, vacío; y comentó que
tenían que darse un poco de prisa en aquella
tarea, porque, una vez sacado todo del armario, harían
unos apartados, pero que, si se encontraba algo de lo
que ella, Lidia, tuviera capricho, lo dijera.
- ¡Por querer! - contestó Lidia.
Pero que no se trataba de esto, porque a ella también
la parecía bien que, si María estaba encaprichada
con algo, se lo quedara. De lo que se trataba era de
ver lo que había en la casa, y en ver qué
se hacía con muchas de aquellas cosas.
María señaló el armario, y dijo
que, excepto el último vasar en el que había
de todo, y desde luego unos sombreros preciosos, en
los demás vasares sólo había ropa
de cama y mesa, y abajo unos juegos de café y
unas cuberterías antiguas, pero que no hacía
tanto que se había sacado todo ello. En realidad,
esta habitación y el armario estaban siempre
igual, desde muchos años atrás, desde
cuando eran muchachas, con muy pocos cambios.
- Lo único que hay aquí, cambiado y nuevo,
en esta habitación ¡a ver si averiguas
lo que es! – dijo María finalmente.
Pero, como Lidia tardara en contestar, María
la señaló el espejo.
- ¿Es que no te acuerdas del espejo de paja,
como le llamábamos? Pues ahí está.
La rafia se soltó mucho, y se puso este otro
marco de madera, pero el espejo es el mismo.
Cuando las castigaban por algo, siempre las castigaban
juntas a las dos, y las enviaban a la habitación
de dentro para que se miraran al espejo y vieran lo
horrible que se había vuelto su cara por haber
hecho lo que habían hecho y, sobre todo, por
desobedecer y por mentir.
- ¡Qué horror! – exclamó Lidia.
Y dio unos pasos para acercarse a él y mirarse,
pero se detuvo, y dijo:
- Ahora es cuando no tendría que mirarme en él.
Pero ¡ya qué más da! ¡Qué
tontas fuimos en no mirarnos cuando teníamos
que habernos mirado!
Luego se corrigió y añadió:
- ¡Bueno! Tonta yo, porque tú te mirabas,
y te reías! Pero ¡yo!
- ¡Es que era verdad, Lidia! ¡Era verdad,
no se lo había inventado papá! Era verdad
que te veías horrible. O sin cabeza, o sin brazos.
- Pero ¿cómo podía ser? ¿Y
por qué te reías?
- No lo sé, Lidia. No lo sé. Entonces
yo no sabía nada,
Lidia se acercó ahora decididamente al espejo,
se miró, y se rió con su risa antigua
e infantil.
- No sabías nada, dices. ¿De qué
no sabías nada? No teníamos que haber
crecido ni saber nada nunca – dijo.
Luego le dio un beso a María, y comenzaron a
meter en el armario todo lo que estaba esparcido por
la habitación.
- ¡La caja de la cinta, que no se te olvide!
María la tomó en sus manos, y explicó
en voz muy baja que aquella cinta era del ataúd
de una hermanilla que habían tenido y había
nacido sin brazos, y se había muerto con cinco
años. Mamá ni se atrevía a nombrarla,
y nunca había dicho su nombre, salvo a lo último.
- ¿Y cuál era? – preguntó
Lidia.
María mostró entonces a Lidia las dos
letras, bordadas en la cinta: una L y una M.
- Nuestros nombres. Por eso hasta nos castigaban siempre
juntas – explicó María en un susurro.
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