Manuel Pérez Aguado ha dibujado en la pizarra dos
viñetas para ilustrar lo que va a ser su primera clase
de literatura. En la viñeta A se ve un corral donde
hay un árbol bien frondoso. Claro que, en realidad,
es un arbusto: “arbusto celastráceo empleado
para formar setos”, según el diccionario de María
Moliner. El árbol, o el arbusto, tiene un nombre precioso:
evónimo, y también se llama bonetero de Japón.
Debajo del evónimo hay un niño y una vieja sentados
en sillitas de paja. La vieja es menuda y de lutos muy limpios.
En su nitidez milimétrica, parece como descrita por
Azorín, y así le hubiera gustado a Manuel Pérez
sacarla en el dibujo, porque así es como la vieja,
que es su abuela y se llama Francisca, pervive en el recuerdo.
El niño es el propio Manuel con seis o siete años.
Hay también algunos pájaros cantores, y al fondo
se ve un campanario con un reloj. La escena ocurre hacia 1955
en un pueblo de Extremadura que tiene también un nombre
muy lucido: Alburquerque.
Pero lo que importa al caso es que la vieja le está
contando un cuento al niño. La historia trata de un
pescador que un día naufraga, baja al fondo del mar,
se casa allí con una princesa y, durante un año,
vive feliz en aquel reino submarino. Todo eso sucede en un
país lejano y en los tiempos remotos de Maricastaña.
Pero luego el pescador empieza a sentir nostalgia de su vida
anterior y pide permiso para regresar a su aldea y pasar unos
días con su antigua familia terrestre. La princesa
acuática intenta disuadirlo, suplica, llora, lanza
veladas amenazas, pero él se obstina erre que erre
en el viaje. Regresa, pues, a lomos de un tritón, y
descubre que, allí arriba, han transcurrido trescientos
años. No reconoce la aldea, y todos sus parientes han
muerto hace ya siglos. Quiere entonces volver a su reino,
pero no encuentra el camino, y a la orilla del mar se convierte
de golpe en un viejo de trescientos años, y muere enajenado,
como el rey Lear. En la viñeta B, Manuel Pérez
ha dibujado la aldea y el reino del reino submarino, todo
ello envuelto en un marco ondulado, para que se note bien
que, frente a la viñeta A, ese mundo es ficticio, y
pertenece solamente al relato.
Dentro del cuento, naturalmente, había algunos ruidos,
que el niño oía con la imaginación: las
palabras de los personajes, el canto de las sirenas, las voces
lejanas de los marineros y, sobre todo, el trajín de
las olas. Fuera del cuento había también otros
ruidos, como por ejemplo las campanadas del reloj, el piar
de los pájaros y, sobre todo, el rumor de las hojas
del evónimo, que parecía sumarse al relato con
sus cuchicheos y sus repentinos silencios. Quien haya escuchado
alguna vez una historia de miedo habrá tenido la impresión
de que, en efecto, los ruidos del mundo real se van incorporando,
por sugestión, al mundo imaginario. Y al revés:
un crujido en el pasillo nos invita a pensar que el asesino
se ha salido del cuento y viene en nuestra busca. Ahí
lo tenemos ya, y según se acercan sus pasos, los límites
entre la realidad y la ficción se desvanecen y confunden.
Y luego ocurrí otra cosa: que al niño Manuel
le pasaba exactamente lo contrario que al pescador, porque
si éste, al volver a su aldea, descubre que durante
su año de estancia en el mar han transcurrido en tierra
trescientos años, aquel descubría que al regresar
de los muchísimos años de la ficción
(o del único año, según se mire), en
la vida real sólo habían pasado los quince o
veinte que su abuela había tardado en contarle la historia.
Y había, además de los ruidos y el tiempo, un
tercer motivo de perplejidad: el pescador, al subir a su aldea,
se encuentra con que las cosas ya no son las mismas de antes.
Del mismo modo el niño, al volver del reino fabuloso
del cuento a la aldea de la realidad objetiva, descubría
que también en las cosas del corral se habían
producido cambios inquietantes. Y así, por ejemplo,
resultaba que el evónimo estaba ahora contaminado por
la ficción. El evónimo (con su rumor, sus sombras,
sus sigilos) comenzó entonces a ser para Manuel algo
más que un árbol o un arbusto. Verlo y escucharlo
a cualquier hora (incluso en el recuerdo de ese instante)
era y es como rememorar el mundo de las realidades ficticias.
El rumor de sus hojas ya será, para siempre, algo más
que eso: son también las olas del mar, bajo las cuales
hay un reino secreto.
Al cabo del tiempo, Manuel Pérez piensa que, en su
primera experiencia estética, le ocurrió algo
muy semejante a don Quijote. Porque es de suponer que don
Quijote, al inicio de su locura, debió de sufrir la
impresión de que la silueta de un molino de viento
se desdibujaba para tomar la forma, todavía vaga e
intermitente, de un ferocísimo gigante. Algo así
le pasa también a los borrachos, que ven las cosas
desdobladas, con la diferencia de que en los borrachos las
imágenes son exactamente iguales (donde hay un molino
ellos ven dos), y en el vislumbre estético las dos
imágenes se superponen y gravitan entre ellas hasta
confundirse en una plural: un molino que es también
un gigante, un rumor de hojas que es a la vez un rumor de
olas. Eso se llama metáfora, y nadie expresa mejor
ese fenómeno prodigioso que Cervantes: don Quijote
lee, lee y lee. Un día levanta los ojos del libro y,
oh maravilla, he aquí que en el mundo cotidiano se
ha obrado una metamorfosis, como le pasó al pescador
al volver a su aldea, como le ocurrió al niño
Manuel al acabar el cuento que una vieja le contó debajo
de un evónimo. Baciyelmo.
Manuel Pérez Aguado ha invitado a sus alumnos a imaginarse
que las dos viñetas de la pizarra se unen y mezclan
formando una sola, como los fundidos en el cine, o como la
realidad y el sueño cuando estamos en duermevela.
Ha seguido un silencio entre cómico y solemne, como
suelen ser los silencios escolares. “¿Alguna
pregunta?” En el último instante, un muchacho
sube un brazo tan alto como puede: “¿Eso entra
en el examen?” “Naturalmente”, ha dicho
el profesor. “Todo arte participa de la realidad objetiva.
¿Qué sería del Quijote si se eliminasen
en él a Sancho, a Sansón Carrasco, al barbero
y al cura? ¿Qué sería del cuento del
pescador sin el humilde evónimo y la rutina de las
campanadas de la iglesia?” Unos segundos de estupor.
“Entonces, ¿entra o no entra?”
Manuel Pérez se toca el rostro, se hace una máscara
con sus manos letradas.
“Entra.”
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