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Un golpe bajo

En la Valija Baja había casi tantos bares y pubs como papeleras, tiendas de chinos en cada esquina, gimnasios cada cien metros, una biblioteca municipal nuevecita y vacía, tres salas de juegos recreativos, una comisaría, siete estancos, un centro de salud, una parroquia, seis locutorios, un local de la Iglesia del Espíritu Santo, la librería de los hermanos Baldini donde acudían los adictos a los juegos de rol, y ocho o diez tiendas de comestibles, chucherías, frutas y variantes. No había agencias de viajes.

Existía en la Valija Baja un núcleo emblemático, el feo edificio de ladrillo color crema del instituto “Carmen Conde”. Poco se podía decir de él. Se trataba de un bloque alargado de tres plantas, rodeado por dos pistas polideportivas y unos módulos de hierba mal cuidada. Sus muros se encontraban desconchados y llenos de pintadas. Una valla metálica rodeaba el recinto, perdiéndose entre la espesura de matorrales en aquellas esquinas donde se acumulaban desperdicios de años y olores de orín. El interior del instituto no era mucho más lucido. Los suelos de baldosa se hallaban ya machacados por los pasos de cientos de alumnos y por la lejía, y las paredes eran blancas de gotelé. En el vestíbulo de entrada llamaban la atención dos hileras de columnas, la garita del bedel, minúscula y desordenada, y un tablón de anuncios atiborrado de pequeños trozos de papel grapados al corcho, restos de viejos carteles ya arrancados.

Aquel viernes de junio, una tensa quietud se concentraba en el extremo del pasillo del ala norte de la planta más alta del instituto. La aparente calma de los alumnos de penúltimo curso, que esperaban el comienzo de la última hora del último viernes del año, para hacer el último examen de la última y más dura asignatura.

Dentro del aula, algunos se esparcían en rebaños, aprovechando los últimos minutos para repasar el temario a salto de mata. En la primera fila, las Caponatas estudiaban, guardando un silencio sólo interrumpido por preguntas deslizadas en murmullos, que alguna se encargaba de contestar con superioridad, sin levantar los ojos de los apuntes. Cerca del perchero, el grupo de las medianías académicas, ellos y ellas, hojeaba los folios con histeria, lanzando gruñidos de queja ante lo que se les venía encima, moviéndose como si necesitasen ir al servicio y hablando de cuando en cuando a gritos. El Chota estaba sentado en su pupitre, inmóvil, con las manos y el bolígrafo sobre la mesa, fijos los ojos en un punto indefinible y el cuello recto como una esfinge. El corro de abonados al suspenso contaba chistes verdes en una esquina. Paula y Dani, los novios bakalas , no dejaban de toquetearse y besarse como si lo fueran a prohibir.

Un pequeño grupo hacía guardia en el pasillo. Leo y Chechu, sentados en el banco de la pared, aquél raspándolo con las uñas y éste jugueteando con el filo de la camiseta. Montilla apoyaba uno de sus bastos zapatones color marrón en el borde del banco con la rodilla flexionada, mientras lanzaba bolitas de papel masticado a Chechu, que pocas veces daban en el blanco. Molino se colocó el cigarro en la oreja antes de mirar por la ventana del extremo del pasillo. A pesar de la indolencia general, se advertía un aire de escenografía calculada. Parecían una banda de vaqueros derrotados a las puertas del saloon del pueblo. Ni siquiera Lobos se atrevía a inmiscuirse entre ellos con sus impertinencias, y los observaba desde el umbral. Alejado unos metros, apoyado en la pared con la espalda arqueada, Rodrigo Carracedo mascaba chicle y dirigía, una y otra vez, lentas miradas a la escalera central del edificio.

Carracedo era un chaval de estirón reciente. Las rodillas aún le crujían, amoldándose a una nueva anatomía. Su cabello era negro como una sotana y frondoso, indómito, de esos que casi parecen tallados en piedra. Una barbilla sin fuerza, chata y excesivamente arrimada a sus labios carnosos, robaba parte de la fuerza de sus ojos, oscuros y sombríos tras las gafas.

Unas matas de pelusa a ambos lados de la cara pretendían pasar por patillas. Bien se ve que a esa altura la piel ya se había cansado de pelo, porque sin embargo las cejas se encontraban bien pobladas, siendo extraño que los pelos no se ahogasen por falta de aire. De su cuello surgían dos hombros anchos pero delgaduchos, de los cuales colgaba el cuerpo como lo puede hacer una gabardina tres cuartos de una percha: pecho aplastado, incluso hundido a la altura del esternón; brazos finos y fibrosos, y cintura de avispa. El perfil de las piernas apenas era una prolongación del tronco.

Aquel que lo conociera, se sorprendería de encontrarlo nervioso minutos antes de un examen. Apenas movía el cuerpo, pero bastaban sus continuos giros de cabeza para comprender que, en aquella ocasión, no las tenía todas consigo. Era evidente, además, que los otros se mantenían en vilo ante lo que estaba a punto de suceder.

