El cante flamenco acompañó a Falla desde su cuna. Su niñera, "La Morilla", lo dormiría con cantes traídos de los pueblos perdidos de la sierra de Cádiz. Es casi imposible suponer que el flamenco no fuera un ingrediente esencial en la infancia del maestro. El barrio de Santa María estaba cerca de su casa, y allí nacieron y vivieron famosos cantaores y guitarristas. Un bagaje inconsciente de rasgueos, quejíos, zambras y martinetes debía pesar ya en la memoria del joven Falla cuando llega a Madrid para normalizar sus estudios con José Tragó. Pero eran años en los que Falla debía aprender a vivir de su oficio, y no había muchas más opciones para ello que la zarzuela. Compone cinco en dos años. A partir de 1902, entra en contacto con Felipe Pedrell, el padre del nacionalismo español contemporáneo, y se abre ante los ojos del joven compositor, un universo ilimitado de creación sobre los materiales musicales que duermen en lo más hondo de la memoria colectiva.

Lo que no era más que el eco de los sonidos de la infancia y un pozo de misteriosas adivinaciones sonoras, encuentra la luz de la teoría y el asiento del sistema en una tarde de otoño de 1903. Rebuscando en la Feria de Libros de Ocasión de Madrid, junto a la verja del Jardín Botánico, Falla encuentra la "Acoustique Nouvelle" de M. Louis Lucas, en edición parisina de 1854. El libro, cuya importancia teórica fue considerablemente exagerada por Falla, versaba sobre la generación armónica a partir de las resonancias naturales y vino a constituir el anclaje teórico que el maestro andaba buscando para algunos de los presupuestos esenciales de su estética. Falla indaga en las concomitancias del cante jondo con algunos cantos primitivos de Oriente. Pero en modo alguno sostiene que la siguiriya y sus derivados sean simplemente el residuo de un injerto oriental. Antes bien, es muy consciente de que sólo una acumulación de hechos históricos, culturales y artísticos, ha podido acrisolar el cante jondo con tan marcadas características nacionales. Al mismo tiempo, no oculta su preocupación ante los síntomas de decadencia y de descomposición de ese tesoro de belleza: "El canto grave, hierático de ayer ha degenerado en el ridículo flamenquismo de hoy. En éste se adulteran y modernizan (¡qué horror!) sus elementos esenciales, los que constituyen su gloria, sus rancios títulos de nobleza. La sobria modulación vocal -las inflexiones naturales del canto que provocan la división y subdivisión de los sonidos de la gama- se ha convertido en artificioso giro ornamental, más propio del decadentismo de la mala época italiana que de los cantos primitivos de Oriente, con los que sólo cuando son puros pueden ser comparados los nuestros. Los límites del reducido ámbito melódico en que se desarrollan los cantos han sido torpemente ampliados; a la riqueza modal de sus gamas antiquísimas, ha sustituido la pobreza tonal que causa el uso preponderante de las dos únicas escalas modernas, de aquellas que monopolizaron la música europea durante más de dos siglos. La frase, en fin, groseramente metrificada, va perdiendo por días aquella flexibilidad rítmica que constituía una de sus más grandes bellezas"1


1 .MANUEL DE FALLA. "Escritos sobre música y músicos". Introducción y notas de Federico Sopeña. Colección Austral. 5º edición. Madrid 2003

 
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