Si hubiera que elegir tres sonatas para violín y piano de entre toda la literatura existente para esta formación, lo más probable es que uno de los puestos fuera variable y admitiera, según los criterios, diferentes posibilidades. Pero es incuestionable que habría dos puestos fijos: la sonata para piano y violín de César Franck, y la sonata op. 47 "Kreutzer" de Beethoven. Como ha dicho en algún escrito Midori: "Feared and loved, it is the Mount Olympus for all who perform it".

La redacción de dicha sonata data de 1802, una época en la que pesan sobre Beethoven los negros presagios de Heligenstadt, que sin embargo todavía no afectan de manera decisiva a la velocidad de su producción. 1802 es también el año de composición de la segunda sinfonía, de la sonata para violín y piano op. 30 (a la cual estaba en principio destinada la tarantella que cierra la "Kreutzer"), las bagatelas op. 33 y las variaciones op. 34 y 35.

La Sonata "Kreutzer", no se estrenará sin embargo hasta 1803. El estreno tiene lugar en Viena con el propio Beethoven al piano y George Bridgetower, a la sazón un famoso violinista mulato, al violín. El éxito fue considerable. Cuentan que tuvieron que repetir todo el segundo movimiento, el famoso tema con variaciones. Pero más tarde, al parecer por razones de faldas, las relaciones entre Beethoven y Bridgetower se enfriaron, y cuando en 1806 apareció la primera edición de la sonata, ésta aparecía ya dedicada a Rodolphe Kreutzer, quien sin embargo no le debió prestar la menor atención y nunca la interpretó.

La obra la inicia el violín solo, sin acompañamiento, con un coral en miniatura en la tonalidad de La Mayor. No era la primera vez que Beethoven utilizaba este recurso. En la Romanza en Sol Mayor op. 40, que data del mismo año, ya había probado a inaugurar la obra con una sencilla melodía de carácter coral entregada a las dobles cuerdas del violín. La interpretación de estos primeros compases constituye el primer objeto de nuestras reflexiones sobre la interpretación de la sonata.