|
Fernando Iwasaki maneja en Microcuentos de terror el lenguaje de una forma ágil. Ni una sola de las palabras empleadas por el peruano podría ser sustituida por otra sin correr el riesgo de echar al traste el resultado final. Aunque esta es una constante en su producción literaria, en Ajuar funerario el escritor busca la experimentación con el fondo temático del horror.
La brevedad se logra a través de un lenguaje que fluye con sencillez. El léxico empleado es llano, directo, inmediato, como lo requiere su breve extensión; pero, a la vez, se trata de un lenguaje elaborado porque todos sus textos están muy trabajados.
Los relatos ocupan apenas una cara de folio. En esa brevedad, sin embargo, se concentra una acción que no siempre reviste la misma condensación. Unos se desarrollan en un flash de tiempo, como “La silla eléctrica”, relato que transmite los temores de un hombre en un instante determinado; otros, sin embargo, tienen lugar en un periodo de tiempo más o menos largo, como ocurre en “El monstruo de la laguna verde”.
El léxico empleado se adapta a la temática de los cuentos –el miedo y el horror- como anillo al dedo. Si se habla del miedo que causa la visita al dentista, por ejemplo, el protagonista no puede evitar mencionar la posibilidad de “cagarse en la silla de los cojones”.
El lenguaje de Iwasaki es incisivo y se corresponde con el personaje que en cada momento narra la acción. Así, en los relatos cuyos protagonistas son niños –“La muchacha nueva”, “Ya no quiero a mi hermano” y “Peter Pan”- el lenguaje utilizado es el propio de un menor. Nos encontramos, además, con estructuras gramaticales muy sencillas: “Guillermina era mala porque desenterraba muertos” y “Todos los papás de mis amigos son superhéroes o villanos famosos”. Y con un léxico infantil: “Mamá nunca supo cómo desapareció y a nosotros nos daba miedo decirle la verdad”; “papá empezó a llorar y mamá le pidió por favor, por favor que no se fuera”.
Y lo mismo ocurre cuando de un adulto se trata. En “La silla eléctrica”, el narrador se toma la licencia de utilizar un tono rudo e incluso de emplear expresiones malsonantes: “¿Qué importa lo que ocurra una vez que me siente en la silla maldita? Podré llorar, podré maldecir y hasta cagarme en la silla de los cojones”. El tono adulto se aprecia, también, en “El horror de los sueños”, cuyas primeras líneas nos indican que su narrador, por la forma de expresarse, es una persona de cierta edad: “Hay pesadillas que nunca nos abandonan y que envejecen con nosotros, añadiéndole al terror primigenio los temores de la edad, las heridas del amor y el dolor de la experiencia”.
Los relatos reproducen en papel una tradición cuentística oral propia de la cultura hispanoamericana. En Suramérica, el cuento es un género que tiene gran prestigio y que ha sido cultivado con muchísimo éxito por autores como Horacio Quiroga, Borges, Cortázar, entre muchos otros. Los mecanismos de creación utilizados por Iwasaki apuntan también a la ya mencionada oralidad: “Cada vez que escuchaba una historia que me parecía podía servir para un libro, me exigía anotarla. Podían pasar meses sin apuntar alguna. Luego, en algunos casos, no he sido capaz de reconstruir las notas o de saber por qué las escribí. O al revés, una idea se multiplicó en varias”.
Algunos de estos cuentos entroncan directamente con las tradiciones orales peruanas, como denota el empleo de palabras de origen hispanoamericano y su temática. Esto ocurre cuando, en “La muchacha nueva”, los narradores dicen textualmente “nosotros rezamos para que la botaran y entonces vino Juvencia” o en “Ya no quiero a mi hermano” cuando se dice que “seguro que era Carlitos porque sabía dónde estaba el robot y cuántas monedas había en su alcancía”. Botar y alcancía son ejemplos de términos del español empleado en Hispanoamérica. No obstante, no hay alusiones históricas concretas y las referencias son compartidas por todos los lectores, independientemente de su continente.
EL HUMOR COMO PARTE DEL MIEDO
Los relatos de Fernando Iwasaki son terroríficos; sin embargo, en ellos también hallamos una fuerte carga humorística que nos arranca una sonrisa. Se trata de un humor ácido que se funde con el miedo a través, una vez más, de una ágil utilización de la lengua. A veces, esto sucede porque los finales son hilarantes, como en “La silla eléctrica” y “El cuarto oscuro”, y otras por las descripciones, que pintan una escena que de terrorífica termina por ser cómica. “Yo no soy esa persona de la que hablan. Sólo soy una maleza insomne de mangueras. Un animal erizado de tubos. Una momia insepulta que desprecia sus entrañas”, termina el relato titulado “Cariño artificial”.
NOCHES DE LUNA LLENA Y OLLAS NEGRAS COMO ESCENARIOS
Hemos hablado de las personas, pero no de los escenarios. Las historias de miedo se desarrollan, lógicamente, por la noche. Pero no todas.
Las descripciones son escuetas, pero suficientes y precisas para crear una atmósfera real en la que se suceden hechos irreales. Los sueños y las pesadillas a las que se refiere el autor nos hacen pensar en noches cerradas en las que se pasean hombres con “patas de pollo, dedos de lombrices o hierros retorcidos”; y los malos tragos que pasan los niños de “La muchacha nueva” suceden por las noches, cuando sus padres salen abandonándoles a su suerte. La acción se ambienta con descripciones como la de los orígenes de Juvencia, que “había nacido en las montañas, donde las brujas roban a los niños para hervirlos en ollas negras y donde hay fantasmas que provocan vómitos de sangre a quienes rozan con sus cuerpos de telarañas” o la que hace el niño que cree ser Peter Pan y que comienza el relato diciendo “cada vez que hay luna llena yo cierro las ventanas de la casa, porque el padre de Mendoza es el hombre lobo y no quiero que se meta en mi cuarto. En verdad no debería asustarme porque el papá de Salazar es Batman y a esas horas debería estar vigilando las calles”.
|