JOSÉ JIMÉNEZ. Teoría del Arte. Neometrópolis. Tecnos/ Alianza. Madrid 2004. 281 pags.
Hace pocos años, la editorial Alianza publicó la "Teoría del Arte" de José Jiménez. A partir del reconocimiento y los galardones que obtuvo en Italia, el libro alcanzó muy pronto un eco notable y plenamente justificado. Pensado como texto de apoyo para la docencia en Estética y Teoría del Arte, constituye a la vez una colección de ensayos de lectura amena y sugestiva que viene a completar la ya sustanciosa aportación del catedrático de la Autónoma a la literatura en español sobre filosofía del arte y de la cultura. Se plantea en la obra, de modo orgánico y riguroso, un ajuste conceptual de las principales categorías relacionadas con la creación artística. La propia concepción de lo que hoy podemos entender por arte, así como el papel que el artista, el público, la crítica y la sociedad entera juegan en el proceso creativo, son sometidos a una cuidadosa disección que arranca de la historia y la genealogía.
Le importa a J.Jiménez antes que nada, huir de los planteamientos historicistas y esencialistas que utilizan la idea del arte como algo básicamente inalterable en su núcleo, que sólo cambia en lo accidental o accesorio. El historicismo es siempre un elemento distorsionador, legitima etiquetas genéricas y todo lo convierte en pasos uniformes de una historia que evoluciona hacia un fin. Confluye así sorprendentemente con una suerte de esencialismo tan simplificador, tan laminador de la particularidad y la diferencia como cualquier otro: el esencialismo de la historia. Busca J.Jiménez un concepto abierto de arte y para ello demuestra desde la genealogía y la propia historia, que ese término ha significado las cosas más diversas en el transcurso de los tiempos, y que no ha existido un haz de notas conceptuales que hayan permanecido siempre a resguardo bajo el paraguas de la palabra en cuestión. "Arte es todo lo que los hombres llaman arte", se titula el primer capítulo, que ofrece un paseo apasionante por los ready-made de Marcel Duchamp, por las Mona Lisas de Andy Warhol, los cadáveres de Gunther von Hagens o los animales de Damien Hirst. Desde el inicio resplandece asíla necesidad de ese reajuste categorial en un mundo en el que el diseño, la publicidad, los mass media y el avance tecnológico hacen ya imposible seguir operando con conceptos disecados por unos cambios cada vez más rápidos y más intensos. Bajo el término "arte" no lograremos mantener un repertorio de esencias, sino más bien de funciones, de funciones mutables al compás de las nuevas circunstancias. "El arte es una convención cultural –nos advierte José Jiménez desde el comienzo del libro- dependiente siempre de los cambios y modificaciones de los contextos culturales en los que se inscribe".1
El verdadero arranque discursivo de la obra se produce en el capítulo II, con un anclaje genealógico que dirigirá todas las consideraciones posteriores. Ars es la traducción latina del término griego techné, cuyo campo semántico era, sin embargo, mucho más amplio. Techné significaba para los antiguos griegos habilidad o maestría tanto manual como mental. Se encontraba, por tanto, muy lejos de denotar las "bellas artes" de modo específico, y abarcaba actividades tan diversas como la artesanía, la navegación o la pesca. Implicaba la adquisición práctica de conocimientos y una suerte de síntesis entre pensamiento y producción. Para Aristóteles, la techné imita a la physis (naturaleza), pero también puede ir más allá, llegando a producir algo que no se encuentra en ella. El término physis denota "lo que es", mientras que las téchnai denotan lo artificial, lo que puede ser o no ser, lo posible. El principio de la mímesis (imitación) informa las technai mimetiké : aquellas que requieren la destreza para producir imágenes, materiales o no, de la physis. Sobre ese principio mimético girarán las producciones artísticas de la Grecia clásica. "Lo que hoy llamamos arte- escribe José Jiménez- había sido descubierto, plenamente aceptado e integrado en el mundo clásico griego en su dimensión centralmente constitutiva: el valor cultural del simulacro, la ficción, la imagen, en definitiva. Obviamente, es preciso aclarar que el mapa de categorías y conceptos de los griegos de la época clásica es muy distinto al nuestro, que unos y otros no coinciden plenamente. Pero el nuestro, en el terreno del arte tanto como en otros aspectos, procede el suyo, a través de toda una serie de transiciones y modificaciones históricas. Es en ese universo de cultura donde nace la idea y la práctica institucional del arte como producción autónoma de formas, ya sea a través del lenguaje, la gestualidad o el sonido, ya sea a través de los diversos materiales y soportes plásticos".2
Esos materiales o soportes son las vías de cristalizacióndel sentido de la producción artística. En la palabra, el gesto, la imagen plástica o el sonido se plasman los frutos de la mímesis, la duplicación del mundo a través de una voluntad creadora que irá incorporando como modelo de sus realizaciones no sólo a la naturaleza en sentido estricto, sino también al hombre como parte de ella, y finalmente, a todo su interior, incluidos los productos de su capacidad de abstracción, de reflexión, de razonamiento, así como todo el ámbito de sus afectos, sus temores y sus anhelos. Cuando las fronteras entre el mundo y su imagen, entre la experiencia y el simulacro, como ocurre en nuestro tiempo, tienden a difuminarse y adesaparecer, se esfuman también las diferencias entre el original y la copia, y la producción artística queda convertida en un juego de espejos que se prolonga hasta el infinito.
1.JOSÉ JIMÉNEZ. Teoría del Arte. Tecnos/ Alianza. Madrid 2004. Pag. 54
2.JOSÉ JIMÉNEZ. Teoría del Arte. Tecnos/ Alianza. Madrid 2004. Pag. 81