En el epitafio de la tumba de Hoffmann puede leerse: "A E.T.A. Hoffmann, gran poeta, músico, pintor y jurista". Y es que, en efecto, la figura de Hoffmann refleja el prototipo del artista multidisciplinar y sintético tan del gusto del romanticismo alemán. Su alcance como pintor fue limitado (nuestro conocimiento del mismo casi se reduce a la famosa autocaricatura y a los dibujos con los que ilustraba sus narraciones), y sudimensión como músico fue más asunto de vocación que de logros efectivos. Pero su importancia como narrador está fuera de toda duda. Ha sido, probablemente, el representante del romanticismo berlinés más traducido y más conocido fuera de Alemania.
Según ha señalado Manuel José González1, la fiebre romántica se fue extendiendo desde Jena y Heildelberg a todas las ciudades en cuya universidad enseñaba una figura de relieve: Fichte y Schelling, sembraban la semilla del idealismo en Berlín y Munich respectivamente, mientras los hermanos Grimm enseñaban en Gotinga y Schlegel en Viena. Por otra parte, las grandes figuras de Schiller, Goethe y Novalis, con Herder al fondo, empapaban un paisaje literario general que, por lo demás, seguía siendo cosa de minorías: hacia 1800, sólo el 25% de los alemanes sabía leer. Los principios de la Ilustración van cediendo terreno frente al empuje del sturm und drang y los postulados románticos más característicos van tomando carta de naturaleza.
E.T.A. Hoffmann nació en 1776 en Könisberg, la misma ciudad en la que vio la luz Kant, que por aquel entonces pertenecía a Prusia oriental. Estudió derecho en su ciudad natal, y su carrera administrativa lo llevó a Berlín, Poznan y Plock. Durante los primeros años del siglo XIX residió en Varsovia, donde combinó su actividad profesional con la artística y llegó a crear una orquesta. La invasión napoleónica le obligó a regresar a Berlín. Desde 1808 hasta 1813 residió en Bamberg, donde dirigió su teatro y ejerció también como profesor de música, compositor y director de orquesta. En 1814 aceptó el cargo de consejero de justicia del tribunal de Berlín, ciudad en la que moriría tempranamente en 1822. De entre su extensa obra, cabe destacar la colección de escritos variados "Kreisleriana", acomunados por su argumento musical y su atribución al pintoresco director de orquesta Johannes Kreisler, las "Fantasías a la manera de Callot", la novela "Los elixires del diablo", en la que trata de la esquizofrenia,el ciclo narrativo "Los hermanos de San Serapión" y los "Cuadros nocturnos".
Podemos considerar a Hoffmann como la última figura del romanticismo berlinés. Ha sido llamado el "heraldo del espíritu romántico", y no en vano su vida y su obra atesoran algunas de las señas de identidad más notables de este movimiento: el individualismo exacerbado, el gusto por los ambientes misteriosos y sombríos, la fascinación por el pasado, la obsesión por la mujer ideal, la continua contraposición entre el arte, a veces divino, a veces demoníaco, y la vida cotidiana, siempre vulgar y vacía. Y sobre todo, su pasión hacia la música, arte al que, como buen alemán, otorga un estatuto superior. Da buena cuenta de ello la anécdota de su cambio de nombre. Hoffmann se llamaba Ernst Theodor Wilhelm, pero cambió su tercer nombre por el de Amadeus, en homenaje a Mozart, músico por el que sentía auténtica veneración. En su obra las referencias a la música son constantes. Los intérpretes y los compositores, unas veces reales, otras ficticios, pueblan continuamente sus narraciones y sus escritos. En este punto, Hoffmann no es un caso aislado. La penetración de la música en la literatura alemana es una constante desde Wackenroder hasta Thomas Mann.
1. MANUEL JOSÉ GONZÁLEZ. El Romanticismo Alemán. Historia Universal de la Literatura.. Ed. Orbis. Barcelona 1982