En uno de sus cuentos más famosos, relata Borges la asombrosa empresa que acometió Pierre Menard en 1934: escribir algunos capítulos del Quijote. Aclaremos: no copiarlos del texto original de Cervantes, no reproducirlos ni comentarlos. Escribirlos. Menard pensó al principio en adoptar el método que sigue: “Conocer bien el español, recuperar la fe católica, guerrear contra los moros o contra el turco, olvidar la historia de Europa entre los años de 1602 y 1918, ser Miguel de Cervantes”1. El peculiar escritor francés desechó enseguida este procedimiento. Puestos a elegir entre varios imposibles, optó por el más interesante: no dejando de ser Pierre Menard, llegar a escribir el Quijote según el mundo y la experiencia de Pierre Menard. Su lucidez y su realismo vienen bien demostrados por la forma de reconocer la dificultad de su empeño: “Componer el Quijote a principios del siglo diecisiete era una empresa razonable, necesaria, acaso fatal; a principios del veinte es casi imposible. No en vano han transcurrido trescientos años, cargados de complejísimos hechos, por mencionar uno solo: el mismo Quijote” 2.

Menard se embarcó con entusiasmo en su ambicioso proyecto. Había leído de joven el Quijote. Su noción de la obra, modificada por el olvido, equivalía a la imagen imprecisa de un libro que nunca llegó a escribirse. Se trataba sólo de escribirlo desechando todas las aproximaciones no literales.

La comparación pormenorizada del Quijote de Menard con el de Cervantes arroja mucha luz sobre la procedencia, e incluso la necesidad del empeño:

“...la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir.

Redactada en el siglo diecisiete, redactada por el “ingenio lego” de Cervantes, esa enumeración es un mero elogio retórico de la historia: Menard, en cambio, escribe:

...la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir.

  La historia madre de la verdad; la idea es asombrosa. Menard, contemporáneo de William James, no define la historia como una indagación de la realidad sino como su origen. La verdad histórica, para él, no es lo que sucedió: es lo que juzgamos que sucedió. Las cláusulas finales –ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir- son descaradamente pragmáticas.

También es vívido el contraste de los estilos. El estilo arcaizante de Menard –extranjero al fin- adolece de alguna afectación. No así el del precursor, que maneja con desenfado el español corriente de su época” 3.


1 .J. L. BORGES. “Ficciones”. Alianza ed. Madrid 1990. pags. 52-53

2.Íbidem. pag. 55

3.Íbidem, pag. 57

 
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