| Es posible también que un éxito de tal envergadura se deba en parte a la fuerte implantación de Le Faux-filet a lo largo de toda la geografía nacional: un oscense renegado tras haber cruzado los Pirineos puede en nuestro restaurante hacer la broma perpetua de imitar con esfuerzo el acento francés y lo mismo un manchego, un coruñés o una joven de Huelva. Le Faux-filet se instala en zonas donde no se le espera; en realidad, nadie espera que en ningún sitio haya un Le Faux-filet, ni en las calles recoletas de un barrio de embajadas ni al lado del polideportivo, conviviendo con franquicias de peluquería y con sucursales de "Tu mascota", nadie espera que en ninguno de esos barrios haya un bunker en el que, con ademanes clasi clandestinos, se pague por sentir alivio ante la exquisitez gala, por participar en una parodia del sibaritismo.
Por eso nos sorprendió ver a la pareja por primera vez: hablaban perfecto castellano pero eran claramente del otro lado de los Pirineos. Ella, con ese desparpajo antipático que la hacía inmediatamente deseable por todo el personal masculino. Él, con una semimelena gris muy bien cuidada y un carácter displicente y frío. Eligieron además la sucursal de un barrio muy de bloques. ¿Qué hacen estos aquí? ¾ todo el personal extrañado, murmullos y codazos: "son franceses", "son franceses". Y vaya si lo eran: Jean-Luc y Marie-Hélène, verdaderos rivegauchistas, casi figurantes de tan, tan parisinos. Decidí atenderles yo con mi peor acento afrancesado, fingiendo que Hoy nuestro chef Maurice ha preparado unas cocochas frescas al aceite de trufa muy, muy recomendables. Fingiendo que las cocochas eran cocochas y que el aceite era de trufa-trufa, y fingiendo también una atención exquisita, aunque en realidad, ¿por qué va ser fingido el buen servicio?, ¿acaso los verdaderos sommeliers , los camareros profesionales formados en escuelas de hostelería no deben aprender también unas pautas para lograr el tan codiciado "estar en su papel"?
Pero sigamos con los franceses, sigamos con Jean-Luc y Marie-Hélène comiéndose con total naturalidad sendos platos de Crème de moules à l´arôme du safran , que es igual que decir nata líquida con un pellizco del colorante de la paella y una lata de mejillones pasada por la batidora; disfrutando después de los bastoncitos de pescado Findus sobre lecho de alguna cosa dulce que el cocinero tuviese a mano en ese momento. Francia no sólo no quejándose ante la evidente pésima calidad de los productos, ante la incitación a deglutir una escandalosa parodia de su cultura gastronómica, sino además dándonos su tarjeta y, en tono muy cordial, pidiéndonos cita para charlar con calma.

Y la sorpresa posterior de una Francia que, de repente, quiere importar la idea. Francia, la inspiradora del proyecto, pretende recopiar su propio lujo mediante una pareja, un hombre y una mujer, enviados discretamente a tantear las posibilidades del negocio. Pensemos en Andalucía montando una taberna cuyo origen fuera una mera reproducción fallida ideada en Londres: un lugar donde el salmorejo llevara mantequilla fundida en vez de aceite y tacos de jamón york del malo, donde los camareros fueran de Southampton y hubieran seguido cursos para imitar el seseo cordobés. Ahí se nos abrieron los ojos ante la realidad de nuestro público, ahí nos dimos cuenta de lo que siempre habíamos sido, aún a espaldas de nosotros mismos.
Y quizá Andalucía no desee una taberna con tantísimas implicaciones conceptuales pero Francia, vaya si la desea. Hace mes y medio se inauguró el primer Faux-filet en París y ya tienen en perspectiva abrir seis más en diferentes barrios. Parece que se ha convertido en una perversión entre la burguesía de izquierdas parisina y a menudo se dejan ver por allí Bernard Pivot, Isabelle Huppert... Van a hacer como si no conocieran lo que es el lujo, van a paletizarse, a jugar a ser otros, a estar por debajo de sí mismos. En Le Faux-filet hay todo un, cómo decirlo, todo un compinchanato para que los comensales puedan jugar a lo que les parezca: desde indignarse ("camarero: este foie parece comida para gatos, haga el favor de traerme el libro de reclamaciones") y marcharse airados hasta simular que no se han dado cuenta y quedarse boquiabiertos ante el buen servicio, ante el interiorismo. Pueden jugar de nuevo a ser de provincias, como algún día lo fueron. Todos esos nietos de bretones, de auvernos, de midi-pirenáicos pueden volver a darse codazos como si fuera la primera vez que cenan en París.
Hoy por fin nos queda claro: significamos para nuestros clientes lo mismo que un bolso Louis Vuitton comprado en un mercadillo por una Marie-Hélène, por una Sandrine que puede acceder, si quiere, a uno auténtico; Francia, que es lista, se dio cuenta en seguida y se ríe de sí misma coordinando su carcajada con la nuestra. Somos una mujer que quiere ser drag-queen , que busca ser un hombre travestido de chica en un afán por recorrer trayectorias inútilmente largas. Le Faux-filet es el último reducto donde uno puede hablar con la voz del que algún día fue o del que en realidad ha sido todo el tiempo, pero accionado por un mecanismo cuyo funcionamiento desconoce. Ahora lo único que nos resta saber es quién o qué mecanismo nos acciona a nosotros.
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