| Dos veces por semana Alicia
se encierra en un aula insonorizada del colegio donde
imparte clases como logopeda. Allí extorsiona
paladares, domestica labios, mientras enseña
a hablar a niños de seis años que pronuncian
algunas palabras como si acabasen de aprenderlas. En
situaciones de tensión, sus alumnos tienen problemas
con sus lenguas, que son seres independientes y revolucionarios
dentro de sus bocas de fresa y dictan su propia ley.
Algunos se convierten en estatuas cuando otros profesores
les preguntan qué sucede en sus mesas liliputienses
si hay tres manzanas y llegan dos más, abriéndose
paso con ademanes de señoras obesas que necesitan
un desahogo; otros farfullan respuestas sobre la moral
azul y rosa que impera en el patio de juegos en un lenguaje
de cómico astuto, tan dicharachero y rápido,
que semejan adultos capacitados para el lucro y la estafa,
aunque no se les entienda. Alicia nunca deja de tomar
notas en su agenda forrada de tela, mitad diario, mitad
cuaderno de trabajo, y no se cansa de repetir:
-Empieza otra vez, pero más despacio. Mo-to-ci-cle-ta.

Y el niño de turno se atraganta con la palabra,
un hueso de aceituna inesperado, se sonroja, se encoge
en su silla y Alicia, que sabe que la mayor parte de
sus discípulos acabarán hablando correctamente
con el tiempo, no tiene inconveniente en decir:
-Muy bien. Me ha encantado cómo lo has dicho.
Suena mucho mejor. Motosicleta –y es como si hubiesen
inventado a medias una palabra nueva, maravillosa y
privada. La anota, adorna sus extremos con la cresta
de unas comillas y al final, pensando ya en otra cosa,
traza una línea a sus pies que es un suelo más
que un subrayado, un apoyo para ella misma, esta mañana
rencorosa en la que ha encontrado algunas hojas secas
prendidas del limpiaparabrisas de su coche y se ha quedado
sentada al volante durante unos minutos, antes de arrancar
el motor, sintiéndose un espécimen equivocado,
un pájaro desmañado y marchito.
Los padres de sus alumnos son seres aturdidos, culpables,
que en los momentos más bajos se consideran los
centinelas forzosos de un autismo extravagante. Alicia
trata de explicarles que no hay nada desajustado en
la cabeza del niño, sólo en la conformación
de su cavidad bucal, en la disposición poco airosa
de sus dientes, o que tal vez se trate únicamente
de un vicio de pronunciación conservado a través
de los años como una reliquia de los primeros
gorgoteos, un homenaje a sus cunas. Espanta a manotazos
el fantasma de la dislexia. Nada definitivo, en suma.
Algo estético, prescindible para otros padres.
Y se desentiende de las angustias ajenas y naufraga
en las suyas, porque Alicia, también tiene que
enseñar a hablar de amor a los hombres que se
le acercan, que rebotan contra ella en una esplendorosa
carambola, y luego desaparecen por el feo agujero de
una esquina de la mesa. Nadie es perfecto y muchos de
ellos se ponen en aprietos al decirle “te quiero”
o “vamos al cine esta tarde”, como si temieran
un análisis sintáctico de sus frases o
el juicio desastroso de su contenido. Imperfecciones
de la comunicación entre seres desarrollados.
Dicen que es rara porque enseña a niños
“diferentes” y eso le perjudica. Cuánta
generosidad por su parte, ya que “rara”
todavía no supone “prescindible”:
algún médico, otros profesores, un dibujante
publicitario, el dueño del restaurante catacumba
donde almuerza los viernes, junto a universitarios que
hacen versos con el menú y forman orquestinas
con sus copas y cubiertos.
Arturo, su alumno preferido, va a cumplir siete años.
Sus padres están separados y se reparten la tarea
de llevarlo al colegio y recogerlo. Cada uno tortura
a Alicia con síntomas distintos: hablan de Arturo,
del nudo de palabras que es su idioma, pero en realidad
están comentando su matrimonio, lo que, semienterrado
en el tiempo, bajo unas pocas capas de tierra batida,
les condujo al desamparo, a dejar de quererse. Y mientras
charla con ellos, Alicia toma notas, siente reblandecido
el caparazón que antaño protegió
este hogar, colecciona reflexiones que luego añadirá
a sus apuntes sobre el niño, sobre su lengua
indomable y sus labios de trompetista de jazz.
Ahora sale con un profesor de natación, vigoroso
y ajeno a la retórica. Él nunca se ducha
en casa. El agua le cansa y al acariciarle, Alicia teme
encontrar la lentejuela de una escama en su piel o el
estigma de unas agallas bajo una axila. A pesar de su
tosquedad, “su” profesor es relativamente
amable y la escucha cuando habla de sus alumnos; a lo
largo de un año, él también dio
clases de natación a paralíticos. No se
sentían tan insensibles en el agua de su piscina,
dominaban el medio arrastrando tras de sí, bajo
sus flotadores color naranja, las algas de sus piernas.
