Toda palabra invoca un silencio previo, se origina en un pasado antepredicativo y mudo al que se refiere, al que re-presenta. El lenguaje es, en origen, gesto, grito, celebración del mundo, no viene del intelecto sino del cuerpo, del músculo entregado al ritmo: la danza es el más remoto antepasado de la gramática. El joven Nietzsche ya nos lo mostró en “El nacimiento de la tragedia”.

Más tarde, en “La Genealogía de la Moral”, se convirtió en el meticuloso filólogo que analiza cómo las palabras pierden pie en el mundo y se elevan, llevadas por el viento de la abstracción hacia el concepto, luego hacia el juicio, y de ahí, hacia el discurso metafísico o moral y hacia el sistema, donde toda la fuerza de la primera descarga nerviosa se ha perdido, donde la representación se ha convertido en desnaturalización y ocultamiento. La gramática no nos conecta con el mundo, antes bien, se interpone entre el mundo y nosotros. Mezcla el ser y la nada, nos conmina a pensar el ser en una gradación y a buscarlo en las profundidades, abandonando la superficie, renunciando a las apariencias, que es lo único que nos viene atestiguado por la confianza ingenua en los sentidos. Nos sumerge así en un paisaje subyacente de esencias inmutables que es mera ficción, pues los sentidos son los garantes de la única realidad: el devenir, el cambio, el movimiento. “El arte contiene la alegría de despertar la creencia en las superficies”, dejó escrito Nietzsche en los fragmentos póstumos de 1873. Por aquel entonces, el filósofo estaba deslumbrado por la música de Bizet, pero esa atracción hacia el Sur, basada en un nuevo ideal estético alejado de las densidades, de las brumas, de los interiores, y volcado hacia la luz y la ligereza, viene de tiempo atrás.

A partir de 1870, abundan en los escritos de Nietzsche las referencias a Mozart. La necesidad de una alternativa a la gravedad y el pesimismo de la música wagneriana se le hace cada vez más evidente. Nadie más ligero ni más luminoso que Mozart, nadie más profundo. Nietzsche busca un ideal musical nuevo, una “música jovial y profunda, como un mediodía de Octubre, que sea singular, traviesa, tierna, una pequeña y dulce mujer de perfidia y encanto”.

 
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