|
Recuerdo todavía la emoción de mi primer
gol en la liga escolar. Me duró tanto que esa
noche apenas pude conciliar el sueño. Al día
siguiente se lo comenté a Carpanta con euforia
de neófito. No tendríamos más allá
de doce años. Le dije que no me importaba morir
joven si vivía con esa feliz intensidad. Él,
que solía meter algún gol en todos los
partidos, me miró asombrado:
-¡Estás como una cabra! ¡Yo lo que
quiero es vivir ciento cincuenta años!
Se llamaba José Luís pero un día
empezamos a llamarle Carpanta. Sus apellidos, Hevia
y Cantonero, eran muy renombrados en Brial, la segunda
población de la provincia. En el colegio de Lot,
en el que estuvo algunos años interno, había
sido un alumno distinguido, siempre en el cuadro de
honor. Al acabar el bachillerato, José Luís
y yo vinimos a Madrid, al mismo colegio mayor. En el
comedor compartíamos mesa con otros dos residentes,
estudiantes de Caminos, Manolo Vedra y Joaquín
Imaz.
José Luís tenía buen carácter,
era alto, rubianco, fornido, también elegante
y discreto, aunque a veces soltaba unas insólitas
risotadas de gamberro, como esas personas que se regodean
en sus estornudos. Entonces me irritaba, y quizá
era eso lo que quería provocar, porque, a pesar
de su general buena compostura, sabía, a su manera,
tirar extraños pellizcos de monja.
Sentados a la mesa del comedor no permitía que
sobrara una migaja, con todo arramplaba y, si se terciaba,
lo que ocurría con frecuencia, se atrevía
a pedir más a alguna de las chicas que nos servían.
Dudo, pues, de si fue Imaz, Vedra, o yo mismo, o los
tres a la vez, los que le dimos el remoquete de Carpanta,
un nombre que hoy dice poco, pero que entonces remitía
con fuerza a un personaje del TBO, un singular vagabundo
de pajarita cuyo único afán era comer.
Llamar Carpanta a José Luís Hevia y Cantonero
tenía algo de subversivo que apuntaba a los tiempos
que pronto comenzaríamos a vivir. El padre de
Carpanta, don Leopoldo de Hevia y Antoñanzas,
Ingeniero de Caminos Canales y Puertos, fue Presidente
de la Diputación Provincial de Lot, precisamente
aquellos años en los que Carpanta dejó
de estar interno en el colegio. Brial era, ya lo he
dicho, la segunda población de Lot, más
dinámica e industriosa que la propia capital,
y pocos imaginan la influencia y el dinero que un Ingeniero
de Caminos podía acaparar en una ciudad que crecía
más que cualquier otra del norte de España.
José Luís, como Manolo Vedra, se preparaba
para ingresar en la Escuela Superior de Ingenieros de
Caminos Canales y Puertos, en la que Joaquín
Imaz ya había ingresado. Eran famosos aquellos
exámenes que requerían un mínimo
de varias tentativas. Carpanta abandonó al segundo
año de intentarlo. Y algo debió de influir
en ese desistimiento la muerte temprana de don Leopoldo.
Que la muerte de su padre alteró de modo profundo
la vida de la familia está fuera de duda. Yo
fui testigo de ello en uno de aquellos veranos universitarios.
Había aprobado con buena nota mis asignaturas
de la facultad de Letras y, por un comentario de una
profesora, se me ocurrió acercarme a las ruinas
de Vellica, capital que había sido de los astures
vellicos, en las que de vez en cuando aparecían
monedas de cobre, y, según se decía, también
alguna de oro. Quizá por eso me acompañó
Imaz, que ya estaba en segundo de Caminos, y que se
decía amante de la arqueología, aunque,
a decir verdad, más lo era de los tesoros que
ocasionalmente encontraba.
Habíamos pedido prestados una tienda de campaña
y dos sacos de dormir. Pero aquellos útiles estaban
en bastante mal estado, a la tienda, por ejemplo, le
faltaba una varilla, o nosotros no la encontramos, por
lo que ya la primera noche tuvimos que pasarla, bajo
la lona, sí, pero a modo de pesadísima
manta, pues fuimos incapaces de montarla. Además
llovió, una lluvia fina pero persistente, lo
suficiente para que no pegáramos ojo.