-¿Cómo medusas? –Alicia recuerda
que al escucharle intercaló sus piernas entre
las de él, como paréntesis que se mezclan,
unas piernas velludas y duras que sí eran reales.
-No entiendo, ¿qué has querido decir?
Charlaban en la opacidad casi marina del dormitorio,
un amanecer, con las luces de la ciudad aún encendidas
y el alba cortejando los edificios más altos.
-Nada. Una tontería.
-Les gustaba al principio. Después empezaron
a quejarse. Muchos no quisieron volver.
-Hay que cambiar de diversión de vez en cuando
-respondió ella, y fue como si caminase con zancadas
de ogro hacia un futuro sin su acuosa compañía.
Arturo está al tanto de sus desavenencias sentimentales,
aunque resulta un notario algo olvidadizo, y el aula
de música donde comparten su tiempo es un útero
tierno donde flotan al unísono, como astronautas,
y las rupturas emocionales parecen formar parte del
juego y se equiparan a adverbios sin sentido o verbos
mal conjugados.
-E-na-mo-ra-do –le dice ella, y él repite
la mitad de la palabra. Hoy está distraído;
se desentiende enseguida y Alicia prueba con una de
sus preferidas-: Pe-rro.
-Pe-rro.
Bien pronunciada, la palabra es un placer puro, un bombón,
algo sencillo y delicioso.
-¡Perfecto!
-¿Puego botag la pelota?
-¿Puedo botar la pelota?
-Pue-do bo-tar la...
-Puedes.
A Arturo le encanta lanzar su pelota de tenis contra
las paredes del aula. Nada retumba allí dentro.
Es como estar dentro de un sofá, de un edredón.
Su mundo cúbico se resume en seis grandes paredes-cojín
y una puerta acristalada que es el ojo crítico
por el que alguien, en ocasiones, se asoma. Alicia anota
sus impresiones, un tanto deslavazadas esta mañana,
y Arturo salta descalzo de un lado para otro y atrapa
su pelota al vuelo. Sus zapatillas de deporte, aparentemente
enormes, respiran sobre la mesa como dos feas ratas
encorvadas Ella le pregunta quién va a venir
hoy a buscarle y él responde:
-Papá.
-Papá, qué bien.
El padre de Arturo es asesor fiscal. Compra y vende
empresas, tergiversa inversiones. Su profesión
da miedo, aunque en el fondo de sus fechorías,
tan poco literarias, sobrevive la aburrida mentalidad
de un funcionario de nivel alto. Al conocerle, Alicia
ha podido estudiar la clásica cronología
del hombre de mediana edad que de pronto prescinde del
matrimonio. Una mudanza interior: le ha visto rejuvenecer,
cambiar de coche y hacer el ridículo vistiendo
ropa de chaval de veinte años; le ha visto envejecer
en segundos, atraído por la fuerza gravitatoria
del arrepentimiento. Ahora el padre de Arturo vive una
época de melancólica estabilidad y centra
sus obsesiones en la timorata indolencia de la mandíbula
hijo, en su laringe obstruida por contracciones nerviosas,
en el ritmo silábico de su respiración.
Agota el cupo de entrevistas que Alicia concede a los
padres de sus alumnos como si fuese un medicamento;
quiere que su hijo reciba más clases.
-Fuera del centro –puntualiza. Y antes de que
ella se niegue, pregunta-: ¿No tiene usted alumnos
particulares? ¿Nunca le ha dado clase a un sobrino
mudo? –de repente se ha mostrado fuera de control,
de lugar, de mundo. Ha pedido perdón inmediatamente
y ese perdón le ha sonado a Alicia a cantinela
de recién divorciado.
-Podemos probar –le ha dicho de todos modos-.
Aunque no es lo habitual.
-Lo habitual no sirve.
Y ella comprende de inmediato que ha vuelto a tropezar.
El apartamento de soltero en reconstrucción del
padre de Arturo, es una atalaya desde la cual se van
a verter cataratas de palabras. Resulta amplio, todavía
austero, con ese aire metódico de la decoración
pagada. Carece de gusto personal, es un ejemplo de soliloquio
moderno. Desvela la falta de tiempo para elegir un mueble,
un grabado o una alfombra y disfrutarlos. Pero hay un
cuarto de juegos, donde los coches en miniatura parecen
alhajas en el expositor de una joyería, que hará
las veces de aula. Allí, Arturo tartamudea más
que delante de sus compañeros de clase. Algo
no funciona, pero Alicia está dispuesta a insistir:
-La zorra corretea junto al árbol.
-La zoga coguetea junto al ágbol.
-Qué zorra tan simpática –se ríe-.
Se sabe todos los trabalenguas.
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