Menú principal
Mi padre, o por qué soy escritora, o Don Mariano y la tribu de los Freixolinis

Mi familia se ha regido siempre por dos principios sagrados: actuar siempre unida y no hacer nada como los demás. Así, cuando a mis quince años tuve una depresión que hizo necesaria una visita al psiquiatra, mis padres requirieron informes sobre los varios disponibles y sólo eligieron a Mariano de la Cruz tras haber sabido de fuentes fidedignas que, a los seis años, don Mariano vestía frac para cenar; a los ocho, arengaba a las Brigadas Internacionales desde lo alto de un tonel; a los diez le expulsaron de los Salesianos; a los once era vegetariano y anarquista, y de mayor, si bien cometió la vulgaridad de hacerse psiquiatra, la disimulaba con otras actividades y aficiones: crítico taurino, Ofelia improvisada cuando le daba por recitar a Shakespeare -para mayor verosimilitud se metía, con los brazos cruzados sobre el pecho, en una bañera, que demostraba furiosamente el principio de Arquímedes (don Mariano rondaba los ciento veinte kilos) salpicando a todo quisque- e indigente, albañil o paseador de perros en las películas de sus amigos. Ilustración de Joaquín Santamaría

Como decía, mi familia actuaba unida, por lo cual a ver a don Mariano fuimos todos: mi padre, mi madre, mi hermano, yo y la gata. (La gata era la que más lo necesitaba. Sufría lo que en una familia vulgar se llamaría la época de celo, pero que la nuestra definía como cuadro agudo de neurastenia psicosexual. A pesar de los esfuerzos del doctor, que le prestó las obras completas de Wilhelm Reich y la recibió varias veces en consulta con su habitual cordialidad, ella se negó en redondo a hablar con él, no tanto por proteger su intimidad como porque desdeñaba las terapias psicoanalíticas, siendo en cambio una ferviente partidaria de las de tipo conductista. Y no era para menos, pues la terapia conductista consistía, en su caso, en aplicarle un -lo juro: existen, los he visto, se compran en las tiendas de animales- consolador de gatas. Mi hermano, que era su preferido -él la había bautizado, con el nombre de La Gata Christie, y solía llevársela, escondida en la cartera, al colegio, donde La Gata Christie aprendió, de oídas, a polemizar en francés sobre el soneto petrarquista-, era el encargado de realizar la delicada operación, rodeado por el resto de la familia. Reunidos en torno a la enternecedora escena, contemplábamos los maullantes éxtasis en un silencio soñador.) Pero con la astucia que tan bien disimulaba bajo su sonrisa plácida de Buda, don Mariano captó enseguida no sólo el problema sino la solución:
insistió en que se quedara conmigo, en su consulta, el resto de la familia, argumentando que era lo que hacían todas las familias. Sintiéndose profundamente insultada, mi familia abandonó la consulta de inmediato.

Háblame de ti, me dijo don Mariano en cuanto la puerta se cerró detrás de la gata. Y yo me puse a hablarle de los Freixolini.

Los Freixolini eran cinco hermanos, los cinco varones, fills de casa bona -hijos de buena familia-, la flor de la burguesía catalana, que aborrecían la burguesía catalana y tenían, todos, como un solo hombre, una única vocación: la de payaso. ¡Cuántas veces he oído yo en mi casa narrar admirativamente las ocurrencias de Pompof y Tedi, o de Grok, que se sentaba en un taburete frente a un piano y comprobando que estaba demasiado lejos, se afianzaba bien en el taburete y con todas sus fuerzas tiraba del piano! ¡Y cuántas veces las de los mismos Freixolini! Ilustración de Joaquín Santamaría

Los Freixolini habían bautizado un altísimo jarrón, colocado en el suelo, que ornaba su piso del Ensanche barcelonés con el nombre de "escupidera de jirafas", y el estilo del mobiliario del salón -carísimos muebles ingleses, auténticos Chippendale, a los que se quitaban las fundas en una o dos ocasiones al año-, Chippendale enfundé . Cierto día en el que se habían quitado las fundas, y pasado una semana limpiando y abrillantando, porque venían no sé qué elegantísimas visitas, los hermanos Freixolini esperaron a que estuviera todo pulido y reluciente y en el último minuto, cuando las visitas estaban ya tocando el timbre, se escabulleron los cinco en el salón, treparon uno encima de otro y el pequeño, de pie sobre los hombros del penúltimo, colgó de la relumbrante araña de cristal un calcetín sucio y apestoso, tras lo cual se escabulleron fuera con la misma rapidez.

El pequeño era el más ocurrente. De sus muchas diabluras, la más celebrada y reída en familia fue la que ideó y puso en práctica con unos amigos, estudiantes de medicina. Salían estos pilluelos de sus prácticas de anatomía; mi tío les estaba esperando. Se dirigían sin prisa, tomando algún café por el camino y piropeando castamente a las chicas bonitas, al mercado de la Boquería. Examinaban a las señoras que hacían la compra, y en un breve conciliábulo, escogían a la que les parecía más antipática. Entonces uno de los estudiantes se sacaba del bolsillo un paquetito, se lo entregaba a mi tío y éste, que era el más arrojado, lo metía discretamente en el cesto de la compra de la elegida. Luego la seguían hasta su casa y se apostaban en la acera hasta que los gritos de horror les confirmaban que su inocente travesura -colocar entre las compras lo que uno de los estudiantes había escamoteado en una autopsia: cierto fragmento, inequívocamente masculino, de un cadáver- había surtido efecto, tras lo cual volvían cada uno a su casa a almorzar en familia.

  Página siguiente

© Ministerio de Educación y Ciencia