INTRODUCCIÓN
Los cambios de intensidad de los rayos cósmicos galácticos pueden alterar la nubosidad de la Tierra. Están constituidos por partículas energéticas, principalmente protones, que son acelerados en las explosiones de supernovas. En su camino hacia la Tierra, penetran en la heliosfera, una región del espacio batida por el viento solar magnetizado, que se extiende más allá de los planetas. El campo magnético solar, transportado por el viento, es capaz de modular las partículas cargadas del flujo de rayos cósmicos que penetran en el sistema solar.
Los rayos cósmicos llegan a la atmósfera terrestre y arrancan electrones de las partículas que interceptan su paso. Un experimento reciente ha probado que los electrones liberados en estos procesos ayudan a producir aerosoles, que son los bloques básicos de los núcleos de condensación de las nubes. La frecuencia de este fenómeno está condicionada por el flujo de rayos cósmicos galácticos que alcanza la Tierra, y por tanto, por los cambios de intensidad del campo magnético gobernados a su vez por la actividad del Sol, que es cíclica. En definitiva, la actividad solar explicaría las fluctuaciones climáticas en escalas de tiempo de décadas, siglos y milenios.
Los datos de nubosidad terrestre obtenidos a partir de satélites artificiales, comparados con el recuento de rayos cósmicos galácticos obtenidos por las estaciones situadas en tierra, sugieren que un aumento de rayos cósmicos hace un mundo más nublado. Este resultado empírico, introduce una nueva conexión entre los eventos astrofísicos y terrestres, haciendo que el clima en la Tierra este influido por aceleradores de rayos cósmicos galácticos, como son los restos de explosiones de supernovas.
El hecho anterior fue presentado en el congreso de ciencias del espacio COSPAR que tuvo lugar en Birmingham en 1996 y publicado luego con el sugerente título "Variación del flujo de rayos cósmicos y nubosidad global: el eslabón perdido en la relación Sol-clima". Pretende reconciliar las abundantes indicaciones de la influencia del Sol en el clima con la pequeña variación de 0,1 % de la irradiancia solar (cantidad de energía por segundo que llega a la atmósfera terrestre), medida por satélites, durante un ciclo solar. Las nubes ejercen, en media, un efecto de intenso enfriamiento, y el flujo de rayos cósmicos varía con la intensidad del campo magnético solar, el cual repele una gran cantidad de partículas relativistas provenientes de la Galaxia. Esta conexión ofrece un mecanismo, para el cambio climático gobernado por el Sol, mucho más potente que los cambios de irradiancia solar.
Durante los últimos diez años, las hipótesis sobre la influencia galáctica y solar en el clima han progresado mucho hasta el punto que ya es posible hablar de una línea de trabajo en la investigación del cambio climático. Su nombre: Cosmoclimatología y es ya al menos tan rigurosa, científicamente hablando, como el efecto invernadero causado por el aumento de gases contaminantes.