Menú principal
De qué color son tus ojos

En el espejo la mujer acerca el artefacto negro a la cara del hombre.
-Haz el favor de tranquilizarte.
Fuera de él, el zumbido se posa en el rostro del hombre, que recula.
-No te voy a hacer daño –dice la mujer.
El hombre no dice nada ni emite sonido alguno; sólo tensa todos los músculos de su cuerpo mientras la mujer le acaricia primero la mandíbula, y luego el mentón, y algo más tarde el bigote con el artefacto, que zumba hasta llenar por completo el vacío de su cabeza.
Siente a su cuerpo desalojar la tensión acumulada, muy poco a poco.
Vuelve a cerrar los ojos, a vibrar su garganta.
-Lo ves –dice la voz de una mujer- Ves qué bueno era esto –y entonces el aire se limpia de ruidos.
El hombre abre los ojos; frente a él ve a un hombre que se lleva la mano a la cara y se acaricia con ella las mejillas. Junto al hombre hay una mujer que acerca sus labios a la cara del hombre y la besa.
-Qué guapo –dice la mujer.
El hombre se vuelve hacia ella. Sus ojos son de color azul.
-Ahora a desayunar –dice la mujer.
La mujer le toma de la mano, atrayéndole hacia ella, haciéndole girar lentamente sobre sus talones. Sin volver la cabeza, el hombre levanta su brazo izquierdo.
-Baja ese brazo –dice la mujer.
El hombre del espejo ha levantado también uno de sus brazos.
-Ah sí –dice la mujer-. Adiós adiós. Muy bien baja ese brazo. Así. Venga.
La mujer le conduce fuera del cuarto de baño, entran en una habitación en la que el hombre ve una cama deshecha flanqueada por dos mesillas de noche, y una alfombra, y dos sillas -ropa sobre ellas-, y una cómoda bajo un espejo, y una lámpara colgando del techo, además de dos puertas, de las cuales sólo una está abierta y cuyo vano desemboca en un pasillo del color del despertador, sin gota de luz. El hombre es sentado en la cama por la mujer, que dice: “Anda ayúdame un poco”, mientras le viste con un pijama que el hombre ve por primera vez y es del color de los ojos de la mujer.
Luego ella le peina el pelo con las yemas de las dedos y le toma la cara con las dos manos.
-Estás arrebatador –dice la mujer.
El pasillo acoge los pasos de ambos -ella avanzando en primer lugar, guiándole a él- hasta depositarlos en una nueva habitación grande, diáfana, de nuevo fría y luminosa y presidida por una mesa de madera, rectangular, a la que está sentado un chico joven.
-Ya estás en pie –dice la mujer.
El hombre mira al chico de la mesa, que no levanta la vista de la taza en la que moja una rebanada de pan, repetidamente, para llevársela luego a la boca.
-Tú también tienes un día de ésos eh –dice la mujer.
El chico joven no dice nada. Su mirada sigue clavada a la taza.
-Dale los buenos días a tu padre –dice una voz de mujer.
-Buenos días papá –dice el chico, su voz es un gruñido.
El hombre mira la mesa. Además de la taza del chico hay otra taza llena de leche junto a un plato pequeño con varias rebanadas de pan.
El hombre se inclina hacia ellos.
La mujer le ayuda a sentarse a la mesa.
-Esta mujer no ha venido todavía –dice la mujer.
El chico joven no dice nada.
-Voy a llamarla y a hacer la cama –dice la mujer.
El hombre mira al chico. El chico de la mesa toma una rebanada de pan de uno de los platos, la moja en la taza, repetidamente, y se la lleva luego a la boca. El hombre toma una de las rebanadas de pan de su plato. La moja en la taza, repetidamente, y se la lleva luego a la boca.
-Vigila a tu padre quieres –dice una voz de mujer.
El hombre mira al chico joven y escucha a su espalda una escala descendente de taconazos. El chico levanta la vista de la taza y el hombre ve sus ojos por primera vez: son de color azul.
-Qué –dice el chico.
El hombre no dice nada.
-No vas a decir nada eh –dice el chico.
El hombre no dice nada.
-Pues entonces deja de mirarme de una puta vez –dice el chico.
El hombre no dice nada.
El chico no dice nada.
El hombre no dice nada.
-Quién eres tú –dice el chico.
El hombre sigue sin decir nada. Se limita a mirar al chico joven, que se inclina sobre la mesa mirándole fijamente y luego estira uno de sus brazos hacia él enseñándole un puño del que sobresale únicamente el dedo corazón.
- Tu cabeza. Como un campo de minas –dice el chico, y retira el brazo.
El chico joven se levanta de la mesa. El hombre le sigue con la mirada, hasta que desaparece de su vista.
El hombre cierra los ojos. No escucha nada dentro de su cabeza. Abre los ojos.
Un chico joven entra en el campo visual del hombre y camina hasta quedar justo enfrente de él, al otro lado de la mesa, de madera y rectangular, que está llena de tazas y platos con rebanadas de pan. El chico se sienta, le mira fijamente.
-Te quiero papá –dice el chico; sus ojos son de color azul.
El hombre escucha a su espalda el repicar de unos tacones, cada vez más fuerte, cada vez más cerca, pero nada dentro de su cabeza.
-Esta mujer ya ha llegado. Está subiendo –dice una voz de mujer.
-Me acercas a clase –dice el chico.
-Pero tiene que ser ya –dice la voz de mujer.
El hombre baja la cabeza y ve una taza de leche en la que flotan migas de pan: la cocina huele a pan tostado, a miel y a vapor de agua. Cuando levanta la vista comprueba que a su lado hay una mujer de mediana edad. Tiene los ojos azules.
-Adiós mi amor –dice la mujer, y le besa la frente.
-Adiós jefe –dice un chico joven.
Luego ambos desaparecen y el hombre cierra de nuevo los ojos.
Una puerta se abre. Una puerta se cierra.
Un hombre despierta una mañana sentado a una mesa llena de tazas y platos con rebanadas de pan. Ladea la cabeza a ambos lados. No se escucha un solo ruido dentro de su cabeza; huele a pan tostado, a miel y a algo que es incapaz de identificar. Todo lo que alcanza a ver se vuelve ahora líquido y vibra como una nota sostenidamente triste. Palpa la mesa hasta encontrar una de las cucharas y luego intenta vaciarse los ojos con ella. Ni por un segundo se pregunta de qué color serán.

Página anterior  

 

 


© Ministerio de Educación y Ciencia

 


Narradores actuales - Inicio