| Al salir de la escuela, el chico apenas se fijó en la barra incandescente del horizonte sobre la silueta oscura del otero que vigila la ciudad desde poniente, con las ruinas del añoso castillo en la cresta, como una corona rota o como la dentadura de un viejo, depende de cómo se contemple la vida. En otras circunstancias, se habría alegrado muy probablemente de que las horas de luz se alargaran y habría imaginado alguna aventura de antaño en el castillo, que ahora no era más que el inofensivo esqueleto de un quimérico monstruo antediluviano. Pero no ocurrió así, porque un problema es un problema y para el chico se trataba de un asunto gravísimo para el que no veía solución.
Era lunes: como cada tarde a las tres menos cuarto, el chico había salido de su casa hacia la escuela, recorrió la calle de los chaletitos adosados, algo así como la versión urbanística de Blanca Nieves y los siete enanitos, y se fijó en que las primeras forsicias florecían ya en los jardines aún invernados, como alegres relámpagos de sol. Llegó a la plazoleta de la casa amarilla y siguió por la acera de la fábrica de chocolate, cuyos aromas endulzaba el aire, a pesar de su aspecto encapotado, por su enlucido gris. Después, torció a la derecha y atajó por la costanilla que baja a la calle de la escuela, muy cerca del río, pero allí apareció el grandullón:
–¡Chino! –le gritó desde la otra acera.
El chico se puso colorado y siguió su camino, pero el grandullón cruzó de un salto, le cortó el paso, lo empujó contra la pared y le pisó el muslo izquierdo con su sucia bota, como si lo sellara, mientras repetía:
–¡Chino!
El chico, asustado, consiguió zafarse y dobló hacia la calle de la escuela, sin mirar atrás, como alma que lleva el diablo, hasta que llegó, ahogándose, al portón del colegio, donde lo recibieron algunos compañeros asombrados.
El grandullón había seguido en dirección opuesta sin inmutarse.
En clase, el chico estuvo ofuscado: "¿por qué me ha llamado Chino?", pensaba... ¿Acaso el grandullón sabía que a él le caían bien los japoneses, desde que su madre le contó una hermosa leyenda de aquel país y le enseñó unas postales con bellísimas flores y un volcán nevado? No podía ser. En la escuela, Benítez, a veces, lo había llamado "anchoa", porque un día dijo que le gustaban mucho, sobre todo las que solía traerles la tía Montse, maestra de un pueblo pesquero de la Costa Brava; pero lo de "Chino"...
Más tarde, pensó en el día siguiente, en qué pasaría si se topaba de nuevo con el grandullón: "probablemente querrá matarme", y se acordó de una historia atroz que Benítez les había contado hacía pocas semanas...
El martes por la tarde, volvieron a encontrarse en el mismo sitio. Al ver al grandullón, el chico quedó paralizado en mitad de la costanilla.
–¡Chino asqueroso!
El chico no vio a nadie que pudiera socorrerlo y quiso gritar, pero el miedo se lo impidió. El grandullón estaba de nuevo ante él. Esta vez, le retorció el brazo, mientras le decía al oído: "¡Chino asqueroso, come mierda!", y empujaba su rostro hacia el suelo. Lo tuvo un rato así, lo soltó y se fue.
El chico lloriqueaba, pero las últimas palabras del grandullón le escocieron más que las lágrimas y que el dolor en el brazo: “¡niña llorona!”, le había susurrado antes de soltarlo.
En clase, no conseguía atender a las explicaciones del maestro y, cuando éste lo sacó a la pizarra, el chico se puso como una picota y fue incapaz de articular palabra. Sin embargo, el castigo que el maestro le impuso no le afectó demasiado, porque tenía problemas muy gordos y difíciles de resolver.
"¿Qué pasará mañana?", se preguntaba, "tendré que decírselo a mamá..." Sabía qué sucedería: "querrá acompañarme al colegio, como las madres de los chicos de párvulos, los meones, y mis compañeros se reirán de mí, que bastante tengo que soportar por mi torpeza en el fútbol."
Aquella tarde, llegó a casa dispuesto a contárselo a su madre, pero no se decidía, hasta que ella, al verlo ensimismado sin probar la merienda, le preguntó qué le pasaba. Se lo explicó y ocurrió como se había imaginado. A la tarde siguiente, a las tres menos cuarto, su madre se había arreglado para acompañarlo a la escuela. Llevaba el abrigo azul que la hacía tan esbelta y guapa.
Ya en la calle, se sintió seguro y feliz, hasta que, poco antes de llegar a la costanilla, se cruzaron con el grandullón, que le dirigió una mirada y una sonrisa burlonas, de triunfo y de desprecio. Al llegar a la escuela, tuvo que soportar las caras y los bisbiseos de sus compañeros de curso, y dejó caer que su madre tenía que visitar a una amiga que vivía cerca. La tarde transcurrió como en los días anteriores y el chico, después de darle muchas vueltas, tomó una decisión.
Al llegar a casa, buscó a su madre, que estaba en su cuarto dando el pecho a Susana, la pequeña.
–Mamá, no hace falta que me acompañes al colegio, iré solo.
La madre lo miró con aquellos ojos acariciantes que tanto conmovían al chico.
–Lo que prefieras, hijo, pero prométeme que mañana se lo contarás al director del colegio.
–Lo haré.
Sin embargo, se dio cuenta enseguida de que la promesa que acababa de hacer lo enfrentaba a otro problema aún más grave.
Al día siguiente, el grandullón no le hizo ningún daño, pero estuvo burlándose de él a voz en grito, en mitad del callejón, mientras se alejaba. El chico se sonrojó y siguió su camino, cabizbajo, porque había surgido un nuevo problema gordísimo.
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