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Viaje

La copia más oscura de mí mismo viajó hasta allí. Habitación 218, Estambul. Tiburones en el televisor, una final de la NBA , pepinillos resecos cuyo olor se mezclaba con el de la moqueta vieja. En la radio sonaba una canción de un grupo llamado Saratoga. No pertenezco a este negocio, sólo soy turista, creo que le dije al portero de noche. Debería haberle gritado, pues me trató con desdén, por mi pinta de turista o de escritor de baratas guías de viaje, que no tengo patrocinio de la Samsung , como el resto de clientes de este hotel, en este día. No sé de corporaciones coreanas. Sólo he tenidos amigos que trabajaron como telefonistas para Ericsson España. Eso es todo, la única relación. No he estado en Seúl. Pero soy curioso por naturaleza: por eso sé que la tecnología tiene su verdad y que hay que conocerla o revelarla (cada uno su papel)... La acidez de este día, el de mi cumpleaños, me hace pensar en lo que menos me interesa.

En dos días he dejado el río Ladrillar para volar hasta el Bósforo.

Había un avellano, un nogal y media docena de cerezos. Y unas gallinas que picoteaban aquí y allá, que escarbaban en el suelo todavía húmedo, un ejército de gallinas mutiladas, la Coja , la Tuerta... Se reían en el pueblo de sus gallinas. Mi tía soñaba con vengarse.

Tendía sobre la hierba, detrás del gallinero, las sábanas, la ropa interior blanca. Cavaba el huerto mientras la ropa se secaba. Un huerto pequeño pero con buena tierra. Mi abuelo había sembrado en él, además de los árboles, tres rosales. Crecían entre las berzas y calabazas.

Eran un lujo, decía siempre mi tía, la única que había decidido quedarse a vivir en el pueblo. Se sentía orgullosa de sus rosales. Yo crecía mientras ella comenzaba a morir.

El único lujo de nuestra infancia fueron aquellas rosas.

El huerto de al lado era de un hombre llamado el Sordo, que cavaba siempre con su perra al lado.

Mi tía nunca hablaba con el Sordo. No se llevaban bien las dos familias, aunque yo nunca supe por qué. La perra no tenía la culpa de nada, así que a veces, cuando el Sordo estaba de espaldas, mi tía le tiraba a los surcos un trozo de pan duro. Al Sordo no lo odiaba. Al menos no lo odiaba tanto como al médico.

Rezaba cada noche para que el médico se fuese del pueblo. Pero el médico seguía allí.

Llevaba treinta años en el pueblo, una eternidad. Decían incluso que iba a construirse una casa para quedarse a vivir allí después de su jubilación. No tenía familia en ningún otro lugar, y a su mujer, eso decían, le gustaba el pueblo. Se quedarán para sentirse ricos entre nosotros, repetía mi tía a todo el mundo. Esa era su letanía. También yo fui educada en ella.

Mi tío sólo era carne mojada, sin voz. No había tenido demasiado amor, le excusaban. Antes de que yo creciera demasiado, él ya había muerto.

Hay en esta habitación cierto encanto, diría, pretecnológico. Un airbus aparece en la pantalla del televisor. Hay una física en el vuelo... No es sólo mi confusión.

Pienso: me gusta comer en los aviones. Y también: me gusta leer en los aviones.

Alguien grita abajo, en español: ¡El subtext de los informes fidedignos! ¿Qué querrá decir?

Mis ideas futuras han nacido hace décadas. Casi cuatro décadas ya. Conmigo. Alguien tiene que saberlo. Subtítulos o flujos de la conciencia, qué más da. Sería emocionante vivir después de muerto, pero hace falta tener un porvenir real a la vista para no extraviarse demasiado. Mi legado será el que dejan todos los turistas, incluidas las fotos malas.

En nuestra familia las mujeres trabajaban en el campo tanto como los hombres. Y no sólo en el campo. Las mujeres de la familia estaban tan orgullosas de eso como de los rosales que crecían entre las berzas. Mi abuela, mi tía. Pero en el pueblo no admitían que aquello fuera orgullo, sino soberbia. Le dijeron a mi tía que se merecían todos los castigos que le trajera Dios. Ella me lo contó el verano que cumplí dieciocho, el último verano que pasé entero en Las Mestas: "Me lo soltaron así".

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