Clok, clok, clok…

Rodrigo sintió calor en la frente al escuchar los pasos que subían.

Clok, clok, clok…

La enorme figura del Justo asomó en lo alto de las escaleras, metida en su traje de marca y estirada como el alfil sobre el tablero, y se detuvo al llegar a la cima. Sus ojos grises de jugador de póker buscaron los de Rodrigo, que reflejaron en ese preciso instante una profunda desolación. El Justo articuló una imperceptible mueca de triunfo y reanudó la marcha, entonces con más soltura.La banda de cow-boys se movió con desgana hacia la puerta cuando comprendieron que su compañero se daba por vencido. El Justo aceleró más el paso, apretando contra su costado la cartera negra de piel con broche plateado.Al pasar junto a los servicios de chicas, se topó con Álex, que había salido escopetada del baño, con un bolígrafo en la mano y las palabras atropelladas en la boca.

-Don Justo, don Justo, oye, mira… es que, verás… quería preguntarte una duda que tengo. Es que llevo dos semanas empollando… estudiando el examen, pero hay una cosa que no entiendo…

Alejandra era una alumna de voz ronca y rostro aniñado, ni fea ni muy guapa, mona, de pelo castaño con mechas rojizas y buen tipo. Lo suficientemente atractiva para que el Justo se detuviese y le dedicara su atención.

-Es que… verás, no entiendo el epígrafe 2 del tema 19… ese que…

No dejaba de juguetear con las manos mientras trataba de explicarse. Repentinamente, un chorro de tinta se escapó del extremo de su bolígrafo, viniendo a salpicar la camisa y parte de la corbata del profesor. Éste no quería creer lo que sucedía, y cuando entendió que las manchas negras eran absolutamente reales, tembló y con él todo el pasillo.

-Perdona, perdona… Ha sido sin querer… Perdona, de verdad.

Álex se disculpaba, tratando de evitar la cólera del Justo. Había tirado a un lado el instrumento culpable, dejando una estela de tinta por el suelo, y se agitaba en un gesto inocente y aterrado.

-¡Déjalo! –gimió el Justo, desalentado.

-Lo siento, perdona… No lo he hecho aposta. -Álex tendió su mano hacia la corbata, pensando poder solucionar algo.

-¡No me toques! Está bien. ¡Meteos en clase!

Enfurecido, volvió sobre sus pasos y entró en el servicio de alumnos, que quedaba cerca de la escalera. Se acercó en cuatro zancadas hasta uno de los lavabos. Dejó la cartera a un lado, abrió el grifo y metió la corbata bajo el chorro. Trató de humedecer sólo las partes manchadas, pero la fuerza del agua la empapó completamente, logrando impacientarlo más.Deshizo el nudo de la corbata con desesperación y se disponía a guardarla, cuando advirtió un ruido en uno de los retretes. Se quedó inmóvil, como si un calambre le hubiese agarrotado la columna.

-Venga, tío, pásate más, con éstas no tengo ni pa' esta tarde –dijo una voz en susurros.

-Que no, tronco, y corta el rollo, que como nos pille alguien se nos cae el pelo, joder. Te quedas con ésas y la semana que viene, si me pagas, te doy más –respondió otra con el mismo ahogo.

El instinto policial del Justo se erizó al escuchar las últimas palabras. Tenía que regresar al aula inmediatamente, pero era incapaz de largarse sin castigar a aquellos dos chicos que trataban de burlar a la autoridad. Tuvo un instante de duda, muy breve. Moviéndose con cautela para evitar cualquier ruido, se aproximó a la puerta cerrada del compartimento donde trapicheaban los dos jóvenes criminales.

-Venga, colega, no seas rata, que yo te lo pago mañana, en serio.

-Pero es que esta mierda es de las buenas, chavalote. Me la ha pasao el Tarao .

Apenas unos centímetros separaban al Justo de sus presas. Se regodeaba íntimamente esperando el momento de intervenir. Sentía el gozo intenso de atajar aquel delito, con una ansia tan feroz que le impidió darse cuenta de que, a escasos dos metros, la puerta de otro retrete se abría lentamente para dejar salir a un chaval larguirucho y narizotas, que avanzaba descalzo hacia el lavabo sin dejar de mirarle. El Justo todavía se contuvo unos segundos más, mientras escuchaba atentamente con el cráneo arrimado a la puerta, cómo aquellos bribones consumaban el delito.

-Está bien, toma, pero no quiero que…

En ese preciso instante, la puerta se abrió de un manotazo y golpeó contra el alicatado del baño.

-¡Os he enganchado, desgraciaos !

Dentro de aquel estrecho rincón, apenas cabían la taza y dos alumnos que hacían sus manejos de espaldas a la puerta. Quedaron petrificados y en silencio, y uno de los dos, un gordinflón de cabezota redonda, se guardó rápidamente la mano en el bolsillo.

-¿Qué coño hacéis aquí? ¡Saca lo que llevas en el bolsillo!

Cruzaron las miradas, pero ninguno se dio la vuelta.

-No pienso repetirlo, chaval. –Las palabras del Justo sonaban terminantes.



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