| Ahora estoy ante mi mujer, incapaz de contarle la verdad. Por qué. No es una historia retorcida ni siquiera es algo que debiera afectarle. Se trata simplemente de algo que he mantenido en secreto. Nada especial, un secreto corriente. Es probable que en estos instantes me esté jugando el matrimonio y sin embargo siento la barrera interior que me impide contarle la historia más tonta del mundo. Tal vez el que me haya citado en el salón con ese aire grave suyo, esa mirada fija que ya ha dictado sentencia y sólo espera la confesión, se estén convirtiendo en la imposibilidad de que yo diga nada. La pobre está asustada. Pero hay muchas formas de expresar el miedo. La suya es trasmitirlo hasta que el otro queda desarmado e implorante. No quiero hablar mal de ella, después de todo la he aceptado como es. Ha dicho: creo que ya es hora de que hablemos . Y desde ese mismo momento me ha obligado a permanecer callado..., y a temer. Seríamos felices si no fuera por esa necesidad de transparencia que esconde el deseo constante de juzgar. Estoy seguro.
Sencillamente, el perro iba por en medio de la autopista, indiferente a los coches que le esquivaban a más de cien kilómetros por hora. Le vi desde lejos, a pesar de la lluvia, esa lluvia pegajosa de Madrid que parece salir de las entrañas en vez de caer del cielo, siempre cuando acaba el día. Una especie de animal suicida, sordo a la muerte que zumbaba en el asfalto. Era un golden retriever con la melena empapada, caminando en dirección Norte con paso cansino, como si tuviera que alcanzar un punto lejano y le fallara la esperanza más que las fuerzas. Esa raza de perros siempre me ha producido cierta tristeza. Los utilizan los ciegos, los bomberos, carecen de agresividad y dependen del cariño, razón por la que se vuelven útiles. El primer pensamiento fue evitarlo igual que los demás y seguir rumbo a casa. Después imaginé su muerte inminente y me dije que luego no podría hacer como si no hubiera pasado nada, que el golden se me grabaría en la cabeza. Arriesgué el pescuezo en la maniobra y al final llevé el coche hasta el arcén. Luego, fui hacia el chucho entre pitidos y frenazos y lo rescaté tirando del collar. Eso sí que fue jugarse la vida. Tenía una mirada redonda y castaña, una especie de asombro suplicante. Al llegar al coche se puso a mover el rabo como si hubiera encontrado lo que buscaba. Me di cuenta de que era más grande de lo que parecía en la carretera, no menos de treinta y cinco o cuarenta kilos, ancho como un portero de discoteca. Al verlo tan grande, sentí que mi responsabilidad aumentaba en proporción. Por alguna razón extraña no es lo mismo salvar algo grande que algo pequeño. Desde luego, también hay razones prácticas para ello.
Lo metí en el vehículo (por suerte, un Volvo ranchera) a empujones y levantándolo de las patas traseras. La satisfacción de haber cumplido un deber no me dejó pensar en nada más. Salvar es un hecho en sí mismo, un hecho redondo como aquella mirada del perro, y otorga una plenitud que se refleja con maravillosa precisión en los ojos del salvado. En momentos así la vida es perfecta, lo que pasa es que la vida es una cosa muy grande en comparación con los momentos. Los desborda, y los desborda enseguida.
El desbordamiento vino en cuanto puse en marcha el vehículo. De acuerdo: había salvado al golden, pero ¿adónde iba con el golden? Yo vivía en un piso de cien metros cuadrados en la parte alta de Arturo Soria, con mi mujer y los dos hijos de su matrimonio anterior. Unos críos estupendos de ocho y diez años que ocupaban gran cantidad de espacio, dejando aparte su movilidad. El padre se había ido a vivir a Estados Unidos después de la separación, les veía en algunas vacaciones y no se ocupaba económicamente de ellos. Al parecer tenía una teoría sobre el divorcio y las responsabilidades adquiridas que le eximía de un exceso de complicaciones. Hubo un episodio trágico al que los niños aludían de manera bastante sistemática. Tenían un perro pastor alemán que hubo que sacrificar dadas las condiciones de existencia que se dieron tras la separación. Pero mi mujer prefirió contarles que lo habían llevado a una finca en el campo con unos amigos suyos, donde sería más feliz que viviendo en un piso pequeño de la gran ciudad. No sé si eso alivió el sentimiento de pérdida de los niños o lo multiplicó (la muerte tiende a suturar heridas más rápido que los abandonos), el caso es que la madre y yo lo sabíamos, y llevábamos el secreto a rajatabla. Habían pasado ya cinco años y el animal aparecía cada cierto tiempo en las conversaciones..., y ese secreto se había endurecido en la persistencia, puede que agrandado. ¿Podía presentarme yo ahora con un perro y suplantar el recuerdo de los niños, acaso con dolor, y a la vez evocar en su madre la mentira piadosa que ocultaba la tragedia? Por otro lado, y hablando sólo de geometría, en la casa no quedaba espacio ni para otra mano de pintura.
Estaba llegando y mi mente se debatía en extremos. Presentarme con el perro y esperar a ver qué pasaba, de ninguna manera presentarme con el perro ni ver qué pasaba. Las dos cosas al mismo tiempo. Mientras tanto, el golden había pegado tres o cuatro sacudidas y la sensación de humedad lloviznosa se había trasladado al habitáculo. Además, del chucho emanaban efluvios contundentes de canineidad. Insisto en creer que si hubiera sido un perro más pequeño o si hubiera habido al menos un índice menor de atmósfera perruna en el habitáculo, todo habría resultado más sencillo. Me sentía acompañando responsablemente a otro ser, y esto era independiente de la condición y escala de ese ser.
Apenas aparqué cruzó como un rayo la posibilidad de abandonarlo por la zona. De abandonarlo yo . Después de todo, allí estaría más seguro que en mitad de la autopista. En cierto sentido, seguía siendo su benefactor, pues le había rescatado de una muerte segura para depositarlo en la incertidumbre más cómoda de un barrio residencial, ajardinado de sentimientos cívicos y en el que se respiraba el amor a los animales propio de las clases medias altas. De todas formas, le hacía un favor. Pero la cuestión es que ahora quien lo abandonaba era yo. No importaba quién lo hubiera abandonado antes, lo que contaba es quién lo abandonaba ahora . ¿Había rescatado a un perro o abandonaba a un perro?
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