Entre los poetas de la generación del
27, García Lorca y Gerardo Diego destacan sobre los demás
en cuanto a la presencia de la música en su obra y en su
poética. No en vano, ambos eran magníficos músicos
y consumados pianistas. Pero es en Gerardo Diego donde la música
constituye no ya presencia, sino casi obsesión. Uno de
sus primeros libros, "Nocturnos de Chopin", constituye
un intento de reproducir poéticamente el mundo de sensaciones
que habita en la obra del compositor polaco. Mediante lo que el
propio Diego califica de "paráfrasis románticas",
intenta atrapar en palabras el discurrir musical de los nocturnos
chopinianos. No pierde el poeta la oportunidad de expresar postulados
estéticos al lado de la descripción de sensaciones.
El Nocturno XIV se abre con esos famosos versos que parecen una
declaración de principios:
"Ha cruzado divina y desnuda.
Es la Forma, es la Forma, es la Forma.
El artista sujeto en la Norma,
la llama en su ayuda."
Poca gente sabe que el 22 de Mayo de 1920, es
decir, dos años después de la composición
del libro, el poeta ofreció en el Ateneo de Soria, una
conferencia-concierto en la que ilustró con la interpretación
de los Nocturnos de Chopin sus propios poemas; o, más bien,
como él hubiera preferido, en la que "parafraseó"
con sus poemas, la música del polaco[1]
. Pero la música persigue ya a Gerardo Diego durante toda
su producción posterior, tanto en su vertiente creacionista
como en la expresionista. Baste recordar poemas tan significativos
como "Revelación de Mozart", "Los árboles
de Granada", "Preludio, aria y coda a Gabriel Fauré",
los magníficos sonetos de "Alondra de verdad"
dedicados a Schumann o a Debussy, o el memorable poema dedicado
a Ida Haendel, con motivo de su interpretación en 1948
del "Concierto para violín" de Beethoven.
La música habita en la obra de Gerardo
Diego como una pasión, pero también como un principio
estético que informa su poética. En el prólogo
a la primera antología de sus versos, se ve obligado a
defenderse de las acusaciones de doblez estética motivados
por la permanente convivencia en su obra de las vertientes creacionista
y expresionista. Para articular esa defensa recurre, entre muchas
y convincentes razones, a los siguientes argumentos de autoridad:
"el Stravinski del Sacre du printemps, y el del
Pulcinella; el Bartók de los cuartetos y el de
las piezas para niños…" [2]