EL OTRO FRANCISCO GUERRERO
El término “fractal” fue acuñado por Meldenbrot en los años setenta para designar ciertos objetos matemáticos que se originan mediante la iteración infinita de un proceso geométrico simple y bien definido. El resultado de esa iteración llega a presentar una apariencia de una complejidad extraordinaria, pero el germen del proceso es de naturaleza muy simple. El ejemplo que mejor ilustra esa convivencia entre la simplicidad de la construcción y la complejidad del producto es el conjunto de Cantor. Su formulación es sencilla se divide un segmento en tres partes iguales y se elimina el subsegmento central. Con cada uno de los restantes se procede del mismo modo y se repite el proceso indefinidamente. EL resultado es el conjunto de Cantor. A pesar de la sencillez de su gestación, el conjunto de Cantor es una criatura peculiar que presenta propiedades sorprendentes y, en ocasiones, paradójicas.
Es precisamente esta posibilidad de construir y controlar estructuras muy complejas a trav és de procedimientos muy simples lo que confiere atractivo y potencia explicativa a los fractales. En estos sistemas, como los biológicos, cada célula es, de algú modo, la réplica del organismo entero. Los fractales no existen en la naturaleza, como tampoco existen la línea, el punto o la esfera de la geometría euclídea, pero muchos procesos físicos y biológicos pueden ser fácilmente referidos al modelo de las estructuras fractales. Algunas formas de agregación molecular, así como las formas ramificadas de los árboles, de los ríos o de los bronquios, encuentran en esta nueva geometría su mejor asiento matemático. No es de extrañar pro tanto que los fractales hayan ejercido sobre algunos artistas un atractivo irresistible a la hora de buscar fundamentos sólidos en la construcción de la forma. Un material que se autogenera y que desvela en todo momento la relación de la parte con el todo, sustituye el procedimiento de la adición por el despliegue, y constituye el mejor fundamento teórico para preservar la unidad y la coherencia como valore estéticos.
Francisco Guerrero, no el gran polifonista sevillano del XVI, sino el gran compositor nacido en Linares en el XX, ha sido la figura en cuya obra, esa preocupación matemático-musical ha dado frutos más jugosos. Su obsesión por la pureza y la fundamentación del discurso musical convirtieron su trayectoria intelectual y estética en una especie de inversión de la recorrida por Xenakis, con quien guarda una innegable relación: Xenakis llegó a la música desde las matemáticas; Guerrero llegó a las matemáticas desde la música. No es de extrañar por ello que , tal como ha señalado Fernández Guerra, la relación de Guerrero con Xenakis se produce más en los términos de la confrontación que del seguimiento.
Francisco Guerrero nació el 7 de Julio de 1950 y se formó con su padre, otro Francisco Guerrero, y sobre todo con Juan Alfonso García, organista de la Catedral de Granada. Este último era discípulo de Valentín Ruiz-Aznar, amigo a su vez de Falla cuya música influyó son duda sobre la suya propia dando lugar a lo que la crítica ha dado en llamar “escuela granadina de composición”. Sobre las características esenciales de esta escuela, nos ilustra Juan Alfonso García:”El esteticismo fallesco(…) del esfuerzo depurativo, del la total renuncia a la improvisación, de la pulcritud y previsión en la escritura, de la condensación extrema en la substancia musical…, todo ello viene a ser característica de la llamada escuela de composición granadina”. De cómo asimiló Francisco Guerrero esos principios es buena muestra la siguiente declaración: “El acto de componer es un acto místico, del mismo modo que la invención y el descubrimiento científicos. Es un acto religioso, profundo, íntimo”.No es fácil encontrar un compositor que permanezca durante toda su trayectoria fiel a unos planteamientos tan exigentes, a un caminoi de búsqueda personal que lo mantenga al margen de los devaneos con las estéticas al uso.