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Domingo por la noche. Recorro las calles recién regadas por el camión de limpieza del Ayuntamiento, el camión cisterna. Aún se escucha su ruido, acaba de pasar por aquí. Busco un lugar donde refugiarme, un lugar que me retenga unas horas más fuera de casa, pero no encuentro ningún bar. Los que hay, están cerrados. Los domingos, cierran muchos bares. Ahora ya es lunes. No me gustaban los lunes cuando trabajaba en una oficina, pero ahora, ¿qué más me da un día que otro? Aunque los días no sean iguales entre sí, nunca lo son, cada día es distinto, imprevisible. Si fueran iguales, me sentiría más tranquilo, pero nunca sabes cómo va a ser el día que viene. Nunca lo sabes, y por eso prefiero quedarme un poco más fuera de casa, para que el día que viene no empiece. Mientras estoy en la calle, aún es el día de ayer, aún es domingo, aunque en realidad sea ya lunes.
Al fin, encuentro un bar abierto, un antro estrecho con olor a kebab. Sólo está el dueño, un hombre muy serio, concentrado en la tarea de limpiar el pincho del kebab. Le pregunto si me puede servir una copa. Se encoge de hombros. Finalmente, me sirve un gin-tónic.
Aparece otro hombre. Cuando vuelvo del servicio, lo veo. No sé de dónde ha salido, no sé si ha entrado por la puerta del bar o por una puerta secreta, invisible para mí. Hablan en un idioma que imagino es turco. Hablan y me echan ojeadas de vez en cuando. Me pregunto si no me habré metido en un territorio hostil.
Fuman, beben cerveza. Pago y me voy. No pasan taxis por aquí.
Tampoco tengo dinero. Siento que alguien me sigue, una sombra, un rumor a unos pasos por detrás de mí. Incluso escucho una tonadilla, un susurro muy tenue. Pero a lo mejor está dentro de mi cabeza. Era la música que sonaba en el bar. Con la tonadilla dentro de mí, con esa sombra a mis espaldas, llego hasta mi casa. Ante el portal cerrado, siempre me pregunto lo mismo, ¿tendré las llaves? Las tengo.
Pero oigo un ruido que viene de un rincón. Ya no es la sombra que me persigue y que, quizá, se ha quedado fuera, en la calle. Esto es otra cosa.
Un ruido como un gemido. Un ruido humano.
-¿Hay alguien ahí?, ¿quién es?, ¿qué le ha pasado?
A este ruido le cuesta articularse, expresarse con palabras. Busco el interruptor de la luz. El zaguán queda iluminado, por mucho que la luz sea más bien débil y tiemble un poco, como si la bombilla estuviera a punto de fundirse.
Me acerco con precaución al bulto que gime y se mueve. Es una mujer. Está agachada, arrebujada en su abrigo, despeinada.
-¿Qué le ha pasado? -repito.
-No lo sé -balbucea.
-Pero algo le ha tenido que pasar.
-Tengo un dolor aquí- dice, señalándose la cintura.
-¿Vive en esta casa?, habrá que llamar a un médico. Venga, la
acompaño a su piso.
-¿Quién es usted?, ¿cómo sé que puedo fiarme de usted?
-Pues quédese aquí. Mire, yo vivo en el quinto. Quédese si quiere y yo
aviso a su familia.
-No tengo familia.
-¿No vive aquí?
-No he dicho eso.
La mujer habla ahora con más claridad. Parece algo recuperada.
-Verá -dice, después de tragar saliva, de respirar profundo- Soy enfermera, cuido a la señora del segundo derecha, que vive sola. No está del todo incapacitada, pero casi. Fue justo al bajar por las escaleras, de pronto me sentí mal, fue como un golpe en el estómago. Me he tenido que
echar en el suelo. Pero ya me encuentro mejor, se me está pasando, no sé qué ha podido ser.
La verdad es que, aunque no lleva uniforme de enfermera -lo que se vislumbra bajo el abrigo no es una bata blanca, y sus piernas están enfundadas en pantalones oscuros-, tiene pinta de enfermera. Es una mujer de aspecto fuerte, alguien capaz de ayudar, de sostener a otra persona, de manejarse bien con los otros. Se ha enderezado y se está sacudiendo el abrigo, manchado de polvo. El zagúan, es evidente, no está inmaculado.
-¿Vive cerca de aquí?, la acompañaré a buscar un taxi, no creo que deba andar sola a estas horas de la noche y con lo que le ha pasado...
-El caso es que no tengo dinero -dice, con el ceño fruncido- La señora no me ha pagado hoy. No tengo más remedio que ir andando.
-Yo tampoco tengo dinero. Si tuviera, se lo prestaría.
-No te preocupes -dice- No vivo lejos, y ya me encuentro bien.
Tengo la impresión de que ha evitado mirarme.
-La acompañaré a su casa- digo, a sus espaldas-, no puede ir sola, es muy tarde, ¿y si le vuelve al dolor?
-De acuerdo -dice, ya con la mano en el picaporte y echándome una ojeada rápida, como calibrándome.
Tengo la impresión de que éste es un favor que me hace, una especie de honor. Caminamos en silencio. De pronto, me acuerdo de la sombra que antes me perseguía, pero ya no está. Quizá haya sido imaginación mía.
Miedo.
La mujer tiene la cara contraída.
-¿Se encuentra bien?
-Creo que me sentó mal el café -dice-. Nunca tomo café por la tarde, pero hoy me sentía muy cansada. Pensé que si no lo tomaba no sería capaz de hacer nada.
-No sé cómo a la gente le puede gustar tanto el café. A mí me da naúseas.
-¿Y qué es lo que tomas para espabilarte?, ¿coca-cola?
-Sí, coca-cola.
Veo que en sus labios se esboza una leve sonrisa. Le gusta acertar.
-No tienes por qué llamarme de usted -dice- No soy tan mayor. Tengo un hermano de tu edad. Me llamo Sara.
-Yo me llamo Ernesto. Me llaman Erni.
-Ernesto es bonito.
-A mí me parece de telenovela, suena a alguien que ya está situado, que sabe lo que quiere, que lo consigue todo. Pero es un hombre que no tiene ningún interés, un hombre absolutamente gris.
-Así que tú no eres gris, ¿eh, Erni?
-Bueno, no lo sé. A lo mejor soy gris. Pero no me gustaría serlo, la verdad.
-Oye, Erni, ¿y a qué te dedicas tú?
-Me gustaría hacer películas, se me ocurren muchas cosas, historias raras, de esas en las que los demás no se fijan, historias normales que soy muy raras en el fondo.
-Me parece que eres un poco complicado, Erni. Yo, sin embargo, soy una mujer muy sencilla. ¡Vaya, a mí no me podrías meter en tus películas! No soy ni normal ni rara, ¡soy sencilla!
-Eso que has dicho es muy bonito, Sara.
Sara se rie.

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