Adrian Leverkühn, el personaje protagonista de Doktor Faustus, habita en un tiempo en el que la obra del artista y cualquier verdad suprapersonal han llegado a hacerse incompatibles. Pasaron los tiempos luminosos de la primera escuela de Viena, en la que el interior de los grandes maestros se proyectaba en un monumental tejido de convenciones que crecía y se desarrollaba sobre sí mismo. Una construcción cada vez más compleja, un árbol cada vez más frondoso sostenía orgullosamente en sus ramas los frutos de las verdades compartidas. Imperaba un sistema como receptáculo flexible, pero universal, de todos los impulsos constructivos y de todas las veleidades ornamentales nacidas en el interior del artista. Y lo mismo ocurría en la ciencia o en la filosofía: una weltanschaung, una cosmovisión capaz al mismo tiempo de reflejar y ensamblar (como acto supremo de ocultación y de falseamiento) una realidad dispersa y fragmentaria, acogía finalmente la pluralidad de los discursos. Tiempos felices aquellos en los que la tonalidad y la gramática tenían los atributos de una religión, y se apelaba a la historia, a la razón o a la naturaleza, con la misma confianza con la que el creyente apela a los textos sagrados.
Leverkühn vive otros tiempos: las luces de la Razón fueron perdiendo intensidad y desdibujando contornos, y otra luz, mortecina y crepuscular, fue alumbrando la descomposición del imperio austríaco de los Habsburgo. A la confianza en los grandes ídolos de la razón, le sucede ahora la duda, o peor aún, la sospecha: Marx, Freud y Nietzsche son, como ha visto Deleuze, los tres grandes maestros de la sospecha. En ese crepúsculo de los ídolos aún resuenan las palabras de Nietzsche: "Yo creo que no nos vamos a desembarazar de Dios porque todavía creemos en la gramática".
Pero Thomas Mann corrige con energía a Nietzsche: la antítesis más profunda no se sitúa entre la vida y el espíritu, ni entre el arte y la moral, sino entre la verdad y la belleza. Ese es el verdadero dilema de Leverkühn, el músico que sabe que sus necesidades expresivas interiores ya no pueden ser absorbidas por una convención o un sistema que las haga inteligibles y, por lo tanto, comunicables. En el fondo, quiere ser constructivo, no le satisface entregarse a los vapores aristocráticos del nihilismo. Mal que le pese, debe encomendarse a algo o a alguien. El hecho de que ese alguien sea Mefistófeles es, como ha visto Fernando Bayón, solamente el retrato en negativo de un alma luterana: "el mito faústico es el relato anónimo de una humanidad indigente que se resiste a estar sola, que pide el sacramento del auxilio, que quiere comprar la ayuda y el poder de alquien"1. En definitiva, la añoranza del orden perdido, la nostalgia como consecuencia de la orfandad y de la intemperie.
Los paralelismos y las diferencias entre el Leverkünh de Mann y la figura de Schönberg desataron enseguida la polémica entre el músico y el escritor. Es cierto que no es fácil rastrear en el padre del dodecafonismo el aliento faústico del personaje de Thomas Mann. El propio Schönberg, molesto, se refirió a él en un artículo titulado "La bendición del vestido" que está recogido en la colección "El estilo y la idea": "… el Adrian Leverkühn de Thomas Mann no conoce los fundamentos de la composición con doce sonidos. Todo cuanto sabe le fue enseñado por el señor Adorno, quien únicamente sabe lo poco que yo fui capaz de explicar a mis alumnos. Los hechos reales serán probablemente ciencia secreta en tanto no haya alguien que la herede como un don gracioso"2. Y sin embargo, el personaje de Mann parece estar guiado por la máxima de Schönberg: "Musik soll nicht schmücken, sondern wahr sein"3. Ese concepto de "verdad", tan cuajado de exigencias morales, tan penetrado de las ideas de "búsqueda" y de "futuro", tiene mucho de "tierra prometida", lo cual al fin y al cabo es muy propio de un alma hebrea como la de Schönberg. "Debemos contentarnos con el placer de la búsqueda", decía Schönberg recordando a Lessing.
1.FERNANDO BAYÓN (Instituto de Filosofía del CSIC. Madrid) "Thomas Mann y el desencantamiento de las tradiciones alemanas". Revista Hmic- 2005
2.ARNOLD SCHÖNBERG. "El estilo y la idea". Idea Música. Barcelona 2005. Trad. Ramón Barce
3.La música no debe decorar, sino ser verdad.