Hacia finales del siglo VI a. de JC. ya se encuentran claramente perfiladas las dos corrientes fundamentales del pensamiento griego, que prefiguran en buena medida la posterior evolución del pensamiento occidental. De una parte, el materialismo de los filósofos milesios, que habría de dar lugar al atomismo de Demócrito. De la otra, las doctrinas pitagóricas, con sus supersticiosos akoúsmata y sus rigurosos mathemata[1] , que vienen a representar el impulso formalista e idealista que culminaría en Platón.

La figura de Pitágoras resulta apasionante por muchos motivos. Su biografía está envuelta por la sombra de la leyenda y de las tradiciones orales contradictorias. Nació en la isla de Samos a comienzos del siglo VI a. de JC. Se cuenta que viajó por Egipto, Persia y Mesopotamia, donde tomó contacto con las tradiciones zarathústricas y donde pudo conocer el famoso teorema que más tarde pasó a la historia con su nombre. Vuelto a Samos, y a raíz de algún enfrentamiento con su tirano Polícrates, decidió viajar a Crotone, que era una pequeña polis helénica del sur de Italia.

Pitágoras llegó a Crotone con una aureola de profeta órfico, que predicaba la purificación del alma mediante una serie de ritos iniciáticos. Fundó una secta, cuyos adeptos, vivían en comunidad sometidos a reglas severísimas. Esta secta pitagórica gobernó Crotone durante veinte años, convirtiéndola en una ciudad próspera. Pero su carácter aristocrático y hermético dio lugar, a comienzos del s. V a de JC, a una revuelta popular que obligó a huir a los pitagóricos. Pitágoras se refugió en Metaponto, y allí murió.


[1] Véase el magnífico capítulo que Jesús Mosterín dedica a Pitágoras y los pitagóricos en su HISTORIA DE LA FILOSOFIA. Alianza ed. Madrid. (vol. 1004)