Está muy extendido el prejuicio de que tener o no tener un buen oído musical, es cuestión que depende más de la herencia genética recibida que de la educación. ¡Cuántas veces habremos escuchado expresiones como "Me gusta la música, pero no sirvo, no tengo oído"! El ambiente cultural en el que se ha vivido tiene mucho que ver con el nacimiento y la proliferación de estos tópicos. Durante mucho tiempo, declarar la "dureza de oído" no era simplemente confesar una deficiencia, sino que hasta podía convertirse en un detalle bienhumorado y elegante. Uno no podía decir, sin cierto menoscabo de su consideración intelectual, que no podía con Borges o que no entendía el Ulyses, pero manifestar que Schönberg o Ligeti le resultaban completamente incomprensibles era celebrado como un valiente detalle de honestidad cultural. Si lo uno se perdonaba y lo otro no, era, probablemente, porque se consideraba que "tener buen oído" venía a ser como un regalo del cielo que sólo correspondía a unos pocos, y que, de no encontrarse entre los elegidos, valía más no molestarse demasiado con la música.

Naturalmente que hay personas mejor dotadas que otras para la música. Pero también para la literatura, las matemáticas, la biología o la historia. Tener buenas condiciones para una disciplina cualquiera puede representar una cierta ventaja de salida, pero no garantiza nada sin el trabajo y el aprendizaje. Del mismo modo, la carencia de una facilidad especial, no prejuzga en modo alguno los logros futuros, ni anuncia desde luego una incapacidad definitiva. Hay, efectivamente, individuos con mejor oído que otros, pero incluso en este punto de partida convendría precisar. ¿Revelan los resultados de una audiometría lo que entendemos por "buen oído"? De ninguna manera, al menos, en lo referente al buen oído musical. Uno puede percibir intensidades mínimas, cercanas al silencio absoluto, poseer una buena capacidad auditiva para una amplia gama de frecuencias, y sin embargo, permanecer impasible ante una octava desafinada. Hay quien posee una especial capacidad para una afinación escrupulosa, pero tiene problemas con la cuadratura rítmica y a la inversa. Cada una de las cuatro propiedades del sonido (tono, duración, timbre e intensidad) son susceptibles de estudio, aprendizaje y mejora.

Naturalmente, desde el punto de vista de la formación de un oído musical, no tienen las cuatro la misma complejidad. Pero ni siquiera las dos consideradas como menos enjundiosas (intensidad y timbre) son impermeables a la educación y a la mejora. Cualquiera que no sea sordo puede distinguir sin aprendizaje previo el pp del ff . Pero de ahí a poder apreciar la construcción orgánica de un crescendo o de un diminuendo, o el establecimiento de planos sonoros que clarifiquen la estructura, o al discernimiento de un juego inteligente y sensible con las dinámicas, media un abismo.

De igual modo, distinguir el timbre de un violín del de un trombón, está al alcance de cualquiera, pero poder disfrutar plenamente de los alardes tímbricos de la paleta orquestal de Ravel, es harina de otro costal. Diferenciar el timbre de un violín italiano del de un violín francés o alemán, resulta a veces difícil incluso para los músicos. Y es que la intensidad y el timbre son propiedades físicas que pueden llegar a presentar una complejidad estética y musical verdaderamente extraordinaria.

Con todo, el timbre es sobre todo color, y la intensidad, expresión, pero el tono y la duración son sustancia, sustancia musical. Y ahí radica el capítulo principal de la educación del oído.