Por la mañana, cinco horas después de
habernos levantado, agotados por la mala noche y el
obligado madrugón, cuando excavábamos
con nuestro pobre instrumental en la dura tierra roja
de Vellica, vimos a Carpanta. Venía con su madre
al volante de un Land Rover que detuvo frente a la casa
que había presidido nuestra duermevela en la
loma de enfrente, una casa solitaria de rugosa piedra
gris de más de tres plantas, que se alzaba sobre
una especie de foso o de patio inglés, rematada
por un amplio torreón circular con grandes ventanales
y chapitel de pizarra.
Cuando Carpanta nos vio soltó una de sus famosas
risotadas.
-Mi madre os tomó por dos mineros recién
salido de la mina.
Doña Carmen, no obstante, nos sonrió con
simpatía. Era esbelta y vestía de luto
de la cabeza a los pies, un vestido de tergal con la
falda tableteada, las medias negras, los zapatos de
tacón negros. Aquel semblante de viuda todavía
joven nos conmovió. Tenía los ojos de
un azul celeste y esa piel blanca que el sol dora como
el reflejo de una joya; llevaba una gargantilla de plata
en la garganta; al sonreír, unas leves arrugas
parecían poner graciosas comillas en los extremos
de su boca; la curva de sus dientes relucía con
un blancor níveo.
Le dimos la mano con aprensión. No queríamos
ensuciar la suya ni causarle mal efecto. Pero debimos
de parecerle divertidos porque le dijo a Carpanta que
nos invitara a tomar un chocolate en su casa de Brial
esa misma tarde.
A Brial -a cuarenta kilómetros, justo donde empezaba
el llano- habíamos llegado en coche de línea.
De Brial habíamos partido el día anterior,
haciendo auto stop, hacia nuestra aventura de Vellica.
No nos apetecía volver, pero la invitación
de la madre y la madre misma, tan guapa, nos atraían.
Y también, debo confesarlo, aquella casa de veraneo
en la que acabábamos de entrar, pues la madre
había venido a recoger algo, y, mientras subía
a la primera planta -desde abajo percibíamos
su pausado taconeo, luego un parón súbito,
y en seguida otra vez el taconeo, esta vez precipitado,
como huyendo de algo-, pensábamos en la posibilidad
de que doña Carmen nos permitiera dormir en ella,
o, tan siquiera, bajo la cubierta del porche las noches
sucesivas.
Esa tarde aparecimos en la casa de Carpanta en la calle
Mayor de Brial con un ramo de doce rosas blancas en
la mano. Lo llevaba Imaz que, porque ya ganaba algún
dinero, había puesto más de dos tercios
de lo que nos había costado.
Una sirvienta nos dijo que el señoriíto
José Luís había salido un momento.
Nos recibió, sin embargo, doña Carmen
sentada en un sofá orientado hacia una amplia
galería en rotonda sobre la calle. Le acompañaban
dos de sus hijas, Magdalena y Asunción, una sentada
al lado de la madre, la otra en sillón aparte
de espaldas a una ventana. La disposición de
las persianas parecía equilibrar la luz de la
estancia con la misma mano diestra del navegante que
sabe dominar el viento, pues impregnaba la atmósfera
de esa mágica densidad que sólo consiguen
los grandes maestros en sus lienzos.
La hija mayor, Magdalena, tenía los ojos y el
rostro de su madre; sus mismas graciosas comillas cuando
sonreía; era una milagro poder contemplar dos
versiones separadas por el tiempo de una única
belleza. Asunción, dos o tres años menor,
tenía la cara algo más ancha, como si
guardara un resto de muñeca en ella. Y había
todavía una tercera, una niña, a la que
oíamos hablar y gritar en la cocina, dentro de
una cháchara domestica en la que intervenían
con gran jolgorio dos o tres mujeres, que imaginamos
criadas de la casa, o abuelas o tías de aquellas
hermanas.

Imaz se mostró muy resolutivo al hablar, mientras
que yo balbucía palabras que envolvía
en una sonrisa cobarde. No sé bien cuánto
hablé yo ese día. Sé que se rieron
mucho cuando contamos nuestras peripecias para montar
la tienda, nuestra desmaña, nuestra renuncia
a montarla, el haberla utilizado como manta -manta de
faquir, dije yo-. Y también sé que en
un momento, así, como de pasada, Imaz dijo que
él había pagado con su dinero, lo que
no era del todo cierto, el ramo de rosas blancas, del
que la madre, había comentado que era precioso,
pues el blanco -había dicho, con la sonriente
aquiescencia de sus dos hijas - es también el
color del luto.
Llegó Carpanta, o sea José Luís,
y yo estaba callado y mustio.
-¿Qué te pasa? - preguntó.
© Ministerio
de Educación y Ciencia |