El cuarteto de cuerda ha gozado tradicionalmente de un prestigio especial entre los compositores y los intérpretes. También entre los melómanos más cultivados. Se ha dicho con frecuencia que el cuarteto es el género más puro, más despojado de cualquier ingrediente ajeno a la estricta sintaxis musical. Para muchos, el cuarteto es el género en el que los compositores escriben para sí mismos y para los intérpretes, quizá los destinatarios mejor dotados para comprenderlos. El Beethoven más avanzado, más especulativo y, en definitiva, más interesante, no está en las sinfonías ni en los conciertos, sino en los cuartetos. El grado de complejidad formal y de riqueza expresiva que habita en sus últimos cuartetos no es comparable de ningún modo al que podemos encontrar en sus obras más conocidas y populares.

Es ese carácter abstracto y destilado de la escritura cuartetística el que tal vez explica la lentitud y el respeto con el que acometieron el género casi todos los grandes maestros. Mozart, tan fluido a la hora de componer, tardó tres años en escribir los seis cuartetos con los que respondió a la opus 33 de Haydn. Beethoven no comenzó su primera serie de cuartetos, la opus 18, hasta los treinta años de edad. Brahms tardó todavía más, sus cuartetos opus 51 los acabó cuando ya había cumplido los cuarenta. Es como si los compositores hubieran sentido desde siempre, un temor reverencial hacia una especialidad que, por otro lado, les ofrecía la mayor libertad, ya que era la más impermeable a los gustos del público y al peso de las consideraciones sociales.

Los primeros cuartetos de Haydn destinados a una interpretación pública fueron los de la op.54. Ninguno de sus cuartetos anteriores conoció una interpretación que no se desarrollara en el ámbito de lo privado. Y esa tradición de considerar al cuarteto como el vehículo ideal para el disfrute privado de los músicos se mantuvo hasta bien entrado el siglo XIX. Joachim gustaba de practicar el cuarteto en sus giras con los mejores músicos locales de las ciudades en las que actuaba. Debieron ser unas jam session memorables.

Quien haya practicado alguna vez la especialidad, sea como profesional o como aficionado, conocerá el extenso repertorio de problemas técnicos e interpretativos propios del cuarteto de cuerda. La afinación, el ritmo, la articulación, el fraseo, el empaste, la intención musical, plantean dificultades mucho más arduas que en cualquier otra formación camerística. Pero existe una cuestión previa a todas las demás. No es de orden técnico ni interpretativo, aunque proyectará un poderoso influjo sobre esos ámbitos, sino de orden teórico: ¿Cómo debe enfocarse la interpretación en cuarteto?

 
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