Un artículo sobre programas de música para ordenador no sólo es pertinente para esta página. Es también necesario. Una página temática dedicada a la música y enmarcada en un proyecto general de nuevas tecnologías aplicadas a la educación, debería haber acogido hace tiempo algún escrito sobre informática musical como uno de sus cometidos más propios. Mi descuido sobre este asunto y mi personal inclinación hacia otros temas me habían hecho contraer una deuda con mis lectores. Pretendo ahora saldarla con la aportación generosa y solvente de mi amigo José del Rincón. Se lo he pedido porque creía, y no me he equivocado, que lo haría mucho mejor que yo. En nombre de los lectores de la Página Musical , y en el mío propio, gracias José.
Jesús Ángel León
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Cuando Jesús Ángel León me invitó a escribir sobre informática musical para su página, no sabía yo si lo que se me estaba demandando era un artículo de investigación o uno de divulgación. Me apresuré a aclararlo, y al punto se me indicó que, dadas las características de una página concebida como fuente de recursos didácticos, se trataba más bien de lo segundo. "Ya tengo el título", pensé, y me fui hacia el ordenador dispuesto a seleccionar unas cuantas ideas y a cocinarlas de modo sencillo y apetitoso.
De entrada, renuncio a hablar de aquellos programas que sirven a los creadores para componer con ayuda del ordenador (como modernos sucesores de Lejaren Hiller o de Iannis Xenakis). Haberlos, haylos, así como los que permiten generar sonidos electrónicos sin necesidad de recurrir a aquellos voluminosos aparatos que utilizaban en los años cincuenta los Schaeffer, Henry, Stockhausen, Berio y compañía. Ahora mismo, un simple ordenador con los programas, las tarjetas de sonido y los micrófonos adecuados permite a un usuario particular componer en su casa el equivalente actual de lo que hace cincuenta años sólo se podía realizar con la ayuda de instituciones públicas y en estudios situados en emisoras de radio. Y con mucha más facilidad.
Pero vayamos a lo que nos interesa ahora: a aquellos programas de uso común, alejados de la creación musical de primera fila (aunque también puedan ser utilizados por los compositores). Estos programas pueden ser clasificados en tres tipos: editores de partituras, secuenciadores y editores de audio digital. (La palabra ‘editar' es un anglicismo que significa ‘modificar' o ‘introducir cambios'; no nos gusta un pelo, pero su uso se halla demasiado extendido como para poder darnos el gustazo de prescindir de ella).
Los editores de partituras son programas que nos permiten escribir partituras por ordenador. Si un secuenciador sustituye a las voluminosas mesas de mezclas de los estudios de grabación, un editor de partituras sustituye con ventaja al papel pautado y a la pluma. Tal vez el único aspecto negativo de esos programas es que contribuirán a la desaparición de la entrañable figura del copista; en su lugar, surgen profesionales que se ofrecen a pasar a limpio partituras por ordenador. Un editor de partituras es el equivalente musical de un editor de textos. Si Word u OpenOffice permiten borrar, corregir, cambiar de sitio, copiar y pegar textos sin tachones ni flechas, los editores de partituras permiten hacer lo mismo con la escritura musical. Si queremos repetir lo escrito sin recurrir a signos de repetición, los editores lo hacen automáticamente; transportar cualquier partitura es tan fácil como activar un comando (fíjense en la ventaja que supone esto a la hora de preparar una partitura de orquesta). Y no sólo eso: el editor de partituras nos permite hacer sonar lo que hemos escrito (con el tempo y en el tono que queramos) e incluso arreglar partituras para la plantilla instrumental que hayamos elegido.