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Ajuar funerario

Contenido Tema Interpretación
Lenguaje Estructura Mecanismos narrativos
INTERPRETACIÓN

Terminar Ajuar Funerario le llevó a Fernando Iwasaki más de cinco años de escritura “por razones estrictamente operativas, ya que los microrrelatos hay que escribirlos una vez a las quinientas”, como él mismo reconoce. “Al ser un libro de microcuentos de terror –relata el peruano-, siempre estuve a la caza de historias, sueños, pesadillas y obsesiones, que anotaba en una libreta y más tarde transcribía en la computadora”. Además, supuso para el escritor un doble reto: el de escribir microrrelatos y el de que estos fueran de terror. Por todo ello, fue “un ejercicio muy exigente, pero al mismo tiempo bastante divertido”.

Como en gran parte de su producción literaria, en Ajuar funerario se rastrea un cierto halo autobiográfico. Esto sucede, por ejemplo, en El libro del mal amor . Si el cine no ha ejercido demasiada influencia en la obra del peruano en general, sí que lo ha hecho en particular en este libro, que podría haber sido escrito por el protagonista de Sueños de un seductor de Woody Allen.

Con el objetivo de “provocar sensaciones fulminantes como el escalofrío, la náusea o el sobresalto”, Iwasaki refleja en el papel sus propios miedos, aquellos que desde pequeño se le metieron en el cuerpo, haciéndolos también del lector. ¿Quién no tiembla ante la cita con el dentista y sus instrumentos de tortura? ¿Quién no ha tenido una pesadilla que le ha hecho levantarse de la cama sobresaltado? ¿Acaso hay alguien que alguna vez se haya mirado en el espejo y no haya deseado perderse en una laguna verde?

En esta colección de relatos no sólo encontramos recuerdos de su propia infancia, sino también leyendas urbanas recicladas, bastante lectura y una buena dosis de fantasía. “La literatura de horror se nutre de los miedos infantiles, de los niños que fuimos o del que tenemos dentro”, afirma Iwasaki. Y eso es precisamente lo que nos encontramos en estos diez relatos . El título, Ajuar funerario , ya es suficientemente expresivo y hace relación a los fardos con los que los antiguos peruanos enterraban a sus seres queridos y que “contenían vestidos, alimentos, vajillas, joyas, mantones y algún garrote, por si acaso”.

Los relatos de Iwasaki no son para niños, ni tan solo son ellos sus protagonistas, aunque sí algunos. El paso de la vida infantil a la adulta se encuentra interrumpido en sus relatos, y de hecho son los propios adultos los que siguen viendo monstruos en el armario. La óptica que se nos presenta es la de un narrador en primera persona. A veces el lector comparte su sorpresa, al desarrollarse la acción a medida que se lee; en otras, se guarda un as en la manga, presentando finales que rayan en la incoherencia.

Estos microcuentos deben interpretarse como una aproximación al mundo del terror y, en definitiva, a nuestros más profundos abismos, utilizando como armas la ironía, la simpatía y un aire fresco que hiela la inevitable sonrisa. En algunos relatos se siente un cierto desasosiego, sobre todo en aquellos en los que los niños son los protagonistas; en otras historias hace hincapié en el registro humorístico. Esto es así porque según el escritor “el latinoamericano ha crecido escuchando chistes crueles” y con la influencia de películas como La familia Adams.

A pesar de que la crítica española reconoce “las excelentes dotes como narrador que había acreditado ya en sus títulos anteriores”, en palabras de Miguel García Posada, crítico de ABCD de las Artes y las Letras , y le califica como “un notable cultivador del género que en esta extensa y estupenda colección recurre a las soluciones mejores para realzar las gracias de cada pieza”, en las de Lluís Satorras, crítico de Babelia , no faltan tampoco las voces discordantes. Entre ellas, hay quien apunta que en sus obras se detecta una ausencia de reflexiones. En este sentido, cabe destacar las declaraciones de Arturo García Ramos: “No es posible dudar de la solvencia de este escritor; sin embargo, de su escritura no se concluye una dirección ideológica o una línea de pensamiento agazapada tras tanta mueca humorística”.

Sin duda este no es el caso de Ajuar Funerario , en el que no solo es destacable un derroche de ingenio, sino que, además, el autor se sumerge, con el miedo como compañero de viaje, en las miserias de la sociedad contemporánea.

 

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