La niña se llamaba Nuria, pero acaso
importa que se llamara así.
Salió, incluso, una fotografía suya en el periódico
junto a otra de la entrada del orfanato.
No tenía nada sino su cuerpo.
Un cuerpo pequeño y claro, como una piedra blanca en
el fondo de un estanque, de una fealdad intermitente y llena
de cejas.
Y la muerta siempre aparentaba la misma edad, por eso parecía
inmóvil, por eso parecía ya rígida, incontestable,
porque a su última mirada –que fue fotografiada
sin querer, apenas el día antes de que muriera- él
le había dado aquel tono como de muñeca pálida
a medio nacer aún.
Se llamaba Nuria, pero acaso importa que
se llamara así.
Podría haberse llamado más verosímilmente
Carmen, Rosa.
La recuerda desde ahora en la tarde en la que la vio por primera
vez y le parece que fue extraordinariamente frágil,
casi cobarde, lo que sintió. Tenía nueve años
y acababan de trasladarla desde otro orfanato. Y si le hubiese
gustado interpretarlo como la simple sorpresa de alguien que
reconoce o cree reconocer una cara vista en otra parte bajo
circunstancias distintas, fue porque lo que sintió
en realidad fue excitación, una excitación tensa
y atronadora.
En ella, tal y como la recordaba ahora, sólo existía
el presente, como una flor cruel.
Y era sencillamente una niña sola, una niña
con la que nadie quería jugar.
La sensibilidad de aquel descubrimiento le molestó
sin llegar a serle dolorosa, igual que una herida en la yema
de un dedo.
También ahora era así en la fotografía
de la mañana antes de que muriera, su última
fotografía de viva; la cara rozaba el respaldo de una
de las sillas del comedor sobre la que estaba apoyada, tal
vez para mirar a alguna otra chica, y la inclinación
de su cuerpo no permitía ver con exactitud si la tristeza
que parecía habitar en ella era fruto o no sencillamente
de la postura.
La expresión de la cara parecía, a su vez, hecha
de un solo trazo violento. El pelo negro y recogido en una
coleta, tenía el movimiento propio de quien se ha girado
bruscamente para observar alguna cosa, el de quien ha sido
llamado de pronto.
No era, sin embargo, el pelo de aquella chica lo que había
cambiado la muerte.
Era el rostro que enmarcaba aquel pelo lo que era distinto.
El paisaje de aquel rostro.
Pensó que tenía muchas cosas que decirle.
Él, a aquella muchacha.
Era como si en ella hasta el más mínimo cambio
de postura abriera la realidad de un rostro distinto, como
si se multiplicara, y al multiplicarse la realidad de su fisiología
se multiplicaran con ella las posibilidades de su interpretación,
pues si bien era cierto que le habían dicho que aquella
niña sufría una pequeña deficiencia mental,
una especie de mutismo crónico, también lo era
que aquella tara aparente, aquella ambigüedad parecía
implicar una sensibilidad distinta, y por muy ridículo
que esto fuera
más exactamente
por muy ridículo que se lo pareciera a él en
aquel momento
el deseo de hablar con ella había nacido exactamente
de allí, de la incapacidad de concretar qué
era exactamente lo que le atraía en el rostro de aquella
muchacha.
Las otras niñas crearon, durante los primeros días,
un vacío en torno a ella que se parecía un poco
al pudor, al miedo, a la convicción tan difícil
de expresar pero tan fácil de sentir de que un cuerpo
que ingresa entre otros cuerpos ha de vencerse necesariamente,
que un cuerpo que se muestra solitario, como lo era el de
aquella muchacha los primeros días que vivió
en el orfanato (pero acaso no es esto una broma cruel: vivió)
es un cuerpo que se hace vulnerable a propósito, y
así parecía que Nuria, al encontrarse entre
la realidad de aquellas chicas nuevas y desconocidas, sintiera
su presencia como algo que hiciera a las otras crecer de tamaño
y a ella disminuir, y aquel sentimiento estaba grabado en
su cara con una tensión preocupada, inquieta, pues
al tiempo que desistió en seguida de acercarse a ellas
era como si con los ojos estuviese buscando algún cuerpo
en el que descansar o protegerse.
Pero esto tal vez no fue así.
Tal vez ya en aquel momento no era ella, sino la otra, la
muerta, la que sonreía.
Ni siquiera las niñas habían podido asegurar
la hora exacta.
Y parecía que aquella transformación le hubiese
hecho los pechos ligeramente más grandes que al resto
de las otras, pechos ya no de niña, sino casi de adolescente,
de mujer en transformación, que se dibujaban como dos
minúsculas piedras inexactas y redondas, que aquella
transformación (pero acaso no es una crueldad llamarlo
así: transformación) le había ensombrecido
el rostro haciéndolo casi anónimo.
Nuria Martínez debió de morir aquella misma
mañana.
Exactamente una semana después de haber llegado al
orfanato.
Nadie debía reclamarla y nadie la reclamó.
Utilizó exactamente aquellas palabras cuando aquel
periodista le preguntó a él, en calidad de vigilante,
lo que había ocurrido, sabiendo que podría muy
bien haber ocurrido durante la noche y nadie se habría
dado cuenta, que ni siquiera los médicos forenses se
habían puesto de acuerdo aún a ese respecto
y que tal vez debería pagar más tarde por la
dignidad humana que de pronto le confería aquella mentira.
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